viernes, 30 de mayo de 2008

De profesión: pobre

Una señora mayor, voluntaria de Cáritas de mi parroquia, me cuenta que el día del Corpus le pidieron que saliera a pedir con la hucha, por la calle, y que aceptó hacerlo. Esto me deja atónito, y paso a considerarla santa: yo, antes de hacer algo así durante una hora, preferiría estar un mes sin ir al cine ni a cenar, y meter todo el dinero que ahorrase en la huchita.

Y, si embargo, creo que es algo que me vendría bien. Ya conté que una vez una vieja sudamericana me pidió y no le dí; luego Dios me concedió la gracia de un arrepentimiento muy especial. Pero fue algo excepcional. Muchas veces, incluso llevando las monedas preparadas en el bolsillo, para que sea un acto reflejo, cuando me piden no doy, y luego no me arrepiento nada o casi nada. No hay por mi parte desprecio, sino algo mucho más torcido, que podría definir así: “No te preocupes, el trabajo del pobre es ser pobre”.

Es como cuando vas a la tienda y quieres que te atienda un dependiente, y no el otro; o como cuando vas a la carnicería, y quieres que la carne te la corte un carnicero, y no el otro. No se te ocurre pensar que el dependiente al que has ignorado se vaya triste a su casa o se ponga a llorar, quizá hasta esté contento, por tener que trabajar menos. O es, también, como cuando vas al dentista y la enfermera te limpia los dientes uno a uno, qué asco, o como cuando vas a la pescadería y el pescadero te arranca la cabeza y las vísceras (del pescado), quita las escamas, saca los ojos del pez, le arranca la piel. No piensas que estas personas se depriman por hacer eso, pues es su trabajo, lo hacen miles de veces al mes, les parecerá natural.

Igual el pobre, pienso: “Es su trabajo”.

Y, sin embargo, es posible que por muchos años que el pobre lleve de pobre, por muchos miles de veces que haya pedido limosna y le hayan ignorado, por muchas veces que ni le hayan respondido, como quien se cruza con una mosca, es posible que para él siga siendo algo humillante, pedir, recibir, no recibir; es posible, incluso, que esa noche siga estando apurado para cenar, si tú no le das tus 50 céntimos. Por eso, me hubiera venido bien que me hubieran pedido salir con la hucha: para recordar que ser pobre no puede llegar a ser, nunca, un trabajo, sino una anormalidad contraria a la dignidad humana.

(Por si fuera poco, a la señora le dieron pocas monedas).

7 comentarios:

Ramón_Lozano dijo...

Pues en España yo nunca doy nada a los pobres que mendigan, pues aquí poseen medios y recursos si acuden a centros como Cáritas. De hecho la gran parte de ellos trabajan de manera forzada para mafias especializadas en ello. Es más, es más fácil quedarse sentado en el suelo y no hacer nada y sacarse unos euros que trabajar todo el día. Otra cosa es si nos vamos a países en vías de desarrollo donde la población vive inmersa en la pobreza y la situación para nada tiene que ver con la española.

un saludo

(sin número) dijo...

Yo pienso lo mismo que Ramón. Y, si está apurado para cenar, ...que no se compre tabaco, jeje XD

La verdad es que en este tema tenemos un dilema los cristianos: ¿pobres-verdaderos o pobres-caraduras? Yo ante la duda: la limosna a la colecta.

Un saludo

Alemamá dijo...

Tenemos todos historias para contar en uno u otro sentido.

Sí, por desgracia dentro de los mendigos los hay que realmente necesitan, pero casi no tenemos como detectar a los honestos habiendo tanto profesional de la sinvergüenzura.

alejops dijo...

Es verdad que los pobres tienen sitios a los que ir, pero también hay que ponerse en su lugar. Muchos prefieren dormir en la calle antes que ir a convivir con cien pobres más y tener que aguantar al borracho, al malhumorado, al aprovechado... Entre los mendigos, como en todos los sitios, hay de todo, es verdad, pero no se puede utilizar eso como coartada para no darles.
Yo también prefiero echar en la colecta, pero lo otro nunca está de más.
Saludos a todos

Fernando dijo...

Teneís mucha razón en vuestras suspicacias, pero me parece que es mejor equivocarse dando a alguien que no lo necesita que negándoselo a alguien que sí que lo necesita.

En Madrid hay auténticos profesionales de la mendicidad, en la puerta de mi súper hubo uno que estuvo meses y meses, era ya como un funcionario del súper. Pero no conviene hacer juicios severos generales, creo.

F.

Juan Ignacio dijo...

El tema se ha derivado al dilema de la limosna en las ciudades modernas. Es difícil el tema, yo por lo pronto tengo un plan que no he cumplido plenamente aún y es: si es niño no le daría dinero, por si lo de las mafias, en cambio le daría alimentos u otras cosas. Claro, alguno ha llegado a pensar que si el niño no le lleva dinero al mafioso, éste le pegará. Creo que no es argumento suficiente. Si ningún niño lleva monedas la mafia se termina. Es difícil balancear entre la caridad inteligente y el conmoverse ante una mirada.

Terzio dijo...

Deberías practicar la hucha-cuestación. Es un deporte sano para el alma y fortalece virtudes (caridad, humildad, esperanza, fortaleza...); aunque reconozco que es "dificil". Curiosamente, los niños lo practican con alegre entusiasmo.

Y recuerda que los pobres no son perfectos, son pobres...con todos sus anejos.

Además, el Evangelio es terminante: "...al que te pida, dale". Sin más consideraciones.

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