jueves, 4 de febrero de 2010

La quiosquera

Me complico mucho la vida en mis relaciones sociales, siempre temo decir algo molesto o inconveniente, sobre todo si no tengo confianza con el otro. Mi carácter queda perfectamente reflejado en una frase de la peli Un pez llamado Wanda, algo así como los ingleses tenemos pánico a preguntarle a un viejo amigo por su esposa, a lo mejor nos responde que hace tiempo que le abandonó.

Hace meses cerraron mi quiosco de toda la vida por lo que ahora, los días que quiero comprar el periódico, he de andar varias manzanas (cuadras). El nuevo era atendido por un matrimonio de unos 50 años, amable pero correcto, sin confianzas, como debe ser. Un día observé que estaba ella sola, y como esto se repitió varias veces más, acabé preguntándole por el señor. Ella, siempre tan callada, me explicó durante un rato que él estaba enfermo grave, que tenían que operarle, que luego vendría la convalecencia. Desde entonces, de vez en cuando, preguntaba a veces por él e iba conociendo su evolución: el hombre no acababa de recuperase, qué triste.

Hace dos semanas fui a por El Mundo. El quiosco estaba cerrado con un cartel terrible: "Cerrado hasta el viernes por defunción". Me la imaginé a ella vestida de luto, llorando, y a él en su caja. Me dio pena. Y, rápido, me surgió la duda. ¿Qué debía decirle a ella la siguiente vez? ¿Darle el pésame directamente? No, a lo mejor había muerto otro familiar. ¿Preguntarle que si el cierre por defunción había sido por su marido? Me pareció una pregunta retorcida y teatral.

Tuve la tentación de no volver al quiosco y evitarme así la situación embarazosa, qué apuro. El problema es que, como cada vez se leen menos periódicos de papel, el siguiente puesto más cercano está varias manzanas más lejos.

Al final le eché valor, pensé muy bien la pregunta, fingiría inocencia e ignorancia. Allí estaba ella, ordenando sus revistas.

-Buenos días. Oiga, ¿qué tal sigue su marido?
-¡Mucho mejor! Mire, ¡ya puede venir a trabajar!


Y de detrás del quiosco salió el señor, cargado con una pila de Actualidad económica, mucho más delgado. ¡Qué alegría! Charlé un rato con él, pagué y me fui, muy aliviado.


(Qué extrañas coincidencias. El día antes había leído, en el Evangelio de San Juan, el pasaje de la resurrección de Lázaro, y había sonreído imaginando el terror de los judíos amigos de Marta y María al ver aparecer al difunto resucitado)

10 comentarios:

alejops dijo...

Qué bonito post.

Muchas veces nos pasamos de correctos y deberíamos más bien ir con una sonrisa por delante, con espontaneidad. Conozco personas que son así y, donde van, sacan una sonrisa de todo el mundo. Es admirable.

Juan Ignacio dijo...

Pero si casi era seguro que se había muerto el marido cómo vas a preguntarle: "¿Qué tal sigue su marido?". La ponés en un aprieto, justo vos que decís que te da vergüenza hacer esas preguntas...

Lo que realmente no entiendo es quien se murió.

AleMamá dijo...

Qué bueno que no perdiste a tu quiosquera y que ella no pedió a su marido, pero ¿quién se murió? este sí que va a ser apuro para ti: preguntarle a ella o arreglarte con nosotros que quedamos intrigados, jeje

Embajador en el Infierno dijo...

Fue el mismísimo John Cleese el que dijo que el objetivo vital del inglés medio era no haber tenido ni una sola situación embarazosa en su existencia. Una verdad como un templo. Por eso son como son, super "polite" y por tanto deshumanizados.

Mi señora es una experta en "cagarla", pero la razón es que siempre se está preocupando por todo el mundo, desde su señora madre hasta la dependienta aquella de la pastelería a la que preguntó toda contenta y alborozada: "¡Ay, hija que alegría! ¿para cuando esperas?". "No - dijo la otra- si el niño ya tiene 6 meses, pero me he quedado así de gorda".

Ramón_Lozano dijo...

Pues hay que tener valor para preguntar cuando sabes que hay una defunción de por medio. Me ha encantado este post.

Por cierto, en Valladolid si te cierran un quiosco ni te preocupas porque hay un montón, en cualquier plazita, en cuaquier encrucijada o en una esquina, pero hay una densidad de quioscos que no es normal. En serio. fue de lo primero que me llamó la atención al llegar a la Universidad.

Un saludo

Fernando dijo...

Alejops, yo sonrío mucho a todo el mundo y la gente me sonríe a mí, qué bien, pero siempre pienso que un pequeño desliz mío puede hacer pasar al otro de la sonrisa a la seriedad.

Juan Ignacio, vos que sós de ciencias analiza las posibles preguntas que pensé, verás que ésta era la que menos riesgo de embarazo presentaba. ¿Quién se murió? Un familiar del matrimonio, un amigo, su esperanza en el futuro de España, ...

Alemamá, lo dicho a Juan Ignacio, pudo morir diversa gente, pero no se me ocurre la forma de preguntarlo sin ponerme en un aprieto, ya que simulé no haber visto el cártel.

Embajador, jajajaja, a mí no me habría pasado lo de la Señora Embajadora, en caso de duda habría dicho "¿qué tal va la criatura?" o (en plan bibiano) "¿qué tal va el ser vivo"? o cualquier otra expresión ambivalente.

Ramón, ahí veo yo las ventajas de la educación en Castila-León, ¡viva Herrera!, que en Madrid la gente lee cada vez menos, salvo los 20minutos y similares.

esteban lob dijo...

Es un caso muy humano, muy bien explicado hasta con destellos de zozobra y que podría pasar en cualquiera de nuestros países en que abundan todavía los kioskos, poco a poco- al menos acá en Chile-con más golosinas y papas fritas para vender... que diarios.

Saludos.

Fernando dijo...

Hola, Esteban, bienvenido. No sé en Chile, pero en España, o al menos en Madrid, la gente lee cada vez más los diarios por internet o los gratuitos que dan por la calle, así que poco a poco los quioscos van cerrando, una lástima.

Hasta pronto.

Capuchino de Silos dijo...

Otra vez aquí.
Me ha dado mucha alegría ver que eres de los míos. Te gusta el evangelio.
Menos mal que al preguntarle por su marido pudiste hablar con él. ¡Qué sorpresa tan agradable! El hombre mejoró.Pero ¿quién se murió? ¡Maldita curiosidad!.
Me gusta tu blog

Fernando dijo...

Hola, Capuchino/a.

Ya hice el chiste en una contestación a Juan Ignacio: pudo morir otro familiar, un amigo o su fe en el futuro de España. Pero si ya me costó hacerle la pregunta sobre el marido, no se me ocurre cómo enterarme de esta otra defunción.

Sorry.