sábado, 19 de septiembre de 2009

Caridad

Si yo fuera confesor y me viniera un feligrés, agobiado por no tener caridad, por no poder querer a los demás, ¿qué le podría decir? Le diría ante todo que rezara pidiendo ayuda a Dios, pues éste es un tema bien difícil, casi heroico. ¿Y luego? Le recomendaría que empezara por cosas muy pequeñas, que pensara qué fáciles cosas pueden necesitar de él los demás.

Y ¿qué más le diría? Que pensara en trucos que le facilitaran este difícil mandato de Jesús. Por ejemplo, si él dijera que alguna gente con la que se cruza por la calle le pide una moneda, pero que a él le da miedo y vergüenza buscarla en el monedero, en plena calle, le recomendaría que llevara siempre una en el bolsillo, una del valor que esté dispuesta a dar. Así, todo sería fácil: según el que pide le dirigiera la palabra, sería tan fácil como sonreír, meter la mano en el bolsillo, dársela y seguir andado.

¿Y si me dijera que alguna gente mayor del autobús necesita que le ceda el sitio, aunque por dignidad no se lo digan, pero que le da vergüenza y pereza? En ese caso, le recomendaría primero que se entrenara, que alguna vez se propusiera, aunque el autobús fuera vacío, ir un rato de pie, ver que realmente da igual ir de pie o sentado. Y ¿si me dijera que además le da vergüenza ceder el sitio, por temor a que los demás viajeros piensen que es un tonto? Le propondría que no agotara la ocasión, que cuando aún quedasen sitios libres se levantara ya, antes de que se llene el autobús, como si se fuera a bajar en la parada siguiente, así nadie lo relacionaría con ceder el sitio al que lo necesita.

Pero que empezara por rezar, desde luego.

9 comentarios:

AleMamá dijo...

Caridad delicada: la mejor caridad en el dar. También hay que ser caritativos para recibir, para hacer sentirse confortables al que da con miedo de ofender.
Sí, hay que practicar eso de tener sensibilidad para descubrir la necesidad ajena antes de que la manifiesten.
Un abrazo, querido Fernando, y ten en cuenta que los laicos también podemos aconsejar con todo derecho. Lo importante es hacerlo lo mejor posible, siempre de acuerdo a la Iglesia, y para eso hay que estudiar, tal como tu haces con el Catecismo. En tiempos de poco clero y mucha necesidad es más importante no dejar pasar la oportunidad de hacer apostolado.

Juan Ignacio dijo...

Si fueras sacerdote me confieso, no eres muy duro, ja, ja...

Qué ciertas estas cosas.

Muchas veces es más difícil vencer la verguenza que el egoismo. Y qué trabajo delicado hacer caridad sin ofender.

ALMA dijo...

Cuantas cosas, Fer, a ver veamos.

Que difícil debe ser confesor, un buen confesor!!!!porque como dice un cura amigo tenés que tener un oído en la gente y el otro en el evangelio.

El tema de la ayuda a otra persona que pide dinero, por motivos de seguridad, yo opto por llevar siempre a mano algo de dinero, porque en la calle me puede pedir alguien que lo necesite o un ladrón, que por estos lares se enojan mucho si uno no tiene nada para ofrecerle.

Ceder el asiento, lo hago y a veces me encuentro en un colectivo lleno y yo de pié, entonces mas de una vez he gritado diciendo "hay alguien que le pueda ceder el asiento a la sra.?".... generalmente la sra (que puede ser mayor o embarazada o con algun problema de movilidad) se pone algo incómoda, se ruboriza y me quedo pensando si hice bien o no. Lo que propones es interesante.

Empezar a rezar, todos lo debemos hacer en algún momento.

Es muy grato leerte. Buena semana Fer.

Fernando dijo...

Querida Alemamá, claro que los laicos tenemos mucho trabajo, cada vez más, lo que pasa es que puse el ejemplo del confesor porque al menos a mí -laico- nunca me ha pedido nadie opinión sobre un tema así: será que no me ven muy buen cristiano¡¡¡

Querido Juan Ignacio, yo sería un confesor durísimo, del tipo "Con lo que Jesús ha hecho por vos, y ¿vos se lo pagás así?", que llevara a la gente a mucho arrepentimiento y mucho dolor de sus pecados.

Querida Alma, mi experiencia aquí en Madrid me dice que es así, que es difícil ser buen confesor, o te pasas de duro o te pasas de blando. Y respecto a lo del autobús, el otro día una señora lo dijo a gritos, "Vaya, la gente mayor de pie y los jóvenes sentados", pero ninguno se dio por aludido (yo también iba de pie, menos mal).

Juan Ignacio dijo...

Ah, entonces me da un poco más de temor ir a tu confesionario... (Sé que a veces viene bien que sean duros con nosotros, pero ir así, a sabiendas...)

Fernando dijo...

Contigo no haría falta meter miedo, Juan Ignacio, porque se nota que tenés buena intención con Dios, y eso es lo importante (creo).

yeste lima dijo...

Serías bueno también como confesor, pero de todas formas, gracias por las respuestas que darías a las preguntas que todo el mundo nos hacemos en la vida y que ojalá hicieran mella en aquellos oídos que no saben escuchar.

Un abrazo Fernando. Me alegra volverte a leer.

Juan Ignacio dijo...

(Ya no estás siendo tan duro conmigo...)

No es por tirarme en contra pero de buenas intenciones está empedrado el camino a donde vos ya sabés.

Ojalá tuviera tanta voluntad como intención.

Epa, ya me estoy confesando...

Fernando dijo...

Bienvenida de nuevo, Yeste.

Juan Ignacio, yo que no sé nada sobre nada, ni sobre Teología, ni sobre Escrituras, ni sobre Moral, ni sobre nada, daría mucha importancia, siempre, a la intención, a la buena intención hacia Dios, porque muchas veces -y hablo de mi propia experiencia, como Santa Teresa, ya sabés- las obras no son más que el fruto de nuestra soberbia, de un voluntarismo mal entendido. Por eso creo que un buen confesor no debe limitarse a ver la contabilidad de las obras, sea positiva o negativa, sino buscar la raíz de todo.