viernes, 19 de septiembre de 2008

La cena

Fueron a cenar a un restaurante al que iban mucho, antes de casarse.

Ella comprendió pronto que había sido un error ir allí. Al aburrimiento de todas las cenas se unió la pena, recordando lo felices que habían sido en aquellos años. A cada uno le interesaba mucho lo que hacía el otro, le pedía muchos detalles de lo que contaba, se emocionaba con aquello. ¡Vaya charlas que tenían, de horas y horas! Parecía, sí, que cualquier cosa tonta que se contaran fuese, en realidad, un gran acontecimiento que merecía ser detallado. ¡Qué pena cuando se tenían que separar! Se casaron felices por haber encontrado a alguien tan interesado en sus pequeñeces.

Con el paso de los años, cuando él le contaba a ella otra vez un problema con un adolescente del instituto, cuando ella le contaba a él la visita de un comercial a la empresa, era otra vez el mismo rollo de todas las veces, un asunto que ya había oído contar miles de veces y que ya no era interesante, ante el que ya no había nada serio que decir. Casi lloró al recordar a sus padres. ¿Por qué, se preguntaba ella mientras tomaban la sopa en silencio, a su padre le seguía pareciendo muy curioso lo que le contaba su madre del cuidado de la casa, y a su marido ya no le interesaban nada ni los pequeños asuntos de la empresa, ni sus pequeños problemas de salud, ni los pequeños hechos que veía desde el coche? (Tampoco a ella le interesaban los de él, aunque ella no se diera cuenta de esto).

Todo empeoró aún más cuando ambos, para huir del aburrimiento, se buscaron nuevas actividades. Ambos vieron con recelo aquello, en la cabeza ajena: era un mundo nuevo, desconocido, que no existía cuando se conocieron ni cuando se casaron. Él no quiso saber casi nada de los cursos de ella, ella no quiso saber casi nada de los deportes de él. Lo que habría tenido que ser un nuevo aliciente para sus charlas se convirtió en un nuevo vacío, en otro síntoma de lejanía. Ninguno quiso acompañar al otro en las aventuras que iniciaba.

Ella se sintió desgraciada.

Él buscaba a una camarera muy mona que trabajaba antes allí: ¿es que la habían despedido?

7 comentarios:

Juan Ignacio dijo...

Triste historia si termina allí. Bien contada, por cierto, porque me puso un poco triste.

(Queda el suspenso que deja el no saber autor, si es ficción o realidad, si continúa, si...)

Fernando dijo...

Juan Ignacio, siento que te pusieras un poco triste: es lo último que me propuse, al escribir la historia.

(En principio no tiene continuación, salvo que se me ocurra. Respecto a las demás dudas, ya sabes que la realidad no es nunca simple, y que en todo caso el post no está catalogado como "Cuento")

Embajador en el Infierno dijo...

Me ha hecho pensar. Mi mujer y yo hablamos durante horas, pero raramente sobre el acontecer diario externo a la familia (o sea, el trabajo y tal). Pasamos horas hablando sobre nuestras hijas y sobre planes de futuro. No nos cansamos de hacer planes de futuro, a cada cual más descabellado.

Por si sirve para algo.

Fernando dijo...

Embajador, bienvenido. ¿Cómo no va a servir para mucho? Es un gran misterio porqué ciertas parejas, a los 5 años, ya no tienen nada de lo que hablar, y otras a los 40 siguen hablando y hablando sin cesar. Creo que tiene mucho que ver con una visión entregada del otro, es decir, que se busque la felicidad del otro o se busque la de uno mismo, a través del otro.

Me alegro de que en vuestro caso sea lo primero.

(sin número) dijo...

Uf, pues yo soy de conversación limitada... :S

...aunque pensándolo bien, ya no tanto.

Myriam dijo...

Esperemos que la historia no acabe así, es muy triste.

Embajador en el Infierno dijo...

Fernando- Creo que lo que dices es muy cierto y es la base fundamental de todo. Sin embargo no hay que quedarse ahí. Con los años me he persuadido (antes solo lo suponía por haber "estudiado la teoría") que si el matrimonio no se proyecta hacia afuera la crisis es más posible.

Entiendo yo que hay tres formas de "proyectarse hacia afuera": 1) los hijos, 2) el resto de personas cercanas y 3) el resto del mundo. Me pregunto cuantos matrimonios que se puedan identificar con la historia que cuentas no tienen hijos. Y si Dios no manda hijos el matrimonio tiene que buscarse la forma de implicarse con los demás. De una manera muy superficial se puede decir que para no aburrirse hay que buscar cosas de las que hablar. Y hablar simplemente de la rutina diaria acaba aburriendo a a las ovejas.

¿Quiere esto decir que tener hijos es la panacea para un matrimonio feliz?. De ningún modo. Como falle lo primero, lo que tu sugieres, entonces no hay quien lo arregle.