Es curioso cómo el Espíritu Santo nos aconseja a los que somos muy indecisos.
Este año me toca ser el presidente de mi Comunidad de vecinos, en el bloque. Me llamó el administrador para proponerme que, como el portero lleva 25 años de servicio en la casa, le compremos un reloj de 300 euros con cargo a la cuenta de la comunidad de vecinos. Le dije que me lo pensaría, y me quedé muy confuso: no sé si es correcto hacerlo, no sé si a todos los vecinos les parecería bien, y como somos más de 60 puertas, es difícil consultárselo.
Esta mañana he ido al súper del barrio. De fondo ha empezado a haber una discusión, a grandes gritos. Cuando me he acercado, he visto con horror que era uno de mis vecinos, un hombre ya mayor, al que le ha molestado que la cajera pidiera a su esposa que le enseñara el bolso. "Ladrones,...", gritaba.
He comprendido bien: la posibilidad de que me montara a mí una bronca similar, en el pórtal, me anima a montar una colecta, o algo así, sin tocar el dinero común.
(Hubiera sido excesivo montaros aquí otra consulta sobre el tema, ¿no?
sábado, 31 de mayo de 2008
viernes, 30 de mayo de 2008
De profesión: pobre
Una señora mayor, voluntaria de Cáritas de mi parroquia, me cuenta que el día del Corpus le pidieron que saliera a pedir con la hucha, por la calle, y que aceptó hacerlo. Esto me deja atónito, y paso a considerarla santa: yo, antes de hacer algo así durante una hora, preferiría estar un mes sin ir al cine ni a cenar, y meter todo el dinero que ahorrase en la huchita.
Y, si embargo, creo que es algo que me vendría bien. Ya conté que una vez una vieja sudamericana me pidió y no le dí; luego Dios me concedió la gracia de un arrepentimiento muy especial. Pero fue algo excepcional. Muchas veces, incluso llevando las monedas preparadas en el bolsillo, para que sea un acto reflejo, cuando me piden no doy, y luego no me arrepiento nada o casi nada. No hay por mi parte desprecio, sino algo mucho más torcido, que podría definir así: “No te preocupes, el trabajo del pobre es ser pobre”.
Es como cuando vas a la tienda y quieres que te atienda un dependiente, y no el otro; o como cuando vas a la carnicería, y quieres que la carne te la corte un carnicero, y no el otro. No se te ocurre pensar que el dependiente al que has ignorado se vaya triste a su casa o se ponga a llorar, quizá hasta esté contento, por tener que trabajar menos. O es, también, como cuando vas al dentista y la enfermera te limpia los dientes uno a uno, qué asco, o como cuando vas a la pescadería y el pescadero te arranca la cabeza y las vísceras (del pescado), quita las escamas, saca los ojos del pez, le arranca la piel. No piensas que estas personas se depriman por hacer eso, pues es su trabajo, lo hacen miles de veces al mes, les parecerá natural.
Igual el pobre, pienso: “Es su trabajo”.
Y, sin embargo, es posible que por muchos años que el pobre lleve de pobre, por muchos miles de veces que haya pedido limosna y le hayan ignorado, por muchas veces que ni le hayan respondido, como quien se cruza con una mosca, es posible que para él siga siendo algo humillante, pedir, recibir, no recibir; es posible, incluso, que esa noche siga estando apurado para cenar, si tú no le das tus 50 céntimos. Por eso, me hubiera venido bien que me hubieran pedido salir con la hucha: para recordar que ser pobre no puede llegar a ser, nunca, un trabajo, sino una anormalidad contraria a la dignidad humana.
(Por si fuera poco, a la señora le dieron pocas monedas).
Y, si embargo, creo que es algo que me vendría bien. Ya conté que una vez una vieja sudamericana me pidió y no le dí; luego Dios me concedió la gracia de un arrepentimiento muy especial. Pero fue algo excepcional. Muchas veces, incluso llevando las monedas preparadas en el bolsillo, para que sea un acto reflejo, cuando me piden no doy, y luego no me arrepiento nada o casi nada. No hay por mi parte desprecio, sino algo mucho más torcido, que podría definir así: “No te preocupes, el trabajo del pobre es ser pobre”.
Es como cuando vas a la tienda y quieres que te atienda un dependiente, y no el otro; o como cuando vas a la carnicería, y quieres que la carne te la corte un carnicero, y no el otro. No se te ocurre pensar que el dependiente al que has ignorado se vaya triste a su casa o se ponga a llorar, quizá hasta esté contento, por tener que trabajar menos. O es, también, como cuando vas al dentista y la enfermera te limpia los dientes uno a uno, qué asco, o como cuando vas a la pescadería y el pescadero te arranca la cabeza y las vísceras (del pescado), quita las escamas, saca los ojos del pez, le arranca la piel. No piensas que estas personas se depriman por hacer eso, pues es su trabajo, lo hacen miles de veces al mes, les parecerá natural.
Igual el pobre, pienso: “Es su trabajo”.
Y, sin embargo, es posible que por muchos años que el pobre lleve de pobre, por muchos miles de veces que haya pedido limosna y le hayan ignorado, por muchas veces que ni le hayan respondido, como quien se cruza con una mosca, es posible que para él siga siendo algo humillante, pedir, recibir, no recibir; es posible, incluso, que esa noche siga estando apurado para cenar, si tú no le das tus 50 céntimos. Por eso, me hubiera venido bien que me hubieran pedido salir con la hucha: para recordar que ser pobre no puede llegar a ser, nunca, un trabajo, sino una anormalidad contraria a la dignidad humana.
(Por si fuera poco, a la señora le dieron pocas monedas).
miércoles, 28 de mayo de 2008
Consulta
Queridos amigos:
Como no creo que sigamos siendo bloggers que escriben a otros bloggers, sino más bien amigos, quisiera haceros una consulta, a ver qué os parece.
En mi oficina van a ascender injustamente a una persona, con menor titulación y menos cursos que los míos, de tal forma que va a cobrar lo mismo que yo. Esto me indigna y me parece humillante, pero es un hecho inevitable. Me planteo hacer un escrito muy enfadado a mis jefes, protestando.
A favor de hacerlo está que hay un tema de dignidad (si lo tolero es como si no defendiera el valor de mis estudios y mis cursos) y que me desahogaría, lo cual siempre es bueno.
En contra de hacerlo está que algunos de sus amigos me podrían perjudicar (un poco) la vida (más control de horario, retraso en los suministros de material, ...) y que es una tontería hacer cosas que uno sabe que son totalmente inútiles.
¿Qué haríais vosotros, en mi caso?
Como no creo que sigamos siendo bloggers que escriben a otros bloggers, sino más bien amigos, quisiera haceros una consulta, a ver qué os parece.
En mi oficina van a ascender injustamente a una persona, con menor titulación y menos cursos que los míos, de tal forma que va a cobrar lo mismo que yo. Esto me indigna y me parece humillante, pero es un hecho inevitable. Me planteo hacer un escrito muy enfadado a mis jefes, protestando.
A favor de hacerlo está que hay un tema de dignidad (si lo tolero es como si no defendiera el valor de mis estudios y mis cursos) y que me desahogaría, lo cual siempre es bueno.
En contra de hacerlo está que algunos de sus amigos me podrían perjudicar (un poco) la vida (más control de horario, retraso en los suministros de material, ...) y que es una tontería hacer cosas que uno sabe que son totalmente inútiles.
¿Qué haríais vosotros, en mi caso?
lunes, 26 de mayo de 2008
Corpus en Toledo
Voy al desfile del Corpus en Toledo, por la mañana.
Acompañan al Señor, en la espléndida custodia de Enrique de Arfe, el Gremio de los Hortelanos (con capa marrón), las Damas de la Inmaculada (con peineta negra), los Caballeros Mozárabes (con vestidura azul), la Soberana Orden de Malta (con vestidura negra), los Caballeros del Santo Sepulcro (con hábito blanco), los Infanzones de Illescas (con vestidura roja), los Caballeros del Corpus Christi (con túnica verde) y, en fin, el Cardenal Primado de las Españas con todo su Cabildo: en definitiva, la Iglesia española de ayer, que probablemente ya saldría en el desfile del Corpus de Toledo cuando nuestros antepasados viajaran a América a cristianizar todo el continente.
Bajo tanta mayúscula, se dio el hecho conmovedor de que llovía, mansamente, pero llovía. Era algo triste ver a todos los caballeros arrastrar sus capas por el suelo mojado, a todas las damas mojándose la mantilla, a todas las niñas de Primera Comunión con el traje de tul perdiendo su vuelo, a los militares empapándose la gorra. Todos inmutables. Como, además, el suelo es de piedra en muchas callejas y estaba húmedo, tenían que tener gran cuidado para no resbalar. Era también triste ver al Cardenal, un hombre ya mayor y bajito, empapándose por la lluvia.
Es cierto que andar hora y media bajo la lluvia, con riesgo de resbalar, subiendo y bajando cuestas, no es el acto más heroico que puede hacer un cristiano por Dios. Es verdad. Pero lo cierto es que el Cardenal (y con él todo su cortejo) podría haberse ahorrado el chaparrón: hubiera bastado con suspender la procesión, no salir, y ya está. Pero no: la Iglesia española de ayer decidió hacer lo que había que hacer, lo hizo y ya está.
...
Por la tarde estaba prevista la procesión del Corpus de Madrid, que tendría que haber ido por todo el Madrid antiguo durante dos horas. Aquí no salen ni Infanzones, ni Caballeros, ni Órdenes de Malta. Es la Iglesia española de hoy: los movimientos seglares, Cáritas, diversas iniciativas sociales, las nuevas parroquias, los laicos, ... El cielo estaba azul, con pequeñas nubes aisladas.
Al acabar la Misa en la Catedral, se sacó a la custodia por una puerta, se rodeó rápidamente el edificio, se hizo un pequeño acto litúrgico en la fachada principal, se guardó al Señor y ahí acabó todo, no fuera a llover.
Al rato de disolvernos, las pequeñas nube aisladas desaparecieron, y el cielo quedó totalmente azul.
¿Hubo prudencia o qué hubo? Que Dios ayude a la Iglesia española de hoy, para que se atreva a tirar hacia adelante, sin asustarse por las nubecillas del cielo.
Acompañan al Señor, en la espléndida custodia de Enrique de Arfe, el Gremio de los Hortelanos (con capa marrón), las Damas de la Inmaculada (con peineta negra), los Caballeros Mozárabes (con vestidura azul), la Soberana Orden de Malta (con vestidura negra), los Caballeros del Santo Sepulcro (con hábito blanco), los Infanzones de Illescas (con vestidura roja), los Caballeros del Corpus Christi (con túnica verde) y, en fin, el Cardenal Primado de las Españas con todo su Cabildo: en definitiva, la Iglesia española de ayer, que probablemente ya saldría en el desfile del Corpus de Toledo cuando nuestros antepasados viajaran a América a cristianizar todo el continente.
Bajo tanta mayúscula, se dio el hecho conmovedor de que llovía, mansamente, pero llovía. Era algo triste ver a todos los caballeros arrastrar sus capas por el suelo mojado, a todas las damas mojándose la mantilla, a todas las niñas de Primera Comunión con el traje de tul perdiendo su vuelo, a los militares empapándose la gorra. Todos inmutables. Como, además, el suelo es de piedra en muchas callejas y estaba húmedo, tenían que tener gran cuidado para no resbalar. Era también triste ver al Cardenal, un hombre ya mayor y bajito, empapándose por la lluvia.
Es cierto que andar hora y media bajo la lluvia, con riesgo de resbalar, subiendo y bajando cuestas, no es el acto más heroico que puede hacer un cristiano por Dios. Es verdad. Pero lo cierto es que el Cardenal (y con él todo su cortejo) podría haberse ahorrado el chaparrón: hubiera bastado con suspender la procesión, no salir, y ya está. Pero no: la Iglesia española de ayer decidió hacer lo que había que hacer, lo hizo y ya está.
...
Por la tarde estaba prevista la procesión del Corpus de Madrid, que tendría que haber ido por todo el Madrid antiguo durante dos horas. Aquí no salen ni Infanzones, ni Caballeros, ni Órdenes de Malta. Es la Iglesia española de hoy: los movimientos seglares, Cáritas, diversas iniciativas sociales, las nuevas parroquias, los laicos, ... El cielo estaba azul, con pequeñas nubes aisladas.
Al acabar la Misa en la Catedral, se sacó a la custodia por una puerta, se rodeó rápidamente el edificio, se hizo un pequeño acto litúrgico en la fachada principal, se guardó al Señor y ahí acabó todo, no fuera a llover.
Al rato de disolvernos, las pequeñas nube aisladas desaparecieron, y el cielo quedó totalmente azul.
¿Hubo prudencia o qué hubo? Que Dios ayude a la Iglesia española de hoy, para que se atreva a tirar hacia adelante, sin asustarse por las nubecillas del cielo.
viernes, 23 de mayo de 2008
Adolescentes
Ya he contado en algún post que voy todos los días al trabajo en la misma línea de autobús, más o menos a la misma hora, por lo que algunos viajeros con los que suelo coincidir son para mí personajes familiares: por ejemplo, dos chicos que van a un colegio cercano a mi oficina, de uniforme.
Hace varios años, ellos eran niños: un niño normal, más bien bajo, y un niño normal, más bien alto. Los días que coincidíamos eran para mí días de alegría. Se sentaban y uno le decía al otro: “¡Ayer me llevaron mis padres al cine!”. “¡Ah, qué suerte!. ¿Y qué viste?”. Y el otro le contaba (nos contaba) la película: siempre era interesantísima, con grandes personajes, imitando los ruidos que salían. O bien decía el segundo al primero: “¡Ayer me llevaron mis padres al campo!” “¡Ah, qué bueno! ¿Y cómo era?”. Y el segundo le contaba (nos contaba) las cien cosas interesantes que un niño puede ver en un prado en el que su padre fríe chuletas: tal pájaro, tal río, tal montaña, tal excursionista, tal piedra. Creo que el día que mejor lo pasé fue cuando el segundo, el más bien alto, le contó al otro que su padre había comprado una revista de coches, que él se había estudiado: nos dio mil explicaciones amenísimas sobre carrocerías, diesel, airbags y pistones, temas que a mí me eran tan ajenos como el teatro japonés del siglo XVIII.
Para mí eran días de alegría, sí. Cuando uno ve tantos matrimonios aburridos, tantas familias que no saben de qué hablar, tanta gente colgada del aparato de música, era maravilloso ver como estos dos tíos podían fijarse y desarrollar mil detalles curiosos de algo sencillo (una peli, una charla de su madre con una vecina, ...), que hacían amenísimo el viaje y la vida. De alguna forma, tenían la capacidad de las mujeres, que saben sacar una historia interesante en donde el hombre ve un hecho breve, fácil de resumir.
Los años han pasado. Ya no son niños, sino adolescentes. El niño normal, más bien bajo, es ahora un adolescente alto. El niño normal, más bien alto, es ahora un adolescente gigantesco. El adolescente alto tiene problemas en casa, sus padres se han separado, y la relación con la madre no es buena. El adolescente gigantesco tiene problemas en clase, ningún profesor le comprende, ni sus padres comprenden que saque malas notas. Todo son quejas. Los otros dos únicos temas de conversación son las gamberradas de los compañeros de clase y el mundo tedioso de las playstation, los vídeojuegos y los dragonball. Ya no hay detalles, ya no hay sorpresa ni curiosidad, ya no hay alegría, sino rencor e ira.
Es un alivio cuando se bajan, varias paradas antes que yo.
Hace varios años, ellos eran niños: un niño normal, más bien bajo, y un niño normal, más bien alto. Los días que coincidíamos eran para mí días de alegría. Se sentaban y uno le decía al otro: “¡Ayer me llevaron mis padres al cine!”. “¡Ah, qué suerte!. ¿Y qué viste?”. Y el otro le contaba (nos contaba) la película: siempre era interesantísima, con grandes personajes, imitando los ruidos que salían. O bien decía el segundo al primero: “¡Ayer me llevaron mis padres al campo!” “¡Ah, qué bueno! ¿Y cómo era?”. Y el segundo le contaba (nos contaba) las cien cosas interesantes que un niño puede ver en un prado en el que su padre fríe chuletas: tal pájaro, tal río, tal montaña, tal excursionista, tal piedra. Creo que el día que mejor lo pasé fue cuando el segundo, el más bien alto, le contó al otro que su padre había comprado una revista de coches, que él se había estudiado: nos dio mil explicaciones amenísimas sobre carrocerías, diesel, airbags y pistones, temas que a mí me eran tan ajenos como el teatro japonés del siglo XVIII.
Para mí eran días de alegría, sí. Cuando uno ve tantos matrimonios aburridos, tantas familias que no saben de qué hablar, tanta gente colgada del aparato de música, era maravilloso ver como estos dos tíos podían fijarse y desarrollar mil detalles curiosos de algo sencillo (una peli, una charla de su madre con una vecina, ...), que hacían amenísimo el viaje y la vida. De alguna forma, tenían la capacidad de las mujeres, que saben sacar una historia interesante en donde el hombre ve un hecho breve, fácil de resumir.
Los años han pasado. Ya no son niños, sino adolescentes. El niño normal, más bien bajo, es ahora un adolescente alto. El niño normal, más bien alto, es ahora un adolescente gigantesco. El adolescente alto tiene problemas en casa, sus padres se han separado, y la relación con la madre no es buena. El adolescente gigantesco tiene problemas en clase, ningún profesor le comprende, ni sus padres comprenden que saque malas notas. Todo son quejas. Los otros dos únicos temas de conversación son las gamberradas de los compañeros de clase y el mundo tedioso de las playstation, los vídeojuegos y los dragonball. Ya no hay detalles, ya no hay sorpresa ni curiosidad, ya no hay alegría, sino rencor e ira.
Es un alivio cuando se bajan, varias paradas antes que yo.
martes, 20 de mayo de 2008
Vida cultural española
Queridos amigos de América:
Habéis de saber que el gran acontecimiento cultural de esta primavera española no es la nueva exposición en el Museo del Prado, ni la nueva ópera en el Teatro Real de Madrid, ni siquiera la inminente Exposición Internacional de Zaragoza. No. Lo realmente importante de nuestra vida cultural española es la canción Chiki chiki, que España manda al festival internacional de Eurovisión, este fin de semana.
Queridos amigos, si tenéis la santa paciencia de ver el vídeo, comprobareis que ni la canción es una canción, ni el cantante es un cantante, ni la letra es una letra, ni las bailarinas son bailarinas ni, en fin, la guitarra es una guitarra. Os diréis: ¿cómo es posible que la patria de tan grandes músicos, de Falla, de Turina, de Tomás Luis de Vitoria, de Julio Iglesias, mande semejante cosa a un festival internacional? ¿Es que el jurado se ha vuelto loco?
Si os hacéis estas sabias preguntas, os responderemos: la culpa la tiene la democracia. Ya dijo el sabio Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, que la democracia era un sistema (más o menos) bueno para gobernar un país, pero no para seleccionar quién debía ir a la ópera o cómo debía ser la moda; era un poco retrógrado, el pobre, pero tenía toda la razón del mundo. En el caso de Eurovisión, se permitió que fueran las marujas y los manolos de España quienes cogieran su móvil, mandaran un mensajito y escogieran entre varias opciones posibles: es decir, entre cantantes normales y esto. Por supuesto, escogieron esto, por tremenda mayoría. La explicación es bien lógica. Hubo un error en la pregunta que se respondía. El primer requisito para responder bien, es comprender bien lo que te preguntan. Si no eres capaz de entender la pregunta, es difícil que aciertes con la respuesta. Pues bien, nuestras marujas y nuestros manolos entendieron que la pregunta era “¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”, y, claro, arrasó el Chiquilicuatre. Esta pregunta, está claro, era errada. La pregunta correcta era “¿Cuál es estos cantantes tienen más opciones de ganar Eurovisión, que no es una charanga de pueblo, sino un concurso serio?”
Quiso la bendita casualidad que la votación para elegir la canción fuera la noche antes de las elecciones generales, en la jornada de reflexión. De esta forma, las marujas y los manolos pudieron decidir dos veces en 24 horas la suerte del país. En la segunda votación, como sabemos, salió elegido Zapatero. Esto dio lugar a muchos comentarios de risa en los blogs y en los periódicos reaccionarios: “La España de Chiquilicuatre, la España de ZP”. Pero seamos serios, por favor. Lo que realmente ocurrió fue que, otra vez, las marujas y los manolos no entendieron la pregunta. Y en vez de responder “¿Quién cree usted que puede afrontar mejor la que se nos viene encima?”, la gente volvió a responder a la pregunta errada: ”¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”.
A ver si ganamos el sábado.
Habéis de saber que el gran acontecimiento cultural de esta primavera española no es la nueva exposición en el Museo del Prado, ni la nueva ópera en el Teatro Real de Madrid, ni siquiera la inminente Exposición Internacional de Zaragoza. No. Lo realmente importante de nuestra vida cultural española es la canción Chiki chiki, que España manda al festival internacional de Eurovisión, este fin de semana.
Queridos amigos, si tenéis la santa paciencia de ver el vídeo, comprobareis que ni la canción es una canción, ni el cantante es un cantante, ni la letra es una letra, ni las bailarinas son bailarinas ni, en fin, la guitarra es una guitarra. Os diréis: ¿cómo es posible que la patria de tan grandes músicos, de Falla, de Turina, de Tomás Luis de Vitoria, de Julio Iglesias, mande semejante cosa a un festival internacional? ¿Es que el jurado se ha vuelto loco?
Si os hacéis estas sabias preguntas, os responderemos: la culpa la tiene la democracia. Ya dijo el sabio Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, que la democracia era un sistema (más o menos) bueno para gobernar un país, pero no para seleccionar quién debía ir a la ópera o cómo debía ser la moda; era un poco retrógrado, el pobre, pero tenía toda la razón del mundo. En el caso de Eurovisión, se permitió que fueran las marujas y los manolos de España quienes cogieran su móvil, mandaran un mensajito y escogieran entre varias opciones posibles: es decir, entre cantantes normales y esto. Por supuesto, escogieron esto, por tremenda mayoría. La explicación es bien lógica. Hubo un error en la pregunta que se respondía. El primer requisito para responder bien, es comprender bien lo que te preguntan. Si no eres capaz de entender la pregunta, es difícil que aciertes con la respuesta. Pues bien, nuestras marujas y nuestros manolos entendieron que la pregunta era “¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”, y, claro, arrasó el Chiquilicuatre. Esta pregunta, está claro, era errada. La pregunta correcta era “¿Cuál es estos cantantes tienen más opciones de ganar Eurovisión, que no es una charanga de pueblo, sino un concurso serio?”
Quiso la bendita casualidad que la votación para elegir la canción fuera la noche antes de las elecciones generales, en la jornada de reflexión. De esta forma, las marujas y los manolos pudieron decidir dos veces en 24 horas la suerte del país. En la segunda votación, como sabemos, salió elegido Zapatero. Esto dio lugar a muchos comentarios de risa en los blogs y en los periódicos reaccionarios: “La España de Chiquilicuatre, la España de ZP”. Pero seamos serios, por favor. Lo que realmente ocurrió fue que, otra vez, las marujas y los manolos no entendieron la pregunta. Y en vez de responder “¿Quién cree usted que puede afrontar mejor la que se nos viene encima?”, la gente volvió a responder a la pregunta errada: ”¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”.
A ver si ganamos el sábado.
domingo, 18 de mayo de 2008
Santísima Trinidad
Para celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad copio una frase que me ha impresionado mucho, del libro que estoy leyendo, "Testigos de esperanza", del Cardenal Van Thuan:
"Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad, Él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega -como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestros valores humanos" .
"Hogar de la Trinidad": qué profundo, ¿no?
(La naturaleza, en Madrid, celebra la fiesta a su modo: pese a que el cielo está cubierto, decenas de pájaros dan vueltas, piando muy fuerte).
"Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad, Él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega -como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestros valores humanos" .
"Hogar de la Trinidad": qué profundo, ¿no?
(La naturaleza, en Madrid, celebra la fiesta a su modo: pese a que el cielo está cubierto, decenas de pájaros dan vueltas, piando muy fuerte).
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