Sorprendentemente, la lectura del Sermón de la Montaña deja de emocionarme. Leo en el amanecer "Jesús subió a la montaña" y no vuelvo a recordarlo en todo el día. Qué pena.
Comienzo a leer un libro sobre el Sermón de la Montaña. Nada profundo, claro está. "Si Mateo dice que Jesús subió es que la acción comenzó en un valle o en una llanura". Esto me ayuda y me acuerdo muchas veces durante el día de Jesús en el valle, disponiéndose a subir, rodeado de gente.
Hoy me toca la explicación a "Bienaventurados los pobres de espíritu". Siempre ha sido un texto oscuro para mí. Veremos qué dice.
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lunes, 8 de septiembre de 2014
viernes, 8 de junio de 2012
Bienaventuranzas (y V)
El último capítulo ("Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia") no me gustó mucho. Habla de los profetas de Israel, de los primeros cristianos y de los creyentes rusos en la época comunista. Pero no vi clara su aplicación a nuestra vida.
...
Para mí, perseguido por causa de la justicia es el que es coherente con la fe, aunque ello le cueste (o le pueda costar) un sacrificio personal: el que riñe a su amigo por no ir a Misa, con el riesgo de que el otro no quiera volver a verle; el que en la asociación de padres del colegio pide que se mantenga el crucifijo en el aula; el que recomienda a un familiar muy enfermo que se confiese y comulgue antes de morir. Ninguna de estas cosas es fácil hoy.
Ojalá Dios me dé algún día valor para esto.
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Para mí, perseguido por causa de la justicia es el que es coherente con la fe, aunque ello le cueste (o le pueda costar) un sacrificio personal: el que riñe a su amigo por no ir a Misa, con el riesgo de que el otro no quiera volver a verle; el que en la asociación de padres del colegio pide que se mantenga el crucifijo en el aula; el que recomienda a un familiar muy enfermo que se confiese y comulgue antes de morir. Ninguna de estas cosas es fácil hoy.
Ojalá Dios me dé algún día valor para esto.
jueves, 7 de junio de 2012
Bienaventuranzas (IV)
La 7ª bienaventuranza ("los pacíficos" en mi Evangelio y en el Catecismo) es traducida por Jim Forest como "los que buscan la paz". Y es que, según él, "Entre las cosas que Cristo no dice en el Sermón de la Montaña está "Benditos los que prefieren la paz, desean la paz, esperan la paz, aman la paz o piden la paz". Su bendición se dirige a los que construyen la paz. Reclama un papel activo, no pasivo". Por ello, recuerda que Jesús a veces fue violento porque había que serlo, como al derribar las mesas de los cambistas en el Templo, y también cita la frase del Evangelio "No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz sino discordia" (Mt 10, 34).
Todo el capítulo es un gran elogio de la paz y de los que han trabajado por ella a lo largo de los siglos. Lo que más me gustó fue la historia del lobo de Gubbio, un animal terrorífico a quien San Francisco de Asís convenció para que viviese pacíficamente con los habitantes del pueblo. Desde entonces hubo paz entre ellos, y el animal vivió en la villa, alimentado por sus vecinos.
Todo el capítulo es un gran elogio de la paz y de los que han trabajado por ella a lo largo de los siglos. Lo que más me gustó fue la historia del lobo de Gubbio, un animal terrorífico a quien San Francisco de Asís convenció para que viviese pacíficamente con los habitantes del pueblo. Desde entonces hubo paz entre ellos, y el animal vivió en la villa, alimentado por sus vecinos.
miércoles, 6 de junio de 2012
Bienaventuranzas (III)
Bienaventurados los limpios de corazón.
Jim Forest da un concepto amplio de "limpios de corazón", casi casi lo equipara a "santos". Desde luego, en la limpieza de corazón están incluidas las anteriores bienaventuranzas, según su tesis de la escala. "Un corazón libre de la posesividad, un corazón capaz de sentir tristeza, un corazón sediento de justicia, un corazón misericordioso, un corazón que ama, un corazón no dividido". En definitiva, un corazón santo.
Explica con muchos ejemplos que en el Antiguo Testamento el corazón era importante: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio / renueva dentro de mí un espíritu firme" (Salmo 51). Y, también, rescata muchas menciones en el Evangelio. Esto ocurre porque "durante miles de años el corazón ha representado el centro de la identidad humana y ha sido identificado con nuestra capacidad de amar", en contraste con el mundo actual, que sólo valora la inteligencia.
Si la limpieza de corazón se equipara a la santidad de corazón es obvio que ha de llevar a la caridad: "Una persona es verdaderamente limpia de corazón cuando considera a todos los seres humanos como buenos y cuando ninguna cosa creada le resulta impura o manchada", dice, citando a Isaac de Siria.
¿Cómo llegar a la limpieza de corazón? Igual que llegaríamos a la santidad. Ante todo, con oración, y tiene páginas muy hermosa elogiando una oración de los ortodoxos, "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador", aconseja repetirla una y mil veces en el día hasta que se funda con nuestra respiración. Y, tras la oración, llegamos a la limpieza de corazón mediante la lucha ascética, igual que ocurre con la santidad: "La purificación del corazón es la lucha sin fin en la búsqueda de una vida más centrada en Dios. Es la disciplina de cada minuto para trata de ser conscientes de la presencia de Dios".
...
Como se ve, este capítulo me gustó mucho, Sin embargo, para mí la limpieza de corazón tiene un sentido mucho más concreto. Limpieza de corazón es desinterés. No hay limpieza de corazón si voy a Misa para que Dios me apruebe un examen. No hay limpieza de corazón si soy bueno con los demás para que los demás me quieran. No hay limpieza de corazón si rezo para que Dios esté contento y no me mande enfermedades. Todo eso es lo opuesto a un corazón limpio. ¿Para qué extenderme, si alguien lo escribió mucho mejor?:
"No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera".
Jim Forest da un concepto amplio de "limpios de corazón", casi casi lo equipara a "santos". Desde luego, en la limpieza de corazón están incluidas las anteriores bienaventuranzas, según su tesis de la escala. "Un corazón libre de la posesividad, un corazón capaz de sentir tristeza, un corazón sediento de justicia, un corazón misericordioso, un corazón que ama, un corazón no dividido". En definitiva, un corazón santo.
Explica con muchos ejemplos que en el Antiguo Testamento el corazón era importante: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio / renueva dentro de mí un espíritu firme" (Salmo 51). Y, también, rescata muchas menciones en el Evangelio. Esto ocurre porque "durante miles de años el corazón ha representado el centro de la identidad humana y ha sido identificado con nuestra capacidad de amar", en contraste con el mundo actual, que sólo valora la inteligencia.
Si la limpieza de corazón se equipara a la santidad de corazón es obvio que ha de llevar a la caridad: "Una persona es verdaderamente limpia de corazón cuando considera a todos los seres humanos como buenos y cuando ninguna cosa creada le resulta impura o manchada", dice, citando a Isaac de Siria.
¿Cómo llegar a la limpieza de corazón? Igual que llegaríamos a la santidad. Ante todo, con oración, y tiene páginas muy hermosa elogiando una oración de los ortodoxos, "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador", aconseja repetirla una y mil veces en el día hasta que se funda con nuestra respiración. Y, tras la oración, llegamos a la limpieza de corazón mediante la lucha ascética, igual que ocurre con la santidad: "La purificación del corazón es la lucha sin fin en la búsqueda de una vida más centrada en Dios. Es la disciplina de cada minuto para trata de ser conscientes de la presencia de Dios".
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Como se ve, este capítulo me gustó mucho, Sin embargo, para mí la limpieza de corazón tiene un sentido mucho más concreto. Limpieza de corazón es desinterés. No hay limpieza de corazón si voy a Misa para que Dios me apruebe un examen. No hay limpieza de corazón si soy bueno con los demás para que los demás me quieran. No hay limpieza de corazón si rezo para que Dios esté contento y no me mande enfermedades. Todo eso es lo opuesto a un corazón limpio. ¿Para qué extenderme, si alguien lo escribió mucho mejor?:
"No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera".
lunes, 4 de junio de 2012
Bienaventuranzas (II)
Sigo leyendo La escala de las bienaventuranzas, de Jim Forest.
Bienaventurados los que lloran: por las penas ajenas; por los propios pecados; por los pecados ajenos.
Pero, para mí, el sentido propio de la bienaventuranza es: los que lloran porque por sus propias desgracias, por su enfermedad, por su soledad, por su fracaso, por su miedo. Ellos serán consolados algún día por Dios. Algo de esto dijo Benedicto en la Spe salvi: ha de haber vida eterna porque no puede ser que las injusticias de este mundo queden sin castigo ni consuelo.
...
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pero no se quedan en ese afán sino que realmente trabajan por la justicia y la caridad, según el autor.
Bienaventurados los que lloran: por las penas ajenas; por los propios pecados; por los pecados ajenos.
Pero, para mí, el sentido propio de la bienaventuranza es: los que lloran porque por sus propias desgracias, por su enfermedad, por su soledad, por su fracaso, por su miedo. Ellos serán consolados algún día por Dios. Algo de esto dijo Benedicto en la Spe salvi: ha de haber vida eterna porque no puede ser que las injusticias de este mundo queden sin castigo ni consuelo.
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Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pero no se quedan en ese afán sino que realmente trabajan por la justicia y la caridad, según el autor.
viernes, 1 de junio de 2012
Bienaventuranzas (I)
Años después, vuelvo a sacar de la biblioteca pública el libro "La escala de las bienaventuranzas", de Jim Forest. Veremos si esta vez tengo la constancia para llegar hasta la 8ª.
La tesis del libro (que no comparto) es que las ocho bienaventuranzas no aparecen en el Evangelio de San Mateo en orden aleatorio, sino intencionadamente colocadas: haría falta vivir bien la 1ª ("bienaventurados los pobres de espíritu") para poder vivir de la 2ª a la 8ª, y así sucesivamente, formando una escala hacia Dios.
...
Y ¿qué es ser pobre de espíritu?
1º. Para el autor, ser pobre de espíritu es, ante todo, dar importancia sólo a Dios ("sólo Dios basta") y quitársela a lo demás, y muy en concreto a las riquezas materiales. No dice que todos los cristianos tengamos que ser (materialmente) pobres, sino desconfiar de que esos bienes nos vayan a dar la felicidad; e igual las demás seguridades y certezas de la vida.
2º. Una vez que el cristiano se ha desprendido (espiritualmente) de las riquezas y de las demás ataduras del corazón, la pobreza de espíritu le llevará a aceptar (primero) y a querer (después) la voluntad de Dios, a intentar guiar su vida (seriamente) por el Evangelio, en vez de por el propio interés. "La pobreza de espíritu es tratar de vivir la voluntad de Dios más que la de uno mismo".
3º- En fin, tras cerrarse a los bienes y a las demás cadenas del mundo y abrirse a Dios, el pobre de espíritu reconocerá sus limitaciones y admitirá que no puede hacer nada sin la ayuda de Dios. "Necesito la ayuda de Dios y su compasión más que cualquier otra cosa".
...
Así expuesto, el autor justifica su tesis inicial: nadie que siga atado a las riquezas y las demás seguridades de la vida,
nadie que siga creyendo que su salvación es un titánico trabajo propio,
podrá llega a ser manso, a tener hambre y sed de justicia, a ser misericordioso,... Pero insisto en que la tesis de la escala no me convence.
La tesis del libro (que no comparto) es que las ocho bienaventuranzas no aparecen en el Evangelio de San Mateo en orden aleatorio, sino intencionadamente colocadas: haría falta vivir bien la 1ª ("bienaventurados los pobres de espíritu") para poder vivir de la 2ª a la 8ª, y así sucesivamente, formando una escala hacia Dios.
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Y ¿qué es ser pobre de espíritu?
1º. Para el autor, ser pobre de espíritu es, ante todo, dar importancia sólo a Dios ("sólo Dios basta") y quitársela a lo demás, y muy en concreto a las riquezas materiales. No dice que todos los cristianos tengamos que ser (materialmente) pobres, sino desconfiar de que esos bienes nos vayan a dar la felicidad; e igual las demás seguridades y certezas de la vida.
2º. Una vez que el cristiano se ha desprendido (espiritualmente) de las riquezas y de las demás ataduras del corazón, la pobreza de espíritu le llevará a aceptar (primero) y a querer (después) la voluntad de Dios, a intentar guiar su vida (seriamente) por el Evangelio, en vez de por el propio interés. "La pobreza de espíritu es tratar de vivir la voluntad de Dios más que la de uno mismo".
3º- En fin, tras cerrarse a los bienes y a las demás cadenas del mundo y abrirse a Dios, el pobre de espíritu reconocerá sus limitaciones y admitirá que no puede hacer nada sin la ayuda de Dios. "Necesito la ayuda de Dios y su compasión más que cualquier otra cosa".
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Así expuesto, el autor justifica su tesis inicial: nadie que siga atado a las riquezas y las demás seguridades de la vida,
nadie que siga creyendo que su salvación es un titánico trabajo propio,
podrá llega a ser manso, a tener hambre y sed de justicia, a ser misericordioso,... Pero insisto en que la tesis de la escala no me convence.
sábado, 3 de julio de 2010
Bienaventuranzas (V): los misericordiosos
"Bienaventurados los misericordiosos
porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).
Me gusta la definición que da el Diccionario de la Real Academia de "misericordia": "virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas". Exactamente.
Fui educado de una forma severa, que ahora de adulto agradezco mucho. Uno debía ser intolerante con los propios defectos, uno era capaz de superarlos, uno debía esforzarse en superarlos, esto era algo accesible, y si no lo lograba uno era responsable. No se podía echar la culpa ni a la sociedad ni a la educación ni a la Historia, uno era responsable de uno mismo. Lo malo de eso era que cuando uno superaba algo y veía que otro no lo lograba o no lo intentaba era fácil caer en el juicio severo al otro, el mismo que uno se aplicaba a si mismo.
Lo contrario de esto es la bendita misericordia. Y ahí viene la parábola del fariseo y del publicano, el horror de Dios ante el judío buen judío, cumplidor, sin vicios, desprendido de parte de su dinero, mortificado, triunfador en la fe, que ya por ello despreciaba al pecador público.
...
Jim Forest usa dos sentidos de "misericordia" y "misericordioso". Uno, el que acabo de citar, incluida la parábola del fariseo y del publicano. "Uno de los peligros que existen cuando se intenta llevar una vida justa es que uno está siempre a un paso de creerse totalmente justo". El segundo sentido que usa es más amplio, misericordia como caridad, ternura, comprensión, capacidad de perdonar, compasión.
Explica que la gran diferencia de Dios en el Antiguo Testamento respecto a los dioses paganos de los pueblos vecinos a Israel fue, precisamente, su misericordia. Al igual que esos dioses, Yahvé pidió a Abraham que le sacrificara a su hijo, pero a diferencia de ellos no toleró que aquello llegara al final de sangre. A partir de ahí, Forest hace una buena recopilación de textos del Antiguo (en concreto, los Salmos) y del Nuevo Testamento en que Dios es nombrado "misericordioso" y pide misericordia de unos con otros. Uno de los más importantes, claro, es el Magníficat de María cuando visita a Isabel, "acogió a Israel, su siervo /acordándose de su misericordia", "su misericordia se derrama / de generación en generación" (Lc 1, 50 y 54). Y también el Padrenuestro, lo que da idea de la importancia de la misericorida: "perdona nuestras ofensas / como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
Concluye el autor con varias páginas en que elogia a compatriotas suyos (estadounidenses) que intentaron llevar la misericordia a la vida social de su país, luchando contra la pena de muerte, el aborto, la eutanasia o la posesión de armas. Cuenta el caso de una profesora, atracada y disparada, que en un arrebato de furia estuvo a punto de atropellar y matar a uno de los chicos atracadores. Horrorizada, decidió dedicar toda su vida a la lucha contra la posesión legal de armas.
porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).
Me gusta la definición que da el Diccionario de la Real Academia de "misericordia": "virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas". Exactamente.
Fui educado de una forma severa, que ahora de adulto agradezco mucho. Uno debía ser intolerante con los propios defectos, uno era capaz de superarlos, uno debía esforzarse en superarlos, esto era algo accesible, y si no lo lograba uno era responsable. No se podía echar la culpa ni a la sociedad ni a la educación ni a la Historia, uno era responsable de uno mismo. Lo malo de eso era que cuando uno superaba algo y veía que otro no lo lograba o no lo intentaba era fácil caer en el juicio severo al otro, el mismo que uno se aplicaba a si mismo.
Lo contrario de esto es la bendita misericordia. Y ahí viene la parábola del fariseo y del publicano, el horror de Dios ante el judío buen judío, cumplidor, sin vicios, desprendido de parte de su dinero, mortificado, triunfador en la fe, que ya por ello despreciaba al pecador público.
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Jim Forest usa dos sentidos de "misericordia" y "misericordioso". Uno, el que acabo de citar, incluida la parábola del fariseo y del publicano. "Uno de los peligros que existen cuando se intenta llevar una vida justa es que uno está siempre a un paso de creerse totalmente justo". El segundo sentido que usa es más amplio, misericordia como caridad, ternura, comprensión, capacidad de perdonar, compasión.
Explica que la gran diferencia de Dios en el Antiguo Testamento respecto a los dioses paganos de los pueblos vecinos a Israel fue, precisamente, su misericordia. Al igual que esos dioses, Yahvé pidió a Abraham que le sacrificara a su hijo, pero a diferencia de ellos no toleró que aquello llegara al final de sangre. A partir de ahí, Forest hace una buena recopilación de textos del Antiguo (en concreto, los Salmos) y del Nuevo Testamento en que Dios es nombrado "misericordioso" y pide misericordia de unos con otros. Uno de los más importantes, claro, es el Magníficat de María cuando visita a Isabel, "acogió a Israel, su siervo /acordándose de su misericordia", "su misericordia se derrama / de generación en generación" (Lc 1, 50 y 54). Y también el Padrenuestro, lo que da idea de la importancia de la misericorida: "perdona nuestras ofensas / como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
Concluye el autor con varias páginas en que elogia a compatriotas suyos (estadounidenses) que intentaron llevar la misericordia a la vida social de su país, luchando contra la pena de muerte, el aborto, la eutanasia o la posesión de armas. Cuenta el caso de una profesora, atracada y disparada, que en un arrebato de furia estuvo a punto de atropellar y matar a uno de los chicos atracadores. Horrorizada, decidió dedicar toda su vida a la lucha contra la posesión legal de armas.
lunes, 21 de junio de 2010
Bienaventuranzas (IV): los que tienen hambre y sed de justicia
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos serán saciados" (Mt 5, 6).
Para mí esto es claro, quizá porque hace cien años estudié la carrera de Derecho. "Justicia" es el buen orden por el que cada uno tiene en la sociedad lo que merece y cada uno tiene lo que necesita, no hay justicia si hay gente en la sociedad que no tiene lo indispensable mientras a otros nos sobra, ni tampoco si no se respeta a cada uno lo que ha ganado honradamente y tiene derecho a disfrutar. Esto entre los hombres, pues la justicia también se refiere a Dios, "santificado sea tu Nombre", es justo que al actuar los hombres respeten la Ley y el Orden de Dios.
El que tiene hambre y sed de justicia desea ardientemente las tres cosas (que se respete a Dios, que todos tengan lo necesario, que todos tengan lo que merecen) y no sólo eso, sino que trabaja por ello y es el primero en cumplirlo en sus propios actos.
...
Frente a esta idea un tanto jurídica, Jim Forest en su libro tiene una visión mucho más amplia, basada en el Antiguo y el Nuevo Testamento: "Una persona justa es una persona que vive una vida moral, irreprochable, correcta, tanto con Dios como con respecto al prójimo". Para él la justicia sería el compendio de todas las demás virtudes e incluso (de alguna forma) de las demás bienaventuranzas. Esto se ve muy claro cuando colecciona frases de los Salmos, los Proverbios y otros libros del Antiguo Testamento en que sale este concepto: el justo es el amante de la verdad, el que es respetuoso con los demás e incluso con los animales, el que es desprendido de sus bienes y defensor de los pobres, ¡el que es valiente!, ... Dos grandes ejemplos de hombres justos fueron Noé y Abraham, que se fiaron de Dios y tiraron hacia adelante. Y, en fin, cita el grandioso juicio final del evangelio de San Mateo (Mt 25, 31-46), donde Jesús se dirige a los salvados con ese título: "justos".
Señala Forest algo interesante: cuando Jesús se dirigió a la gente que oía el Sermón de la Montaña, las palabras "hambre y sed" no eran para ellos conceptos abstractos, como pueden serlo para nosotros, sino realidades muy cercanas, había hambre real cuando las cosechas eran malas y había sed real si no llovía lo suficiente. Por ello les quedó claro a esa gente que el afán de ser justos no era una vaga simpatía, un ligero afán, sino una fuerte necesidad, como la que ellos habían pasado muchas veces en sus vidas.
Concluye con una hermosa frase: ésta es la "bienaventuranza del fuego, la victoria del anhelo de que la vida puede ser en la tierra como es en el cielo" ["Hágase tu voluntad / en la tierra como en el cielo"].
porque ellos serán saciados" (Mt 5, 6).
Para mí esto es claro, quizá porque hace cien años estudié la carrera de Derecho. "Justicia" es el buen orden por el que cada uno tiene en la sociedad lo que merece y cada uno tiene lo que necesita, no hay justicia si hay gente en la sociedad que no tiene lo indispensable mientras a otros nos sobra, ni tampoco si no se respeta a cada uno lo que ha ganado honradamente y tiene derecho a disfrutar. Esto entre los hombres, pues la justicia también se refiere a Dios, "santificado sea tu Nombre", es justo que al actuar los hombres respeten la Ley y el Orden de Dios.
El que tiene hambre y sed de justicia desea ardientemente las tres cosas (que se respete a Dios, que todos tengan lo necesario, que todos tengan lo que merecen) y no sólo eso, sino que trabaja por ello y es el primero en cumplirlo en sus propios actos.
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Frente a esta idea un tanto jurídica, Jim Forest en su libro tiene una visión mucho más amplia, basada en el Antiguo y el Nuevo Testamento: "Una persona justa es una persona que vive una vida moral, irreprochable, correcta, tanto con Dios como con respecto al prójimo". Para él la justicia sería el compendio de todas las demás virtudes e incluso (de alguna forma) de las demás bienaventuranzas. Esto se ve muy claro cuando colecciona frases de los Salmos, los Proverbios y otros libros del Antiguo Testamento en que sale este concepto: el justo es el amante de la verdad, el que es respetuoso con los demás e incluso con los animales, el que es desprendido de sus bienes y defensor de los pobres, ¡el que es valiente!, ... Dos grandes ejemplos de hombres justos fueron Noé y Abraham, que se fiaron de Dios y tiraron hacia adelante. Y, en fin, cita el grandioso juicio final del evangelio de San Mateo (Mt 25, 31-46), donde Jesús se dirige a los salvados con ese título: "justos".
Señala Forest algo interesante: cuando Jesús se dirigió a la gente que oía el Sermón de la Montaña, las palabras "hambre y sed" no eran para ellos conceptos abstractos, como pueden serlo para nosotros, sino realidades muy cercanas, había hambre real cuando las cosechas eran malas y había sed real si no llovía lo suficiente. Por ello les quedó claro a esa gente que el afán de ser justos no era una vaga simpatía, un ligero afán, sino una fuerte necesidad, como la que ellos habían pasado muchas veces en sus vidas.
Concluye con una hermosa frase: ésta es la "bienaventuranza del fuego, la victoria del anhelo de que la vida puede ser en la tierra como es en el cielo" ["Hágase tu voluntad / en la tierra como en el cielo"].
martes, 1 de junio de 2010
Bienaventuranzas (III): mansos
"Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra" (Mt 5, 4)
Para un español clásico, como yo, la palabra "manso" remite automáticamente al toro que sale a la plaza de toros, no ataca, no le interesan ni el torero ni los banderilleros, mira con añoranza la puerta de entrada, duda. Al final hay que sacarlo con mulillas, pierde el honor pero salva (de momento) la vida.
Pensando en este toro, podemos definir manso como hombre no violento, o mejor dicho, el que no es innecesariamente violento. ¿Es qué hay una violencia necesaria? Sí: pensamos de inmediato en Jesús derribando las mesas de los cambistas y de los vendedores en la entrada del Templo, Jesús no se quedó lamentándose, "oh qué tristes tiempos", actuó con violencia, con violencia necesaria por el honor de Dios.
Y no sólo eso. Manso es el que cede en sus derechos si ello ayuda al bien ajeno. Los españoles sabemos algo de esto, de la falta de esta virtud: llega el conductor A y dice "paso porque me da la gana", llega el conductor B y dice "paso porque me da la gana", llega el peatón y dice "cruzo porque me da la gana", sólo la intervención divina impide que eso acabe en desgracia. Manso, aquí, sería el que parara el coche incluso aunque él tuviera la preferencia.
Jim Forest, en su libro, define al manso como "persona que se disciplina a si misma para ser amable en vez de rígida, para ser no violenta en vez de violenta". Es un buen inicio, creo. Pronto aclara que ésta es una virtud con mala prensa entre nosotros, sobre todo entre los varones, parece que no defender violentamente tus derechos queda afeminado. Pero, precisamente, la verdadera mansedumbre obliga a los cristianos a ser muy valientes, muy duros, no cediendo a lo que está de moda o a lo que impone el poder injusto.
El capítulo desarrolla la vinculación, en la Biblia, entre mansedumbre y humildad. Se cita a dos grandes hombres del Antiguo Testamento, Abraham y Moisés, que fueron fuertes en sus actos pero mansos ante Dios; a María, con su aceptación de la Voluntad divina; a Jesús, que se definió a si mismo como manso, y que hizo muchos actos humildes (nacer en Belén, huir a Egipto, vivir sin bienes, entrar sobre un pollino en Jerusalén, lavar los pies de los discípulos y morir en la cruz). Y cita dos ejemplos de gentes mansas que fueron muy fuertes para enfrentarse a la injusticia: los viejos que en la época comunista se atrevieron a seguir yendo a las iglesias ortodoxas en Rusia y Rosa Parks, la señora negra que no cedió el asiento en el autobús de Alabama, dando comienzo a la resistencia pacífica contra la segregación.
En fin, una curiosidad: Forest nos desvela que Jesús copió esta bienaventuranza del Salmo 37 (36), 11.
porque ellos heredarán la tierra" (Mt 5, 4)
Para un español clásico, como yo, la palabra "manso" remite automáticamente al toro que sale a la plaza de toros, no ataca, no le interesan ni el torero ni los banderilleros, mira con añoranza la puerta de entrada, duda. Al final hay que sacarlo con mulillas, pierde el honor pero salva (de momento) la vida.
Pensando en este toro, podemos definir manso como hombre no violento, o mejor dicho, el que no es innecesariamente violento. ¿Es qué hay una violencia necesaria? Sí: pensamos de inmediato en Jesús derribando las mesas de los cambistas y de los vendedores en la entrada del Templo, Jesús no se quedó lamentándose, "oh qué tristes tiempos", actuó con violencia, con violencia necesaria por el honor de Dios.
Y no sólo eso. Manso es el que cede en sus derechos si ello ayuda al bien ajeno. Los españoles sabemos algo de esto, de la falta de esta virtud: llega el conductor A y dice "paso porque me da la gana", llega el conductor B y dice "paso porque me da la gana", llega el peatón y dice "cruzo porque me da la gana", sólo la intervención divina impide que eso acabe en desgracia. Manso, aquí, sería el que parara el coche incluso aunque él tuviera la preferencia.
Jim Forest, en su libro, define al manso como "persona que se disciplina a si misma para ser amable en vez de rígida, para ser no violenta en vez de violenta". Es un buen inicio, creo. Pronto aclara que ésta es una virtud con mala prensa entre nosotros, sobre todo entre los varones, parece que no defender violentamente tus derechos queda afeminado. Pero, precisamente, la verdadera mansedumbre obliga a los cristianos a ser muy valientes, muy duros, no cediendo a lo que está de moda o a lo que impone el poder injusto.
El capítulo desarrolla la vinculación, en la Biblia, entre mansedumbre y humildad. Se cita a dos grandes hombres del Antiguo Testamento, Abraham y Moisés, que fueron fuertes en sus actos pero mansos ante Dios; a María, con su aceptación de la Voluntad divina; a Jesús, que se definió a si mismo como manso, y que hizo muchos actos humildes (nacer en Belén, huir a Egipto, vivir sin bienes, entrar sobre un pollino en Jerusalén, lavar los pies de los discípulos y morir en la cruz). Y cita dos ejemplos de gentes mansas que fueron muy fuertes para enfrentarse a la injusticia: los viejos que en la época comunista se atrevieron a seguir yendo a las iglesias ortodoxas en Rusia y Rosa Parks, la señora negra que no cedió el asiento en el autobús de Alabama, dando comienzo a la resistencia pacífica contra la segregación.
En fin, una curiosidad: Forest nos desvela que Jesús copió esta bienaventuranza del Salmo 37 (36), 11.
viernes, 28 de mayo de 2010
Bienaventuranzas (II): los que lloran
"Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados" (Mt 5,5)
(Ésta es la 3ª bienaventuranza, pero Jim Forest cambia el orden)
Para mí, los que lloran son, sencillamente, los que lo pasan mal en la vida, los que están solos o enfermos o triturados en el trabajo o son pobres o ..., siempre que eso no les lleve al odio o al resentimiento. Creo que de ellos es de quienes habla Jesús en esta bienaventuranza.
Lo creo por dos motivos. Primero, por un sentimiento que tenemos todos al ver la dureza constante de la vida de muchas personas, creemos que por justicia han de ser compensadas aunque sea después de su muerte. Esto, que yo digo en estilo llano, lo explica perfectamente Benedicto en la Spe salvi, ya lo comentamos en un post lejano: "Sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva". Segundo, porque si leemos las bienaventuranzas de San Lucas (Lc 6, 20-26) son mucho más "materialistas" que las de San Mateo, en la línea que yo apunto: "Bienaventurados los pobres ..., los que tenéis hambre ..., los que lloráis ...".
En su libro, Jim Forest da un contenido mucho más espiritual al "Bienaventurados los que lloran". Aplicando su tesis de que las bienaventuranzas son una escala, explica que una vez que uno es pobre de espíritu está listo para llorar, pero ¿llorar por qué motivo? Cita, primero, las dos veces en que Jesús lloró: al ver Jerusalén, sabiendo la desgracia que había de venir, y al consolar a Marta y María por la muerte de Lázaro. En ambos casos -explica Forest- Jesús lloró por compasión hacia los demás, por la desgracia ajena. Cita, luego, las lágrimas de San Pedro al comprender su traición a Jesús y las de la Magdalena el lavar los pies del Maestro, arrepentida de su mala vida: ambos lloraron al ser consciente de la gravedad de sus pecados, lo que no solemos hacer los cristianos.
Así, para Jim Forest, bienaventurados los que lloran son los que son capaces de conmoverse por las penas de los demás (caridad) y por la gravedad de los propios pecados (amor a Dios).
porque ellos serán consolados" (Mt 5,5)
(Ésta es la 3ª bienaventuranza, pero Jim Forest cambia el orden)
Para mí, los que lloran son, sencillamente, los que lo pasan mal en la vida, los que están solos o enfermos o triturados en el trabajo o son pobres o ..., siempre que eso no les lleve al odio o al resentimiento. Creo que de ellos es de quienes habla Jesús en esta bienaventuranza.
Lo creo por dos motivos. Primero, por un sentimiento que tenemos todos al ver la dureza constante de la vida de muchas personas, creemos que por justicia han de ser compensadas aunque sea después de su muerte. Esto, que yo digo en estilo llano, lo explica perfectamente Benedicto en la Spe salvi, ya lo comentamos en un post lejano: "Sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva". Segundo, porque si leemos las bienaventuranzas de San Lucas (Lc 6, 20-26) son mucho más "materialistas" que las de San Mateo, en la línea que yo apunto: "Bienaventurados los pobres ..., los que tenéis hambre ..., los que lloráis ...".
En su libro, Jim Forest da un contenido mucho más espiritual al "Bienaventurados los que lloran". Aplicando su tesis de que las bienaventuranzas son una escala, explica que una vez que uno es pobre de espíritu está listo para llorar, pero ¿llorar por qué motivo? Cita, primero, las dos veces en que Jesús lloró: al ver Jerusalén, sabiendo la desgracia que había de venir, y al consolar a Marta y María por la muerte de Lázaro. En ambos casos -explica Forest- Jesús lloró por compasión hacia los demás, por la desgracia ajena. Cita, luego, las lágrimas de San Pedro al comprender su traición a Jesús y las de la Magdalena el lavar los pies del Maestro, arrepentida de su mala vida: ambos lloraron al ser consciente de la gravedad de sus pecados, lo que no solemos hacer los cristianos.
Así, para Jim Forest, bienaventurados los que lloran son los que son capaces de conmoverse por las penas de los demás (caridad) y por la gravedad de los propios pecados (amor a Dios).
viernes, 21 de mayo de 2010
Bienaventuranzas (I): pobres de espíritu
"Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5, 3)
¿A qué te suena "pobre de espíritu"? A mí, de entrada, a algo malo: infeliz, con poco carácter, resignado con su suerte. Pero es evidente que Jesús no se refería a esto.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, al final de la definición de "espíritu", nos da esta explicación: "Dícese del que mira con menosprecio los bienes y honores mundanos". Interesante: "pobre de espíritu" sería equivalente a "con espíritu libre respecto a los bienes y honores".
Jim Forest, en su libro, da al inicio de este capítulo una definición brillante: "Es la convicción de que no me puedo salvar a mi mismo, de que básicamente estoy indefenso, de que ni el dinero ni el poder me librarán del sufrimiento y de la muerte. (...) Pobreza de espíritu es mi convicción de que necesito la ayuda de Dios y su compasión más que ninguna otra cosa. Pobreza de espíritu es lograr liberarse de la tiranía del miedo, y el miedo es esa enorme fuerza que me impide amar. (...) Pobreza de espíritu es liberarte del yo y de todo lo que te mantiene encerrado en ti mismo".
Después, el capítulo desarrolla la relación de los santos con la riqueza material. Ha habido santos que han vivido con casi nada, otros modestamente y otros en medio de gran riqueza, como Santo Tomás Moro. Lo que les une a todos es la pobreza de espíritu, es decir, que "todos ellos se han acercado a Dios en un estado de abandono, considerando asunto de vida o muerte conocer la voluntad de Dios en sus vidas y vivirla".
Si reflexionamos sobre estas definiciones ¿podemos entender lo siguiente por pobre de espíritu, el primer escalón en la escala de las Bienaventuranzas?:
1- Con el espíritu libre de avaricia, de soberbia, de egoísmo, de miedo, de todo lo que se cruza entre uno mismo y Dios y los demás.
2- Consciente de la propia pequeñez, confiado en la gracia y el perdón de Dios.
porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5, 3)
¿A qué te suena "pobre de espíritu"? A mí, de entrada, a algo malo: infeliz, con poco carácter, resignado con su suerte. Pero es evidente que Jesús no se refería a esto.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, al final de la definición de "espíritu", nos da esta explicación: "Dícese del que mira con menosprecio los bienes y honores mundanos". Interesante: "pobre de espíritu" sería equivalente a "con espíritu libre respecto a los bienes y honores".
Jim Forest, en su libro, da al inicio de este capítulo una definición brillante: "Es la convicción de que no me puedo salvar a mi mismo, de que básicamente estoy indefenso, de que ni el dinero ni el poder me librarán del sufrimiento y de la muerte. (...) Pobreza de espíritu es mi convicción de que necesito la ayuda de Dios y su compasión más que ninguna otra cosa. Pobreza de espíritu es lograr liberarse de la tiranía del miedo, y el miedo es esa enorme fuerza que me impide amar. (...) Pobreza de espíritu es liberarte del yo y de todo lo que te mantiene encerrado en ti mismo".
Después, el capítulo desarrolla la relación de los santos con la riqueza material. Ha habido santos que han vivido con casi nada, otros modestamente y otros en medio de gran riqueza, como Santo Tomás Moro. Lo que les une a todos es la pobreza de espíritu, es decir, que "todos ellos se han acercado a Dios en un estado de abandono, considerando asunto de vida o muerte conocer la voluntad de Dios en sus vidas y vivirla".
Si reflexionamos sobre estas definiciones ¿podemos entender lo siguiente por pobre de espíritu, el primer escalón en la escala de las Bienaventuranzas?:
1- Con el espíritu libre de avaricia, de soberbia, de egoísmo, de miedo, de todo lo que se cruza entre uno mismo y Dios y los demás.
2- Consciente de la propia pequeñez, confiado en la gracia y el perdón de Dios.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Bienaventuranzas (previo)
¿Te sabes de memoria las Bienaventuranzas del Evangelio de San Mateo? ¿Tienen influencia en tu vida cotidiana? ¿Has dejado alguna vez de enfadarte o de ser avaro al recordar lo que dijo Jesús en aquel momento?
En mi caso la respuesta es no, no y no. Con afán de corregirme saco de la biblioteca un libro que parece accesible y útil: "La escala de las Bienaventuranzas", del teólogo ortodoxo Jim Forest.
Parte de una tesis atrevida que a priori no comprendo: las Bienaventuranzas son una escala, hay que superar un peldaño para pasar al siguiente. Has de ser pobre de espíritu para ser manso, y has de ser pobre de espíritu y manso para llorar. Sólo llegarías a ser perseguido por causa de la Justicia al final de un largo recorrido de toda la vida. En principio no veo clara la tesis, habrá que leer con atención.
En mi caso la respuesta es no, no y no. Con afán de corregirme saco de la biblioteca un libro que parece accesible y útil: "La escala de las Bienaventuranzas", del teólogo ortodoxo Jim Forest.
Parte de una tesis atrevida que a priori no comprendo: las Bienaventuranzas son una escala, hay que superar un peldaño para pasar al siguiente. Has de ser pobre de espíritu para ser manso, y has de ser pobre de espíritu y manso para llorar. Sólo llegarías a ser perseguido por causa de la Justicia al final de un largo recorrido de toda la vida. En principio no veo clara la tesis, habrá que leer con atención.
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