Leo el Evangelio de San Juan. Jesús habla mucho de su relación con Dios Padre y también del Espíritu Santo. Me doy cuenta de que mi oración ha estado centrada casi siempre en Dios Hijo, Jesucristo; muy pocas veces en Dios Espíritu Santo, casi nunca en Dios Padre. Quedo horrorizado por mi error y esperanzado por el futuro.
Leo el Catecismo de la Iglesia Católica. Por primera vez soy totalmente consciente de que Jesús estuvo muerto, de que su cuerpo fue enterrado sin vida, de que estuvo varias horas o días sin alma, como cualquiera de nosotros. Es extraño escribir esto cuando tantas veces he rezado en el Credo "resució de entre los muertos", pero lo cierto es que me asombra esa realidad.
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miércoles, 2 de noviembre de 2016
lunes, 12 de septiembre de 2011
Justificación
Me hago un lío leyendo el inicio de la Carta de San Pablo a los Romanos. Unos versículos parecen apoyar la idea luterana de que basta creer para quedar justificados y salvarse (Rom. 3, 28), otros avalan la fe católica en la necesidad de las obras (Rom. 2, 13). Para aclararme leo la Parte 3, Sección 1, Capítulo 3, Artículo 2, Apartados 1987 a 2029 del Catecismo. Saco estas conclusiones:
·Siguiendo al Concilio de Trento, el Catecismo incluye en la justificación la conversión, el perdón de nuestros pecados y la santificación posterior; ninguno de estos tres pasos pueden hacerse por el hombre solo (1989).
·La justificación del hombre es obra de la gracia del Espíritu Santo (1987), una muestra del poder de Dios (1988), un milagro mayor que la creación de los ángeles (San Agustín) (1994).
·La justificación del hombre es mérito de la Pasión de Jesucristo, que la morir en la cruz redimió nuestros pecados y permitió nuestra salvación (1992).
·La justificación nos es concedida mediante el bautismo (1992).
·El Catecismo [en contraste con algunas ideas protestantes] resalta la importancia de la voluntad del hombre en este proceso. "La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre": ni el hombre puede convertirse o santificarse solo, ni basta la gracia de Dios, pues ha de ser aceptada por el hombre (1993 y 2002); la justificación nos concede la fe, la esperanza, la caridad y la obediencia a la voluntad divina (1991).
·Por su importancia, el Catecismo dedica todo un apartado a la gracia de Dios, "auxilio gratuito que Dios nos da" para santificarnos, pues "la justificación es obra de la gracia de Dios" (1996). Por ello, se distingue la gracia santificante (1999) y, dentro de ella, la gracia actual (en momentos concretos de nuestra vida, como en la conversión) (2000) y la habitual (siempre) (2000); la gracia sacramental y la gracia especial (o carisma) (2003).
·La gracia es sobrenatural, no experimental, "no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados o salvados" [como hacen algunos protestantes] (2005): esto no excluye que al ver los milagros en nuestra vida espiritual comprendamos que, efectivamente, la gracia actúa en nosotros (2005).
·Por todo lo dicho, las obras buenas del hombre apenas tienen mérito ante Dios: en un inmenso porcentaje son debidas a su gracia, a su iniciativa, y sólo en una minúscula proporción corresponden al hombre (2008). Mucho más importante es el mérito que tenemos por la adopción filial de Dios ("derecho por gracia", lo llama el Catecismo), que nos será mucho más útil que nuestras obras en el día del juicio (2009 y 2011).
·En fin, las obras son necesarias, aunque nos cuesten: "El camino de la perfección pasa por la cruz; no hay santidad sin renuncia y combate espiritual" (2014).
·Siguiendo al Concilio de Trento, el Catecismo incluye en la justificación la conversión, el perdón de nuestros pecados y la santificación posterior; ninguno de estos tres pasos pueden hacerse por el hombre solo (1989).
·La justificación del hombre es obra de la gracia del Espíritu Santo (1987), una muestra del poder de Dios (1988), un milagro mayor que la creación de los ángeles (San Agustín) (1994).
·La justificación del hombre es mérito de la Pasión de Jesucristo, que la morir en la cruz redimió nuestros pecados y permitió nuestra salvación (1992).
·La justificación nos es concedida mediante el bautismo (1992).
·El Catecismo [en contraste con algunas ideas protestantes] resalta la importancia de la voluntad del hombre en este proceso. "La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre": ni el hombre puede convertirse o santificarse solo, ni basta la gracia de Dios, pues ha de ser aceptada por el hombre (1993 y 2002); la justificación nos concede la fe, la esperanza, la caridad y la obediencia a la voluntad divina (1991).
·Por su importancia, el Catecismo dedica todo un apartado a la gracia de Dios, "auxilio gratuito que Dios nos da" para santificarnos, pues "la justificación es obra de la gracia de Dios" (1996). Por ello, se distingue la gracia santificante (1999) y, dentro de ella, la gracia actual (en momentos concretos de nuestra vida, como en la conversión) (2000) y la habitual (siempre) (2000); la gracia sacramental y la gracia especial (o carisma) (2003).
·La gracia es sobrenatural, no experimental, "no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados o salvados" [como hacen algunos protestantes] (2005): esto no excluye que al ver los milagros en nuestra vida espiritual comprendamos que, efectivamente, la gracia actúa en nosotros (2005).
·Por todo lo dicho, las obras buenas del hombre apenas tienen mérito ante Dios: en un inmenso porcentaje son debidas a su gracia, a su iniciativa, y sólo en una minúscula proporción corresponden al hombre (2008). Mucho más importante es el mérito que tenemos por la adopción filial de Dios ("derecho por gracia", lo llama el Catecismo), que nos será mucho más útil que nuestras obras en el día del juicio (2009 y 2011).
·En fin, las obras son necesarias, aunque nos cuesten: "El camino de la perfección pasa por la cruz; no hay santidad sin renuncia y combate espiritual" (2014).
viernes, 13 de noviembre de 2009
Catecismo (18): la "novela" de Jesús
Parte 1, sección 2, capítulo 2, artículo 3, parágrafo 3, párrafos 512 a 570.
¿Viste cómo triunfan ahora esas novelas en que nada es lo que parece, en que las personas y las cosas cambian de sentido a partir de algo que ocurre a mitad del libro? Pues, muy seriamente, el Catecismo nos explica que en la vida de Jesús nada es sólo lo que aparenta, nada ocurre porque sí: "todo en la vida de Jesús es signo de su misterio" (pár. 515). Por ejemplo: cuando Jesús es presentado en el templo, conforme al rito judío (pár. 529), no es una mera anécdota de su vida, sino que se puede relacionar con la esperanza de Israel en el Mesías y con el sacrificio en la Cruz; cuando Jesús se transfigura (pár. 554 a 556) no es sólo un hecho misterioso, ahí están el presagio de la Cruz, la sumisión a la voluntad de Dios, el cumplimiento -otra vez- de las promesas a Israel, la acción de la Santísima Trinidad, el presagio de la Eucaristía, ... En este largo parágrafo el Catecismo detalla esto en muchas escenas del Evangelio, pero hay un denominador común: "los artículo de la fe referentes a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo (...) Todo lo que Jesús hizo y enseño (...) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua" (pár. 512).
Nada es -únicamente- lo que parece, nada ocurre porque sí, y así el Catecismo va desarrollando los sentidos ocultos de: el anuncio del Mesías en el Antiguo Testamento (pár. 522), San Juan Bautista (pár. 523 y 524), Navidad (pár. 525 y 526), la circuncisión (pár. 527), la adoración de los Magos (pár. 528), la presentación en el Templo (pár. 529), la huida a Egipto (pár. 530), la vida oculta (pár. 531 a 533), el extravío y el hallazgo en el Templo (pár. 534), el bautismo (pár. 535 a 537), las tentaciones en el desierto (pár. 538 a 540), la predicación y los milagros (pár. 541 a 550), la elección de San Pedro (pár. 551 a 553), la transfiguración (pár. 554 a 556), el anuncio de su Pasión (pár. 557 a 558) y, en fin, la entrada en Jerusalén (pár. 559 y 560).
(Ejemplo de lo fino que hila el Catecismo: el pár. 530 observa el paralelismo -muy simbólico- de que el Niño vuelve de Egipto (Mt 2, 15) como un nuevo y definitivo éxodo, similar al de Israel en el Antiguo Testamento: de paso, se cumple la promesa de Oseas 11,1).
Cité antes cómo en muchos de estos hechos están presente, de un modo u otro, la Encarnación, la Pasión, la Resurrección. El pár. 517 va más allá: "toda la vida de Cristo es misterio de Redención", "en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza, en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento, en su palabra que purifica a las gentes, en sus curaciones y exorcismos, (...) en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica".
...
Si tienes dos minutos, lee el pár. 533, relativo al significado de la vida oculta. En él se reproduce parte de la homilía del papa Pablo VI, cuando visitó el Templo de la Anunciación en Nazaret (1964) y allí explicó las lecciones que recibíamos de los años de vida oculta: la lección del silencio, la lección de la vida familiar, la lección del trabajo ("la austera pero redentora ley del trabajo humano"). Antes el Catecismo había recogido una hermosa definición de esos años de vida oculta, similar a la de cualquiera de nosotros: "una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la Ley de Dios, vida en la comunidad" (pár. 531).
...
Concluyo con una estupenda frase de San Agustín (pár. 520): "la Vida desciende para hacerse matar, el Pan desciende para tener hambre, el Camino desciende para fatigarse andando, la Fuente desciende para sentir la sed, y tú ¿vas a negarte a sufrir?"
¿Viste cómo triunfan ahora esas novelas en que nada es lo que parece, en que las personas y las cosas cambian de sentido a partir de algo que ocurre a mitad del libro? Pues, muy seriamente, el Catecismo nos explica que en la vida de Jesús nada es sólo lo que aparenta, nada ocurre porque sí: "todo en la vida de Jesús es signo de su misterio" (pár. 515). Por ejemplo: cuando Jesús es presentado en el templo, conforme al rito judío (pár. 529), no es una mera anécdota de su vida, sino que se puede relacionar con la esperanza de Israel en el Mesías y con el sacrificio en la Cruz; cuando Jesús se transfigura (pár. 554 a 556) no es sólo un hecho misterioso, ahí están el presagio de la Cruz, la sumisión a la voluntad de Dios, el cumplimiento -otra vez- de las promesas a Israel, la acción de la Santísima Trinidad, el presagio de la Eucaristía, ... En este largo parágrafo el Catecismo detalla esto en muchas escenas del Evangelio, pero hay un denominador común: "los artículo de la fe referentes a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo (...) Todo lo que Jesús hizo y enseño (...) hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua" (pár. 512).
Nada es -únicamente- lo que parece, nada ocurre porque sí, y así el Catecismo va desarrollando los sentidos ocultos de: el anuncio del Mesías en el Antiguo Testamento (pár. 522), San Juan Bautista (pár. 523 y 524), Navidad (pár. 525 y 526), la circuncisión (pár. 527), la adoración de los Magos (pár. 528), la presentación en el Templo (pár. 529), la huida a Egipto (pár. 530), la vida oculta (pár. 531 a 533), el extravío y el hallazgo en el Templo (pár. 534), el bautismo (pár. 535 a 537), las tentaciones en el desierto (pár. 538 a 540), la predicación y los milagros (pár. 541 a 550), la elección de San Pedro (pár. 551 a 553), la transfiguración (pár. 554 a 556), el anuncio de su Pasión (pár. 557 a 558) y, en fin, la entrada en Jerusalén (pár. 559 y 560).
(Ejemplo de lo fino que hila el Catecismo: el pár. 530 observa el paralelismo -muy simbólico- de que el Niño vuelve de Egipto (Mt 2, 15) como un nuevo y definitivo éxodo, similar al de Israel en el Antiguo Testamento: de paso, se cumple la promesa de Oseas 11,1).
Cité antes cómo en muchos de estos hechos están presente, de un modo u otro, la Encarnación, la Pasión, la Resurrección. El pár. 517 va más allá: "toda la vida de Cristo es misterio de Redención", "en su Encarnación porque haciéndose pobre nos enriquece con su pobreza, en su vida oculta donde repara nuestra insumisión mediante su sometimiento, en su palabra que purifica a las gentes, en sus curaciones y exorcismos, (...) en su Resurrección, por medio de la cual nos justifica".
...
Si tienes dos minutos, lee el pár. 533, relativo al significado de la vida oculta. En él se reproduce parte de la homilía del papa Pablo VI, cuando visitó el Templo de la Anunciación en Nazaret (1964) y allí explicó las lecciones que recibíamos de los años de vida oculta: la lección del silencio, la lección de la vida familiar, la lección del trabajo ("la austera pero redentora ley del trabajo humano"). Antes el Catecismo había recogido una hermosa definición de esos años de vida oculta, similar a la de cualquiera de nosotros: "una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual, vida religiosa judía sometida a la Ley de Dios, vida en la comunidad" (pár. 531).
...
Concluyo con una estupenda frase de San Agustín (pár. 520): "la Vida desciende para hacerse matar, el Pan desciende para tener hambre, el Camino desciende para fatigarse andando, la Fuente desciende para sentir la sed, y tú ¿vas a negarte a sufrir?"
viernes, 9 de octubre de 2009
Catecismo (17): María
Parte 1, sección 2, capítulo 2, artículo 3, parágrafo 2, párrafos 484 a 511.
En contraste con la dificultad de la parte anterior (las dos naturalezas de Jesús), ésta ha resultado cómoda y luminosa, como un paseo primaveral por un valle lleno de flores. El Catecismo va comentando, sin grandes honduras, hechos muy queridos para nosotros, como el sí decidido de María ante el anuncio del ángel Gabriel (pár. 494) o la concepción por obra del Espíritu Santo (pár. 484 a 486 y 496 a 498).
El Catecismo se para en dos cuestiones importantes relacionadas con esto. Así, explica que la Iglesia siempre ha creído en la inmaculada concepción de María, aunque sólo a partir de 1854 esto fue dogma de fe, tras la proclamación de Pío IX: Ella, por una gracia muy especial de Dios, fue el único ser humano tras Adán y Eva (además de Jesús, claro) que nació sin pecado original, lo que explica que jamás en su vida pecara (pár. 490 a 493). Era virgen cuando fue concebida por el Espíritu Santo (así se dice en Mt 1,18 y en Lc 1,27), conforme a la profecía de Isaías (Is 7,14), y siguió siéndolo siempre, incluso tras dar a luz a Jesús (pár. 496 a 499).
El pár. 500 se detiene a argumentar contra la posible objeción a la virginidad perpetua de María en que varias veces el Evangelio habla de los "hermanos de Jesús" (Mt 13,55-56; Mc 3,31-32; Mc 6,3). Explica el Catecismo que no se debe entender esta expresión en sentido literal, sino como equivalente a familiares cercanos, quizá primos, y ello por dos causas: porque así ocurre varias veces en el Antiguo Testamento (y se citan ejemplos del Génesis) y porque cuando en Mt 13,55-56 se habla de "Santiago y José" se está haciendo referencia a los hijos de otra María, que también estaba junto a la Cruz (Mt 27,56) y que probablemente fuera familiar cercana de la Virgen.
En contraste con la dificultad de la parte anterior (las dos naturalezas de Jesús), ésta ha resultado cómoda y luminosa, como un paseo primaveral por un valle lleno de flores. El Catecismo va comentando, sin grandes honduras, hechos muy queridos para nosotros, como el sí decidido de María ante el anuncio del ángel Gabriel (pár. 494) o la concepción por obra del Espíritu Santo (pár. 484 a 486 y 496 a 498).
El Catecismo se para en dos cuestiones importantes relacionadas con esto. Así, explica que la Iglesia siempre ha creído en la inmaculada concepción de María, aunque sólo a partir de 1854 esto fue dogma de fe, tras la proclamación de Pío IX: Ella, por una gracia muy especial de Dios, fue el único ser humano tras Adán y Eva (además de Jesús, claro) que nació sin pecado original, lo que explica que jamás en su vida pecara (pár. 490 a 493). Era virgen cuando fue concebida por el Espíritu Santo (así se dice en Mt 1,18 y en Lc 1,27), conforme a la profecía de Isaías (Is 7,14), y siguió siéndolo siempre, incluso tras dar a luz a Jesús (pár. 496 a 499).
El pár. 500 se detiene a argumentar contra la posible objeción a la virginidad perpetua de María en que varias veces el Evangelio habla de los "hermanos de Jesús" (Mt 13,55-56; Mc 3,31-32; Mc 6,3). Explica el Catecismo que no se debe entender esta expresión en sentido literal, sino como equivalente a familiares cercanos, quizá primos, y ello por dos causas: porque así ocurre varias veces en el Antiguo Testamento (y se citan ejemplos del Génesis) y porque cuando en Mt 13,55-56 se habla de "Santiago y José" se está haciendo referencia a los hijos de otra María, que también estaba junto a la Cruz (Mt 27,56) y que probablemente fuera familiar cercana de la Virgen.
jueves, 1 de octubre de 2009
Catecismo (16): Jesús Dios y hombre
Parte 1, sección 2, capítulo 2, artículo 3, parágrafo 1, párrafos 456 a 483.
(Me ha costado tanto comprender esta parte que la voy a resumir como me dé la gana, sin seguir el método habitual)
·Desde la Encarnación,Jesús fue perfectamente Dios y perfectamente hombre, Dios al 100% y hombre al 100%, no un híbrido ni una mezcla. Es, si se me permite la comparación, como si un hombre pudiera ser 100% blanco y al mismo tiempo 100% negro.
·Dios Hijo no fue creado por Dios Padre, Dios Padre no fue anterior (en el tiempo) a Dios Hijo, no hay un Dios de primera (el Padre) y un Dios de segunda (el Hijo), ambos son Dios por igual.
·Durante su vida en la Tierra no hubo dos Jesús, Jesús Dios que estaba en el Cielo y Jesús hombre que estaba en la Tierra, con Jesús Dios mirando a Jesús hombre como quien ve su imagen en un vídeo: sólo hubo una Persona con dos naturalezas.
·Su cuerpo fue tan real como el tuyo, su alma tan real como la tuya, no fueron una máscara o una careta tras los que se escondía Dios: quiso como quieres tú, se cansó como te cansas tú, tuvo miedo como lo tienes tú.
·Por ello no hubo dos voluntades en Él (creo), la humana y la divina, sino sólo una, la de Jesús. El párrafo 475 lo explica maravillosamente: "Jesús, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente con el Padre y con el Espíritu Santo".
·Por ello, también, no hubo dos actividades en Él mientras estuvo en la Tierra, la divina y la humana, y lo que Él hizo no lo hizo sólo el hombre, también lo hizo Dios. En este sentido se puede decir propiamente que Dios Hijo murió en la cruz (pár. 468). Esta es una idea tremenda, que entiendo como cuando decimos que muere el alma del que fallece, no en el sentido de que se desintegre, sino que se separa del cuerpo.
·El Catecismo se lía un poco (en mi pobre opinión) sobre si Jesús, bebé, niño, adolescente, era ignorante e iba aprendiendo poco a poco, como cualquier niño de su edad (así parece decirlo el párrafo 472) o si ya sabía todo desde su Nacimiento, desde Belén (párrafos 473 y 474). En la duda, me quedo con la segunda tesis.
·En fin, esta parte del Catecismo apenas entra en algo que para mí siempre fue complicado: ¿era preciso para nuestra redención que Jesús muriera sangrientamente en la cruz? ¿habría sido todo igual si hubiera muerto de viejo, dulcemente en su cama? Consulto el índice y veo que me estoy adelantando: el tema se trata en la explicación de "fue crucificado, muerto y sepultado".
(Me ha costado tanto comprender esta parte que la voy a resumir como me dé la gana, sin seguir el método habitual)
·Desde la Encarnación,Jesús fue perfectamente Dios y perfectamente hombre, Dios al 100% y hombre al 100%, no un híbrido ni una mezcla. Es, si se me permite la comparación, como si un hombre pudiera ser 100% blanco y al mismo tiempo 100% negro.
·Dios Hijo no fue creado por Dios Padre, Dios Padre no fue anterior (en el tiempo) a Dios Hijo, no hay un Dios de primera (el Padre) y un Dios de segunda (el Hijo), ambos son Dios por igual.
·Durante su vida en la Tierra no hubo dos Jesús, Jesús Dios que estaba en el Cielo y Jesús hombre que estaba en la Tierra, con Jesús Dios mirando a Jesús hombre como quien ve su imagen en un vídeo: sólo hubo una Persona con dos naturalezas.
·Su cuerpo fue tan real como el tuyo, su alma tan real como la tuya, no fueron una máscara o una careta tras los que se escondía Dios: quiso como quieres tú, se cansó como te cansas tú, tuvo miedo como lo tienes tú.
·Por ello no hubo dos voluntades en Él (creo), la humana y la divina, sino sólo una, la de Jesús. El párrafo 475 lo explica maravillosamente: "Jesús, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente con el Padre y con el Espíritu Santo".
·Por ello, también, no hubo dos actividades en Él mientras estuvo en la Tierra, la divina y la humana, y lo que Él hizo no lo hizo sólo el hombre, también lo hizo Dios. En este sentido se puede decir propiamente que Dios Hijo murió en la cruz (pár. 468). Esta es una idea tremenda, que entiendo como cuando decimos que muere el alma del que fallece, no en el sentido de que se desintegre, sino que se separa del cuerpo.
·El Catecismo se lía un poco (en mi pobre opinión) sobre si Jesús, bebé, niño, adolescente, era ignorante e iba aprendiendo poco a poco, como cualquier niño de su edad (así parece decirlo el párrafo 472) o si ya sabía todo desde su Nacimiento, desde Belén (párrafos 473 y 474). En la duda, me quedo con la segunda tesis.
·En fin, esta parte del Catecismo apenas entra en algo que para mí siempre fue complicado: ¿era preciso para nuestra redención que Jesús muriera sangrientamente en la cruz? ¿habría sido todo igual si hubiera muerto de viejo, dulcemente en su cama? Consulto el índice y veo que me estoy adelantando: el tema se trata en la explicación de "fue crucificado, muerto y sepultado".
lunes, 14 de septiembre de 2009
Catecismo (15): Jesucristo
Parte 1, sección 2, capítulo 2, artículo 2, párrafos 422 a 455.
(Como ya expliqué en julio, quiso la casualidad que el fin de curso coincidiera con el del estudio de Dios Padre, y que el inicio del año 2009-10 se corresponda con el comienzo de Dios Hijo. Vamos a ello)
Tras una explicación sobre la importancia de Jesús en la catequesis y en el apostolado (pár. 422 a 429), el Catecismo desarrolla los cuatros nombres de Jesús que cita el Credo: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”.
Jesús Jesús se llama así porque el ángel Gabriel se lo dijo a María, en la Anunciación (Lc 1,31) y a José, en sueños (Mt 1, 21). Es un nombre hebreo que significa “Dios salva” (pár. 430), lo que al Catecismo le parece un gran acierto: porque efectivamente Jesús vino a salvarnos, no sólo de Egipto, sino sobre todo de nuestro pecado (pár. 431) y porque así el nombre de Dios queda incluido en el nombre de Jesús, y al invocar a Éste ya estamos llamando a Aquel (pár. 432).
Cristo Esta palabra significa "Ungido", igual que "Mesías" en hebreo (pár. 436): si este adjetivo queda incorporado al nombre de Jesús (Jesucristo) es porque de todos los ungidos (= elegidos por Dios, tocados por el óleo) que salen en la Biblia (pár. 436: reyes, sacerdotes, profetas) Él fue el más importante, el Ungido por excelencia, Dios Padre le ungió como Rey, como sacerdote, como profeta.
Los párrafos 437 a 440 van citando pasajes del Evangelio en que Jesús fue denominado Cristo / Mesías por sus contemporáneos: en el anuncio a los pastores (pár. 437: Lc 2, 11), en las conversaciones con la samaritana (pár. 439: Jn 4, 25) y con Marta (pár. 439: Jn 11, 27), en la confesión de Pedro (pár. 440: Mt 16, 16-23) y, con desprecio, por el mal ladrón crucificado con Él (pár. 440: Lc 23, 39) (además de muchas veces en que le dieron el título equivalente de “Hijo de David”, pár. 439).
(Una hermosa aclaración de San Ireneo de Lyon: “El que ha ungido es el Padre, El que ha sido ungido es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción” (pár. 438))
Hijo único de Dios El título “Hijo de Dios” ya había sido usado varias veces en el Antiguo Testamento de forma analógica, haciendo referencia a la “filiación adoptiva” por Dios de Israel o de algún personaje (pár. 441), y es posible que alguno de los contemporáneos que llamaron así a Jesús (pár. 441: el centurión romano junto a la Cruz, Mt 27, 54) lo usaran sin ser conscientes de lo que decían. Pero en varios pasajes del Nuevo Testamento el término se usa ya en un sentido literal, es decir, dejando claro que Jesús tenía la misma naturaleza (divina) que Dios Padre: en la confesión de Pedro (pár. 442 y 443: Mt 16, 16), inspirada por el Padre, en el interrogatorio del pontífice (pár. 443: Lc 22, 70) y en la predicación de San Pablo (pár. 442: Hechos 9, 20). Con ello no hacen sino repetir lo que el mismo Dios Padre había dicho en dos grandes momentos, en el Bautismo en el Jordán (pár. 444: Mt 3, 17) y en la Transfiguración (pár. 444: Mt 17, 5).
Aquí el Catecismo hace una aclaración muy interesante: Jesús “distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre”, salvo para ordenarles “vosotros, pues, orad así: Padre nuestro ...” (Mt 6,9)” (pár. 443): siempre habla de “vuestro Padre” (Mt 5, 48) (Mt 6, 8) (Lc 11, 13), de “mi Padre” (Mt 7, 21) e incluso de “mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20, 17).
Señor Es la forma en que a veces, en el Antiguo Testamento, se llamaba a Dios. El Catecismo, en sus párrafos 446 a 451, cita muchos casos en que la gente, al pedirle algo a Jesús, usaba este título reconociendo así su poder y -de alguna forma- su divinidad, y también pone ejemplos de los Hechos de los Apóstoles y de las Cartas en que ya se era consciente de que Jesús era Dios, el Señor.
(Como ya expliqué en julio, quiso la casualidad que el fin de curso coincidiera con el del estudio de Dios Padre, y que el inicio del año 2009-10 se corresponda con el comienzo de Dios Hijo. Vamos a ello)
Tras una explicación sobre la importancia de Jesús en la catequesis y en el apostolado (pár. 422 a 429), el Catecismo desarrolla los cuatros nombres de Jesús que cita el Credo: “Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”.
Jesús Jesús se llama así porque el ángel Gabriel se lo dijo a María, en la Anunciación (Lc 1,31) y a José, en sueños (Mt 1, 21). Es un nombre hebreo que significa “Dios salva” (pár. 430), lo que al Catecismo le parece un gran acierto: porque efectivamente Jesús vino a salvarnos, no sólo de Egipto, sino sobre todo de nuestro pecado (pár. 431) y porque así el nombre de Dios queda incluido en el nombre de Jesús, y al invocar a Éste ya estamos llamando a Aquel (pár. 432).
Cristo Esta palabra significa "Ungido", igual que "Mesías" en hebreo (pár. 436): si este adjetivo queda incorporado al nombre de Jesús (Jesucristo) es porque de todos los ungidos (= elegidos por Dios, tocados por el óleo) que salen en la Biblia (pár. 436: reyes, sacerdotes, profetas) Él fue el más importante, el Ungido por excelencia, Dios Padre le ungió como Rey, como sacerdote, como profeta.
Los párrafos 437 a 440 van citando pasajes del Evangelio en que Jesús fue denominado Cristo / Mesías por sus contemporáneos: en el anuncio a los pastores (pár. 437: Lc 2, 11), en las conversaciones con la samaritana (pár. 439: Jn 4, 25) y con Marta (pár. 439: Jn 11, 27), en la confesión de Pedro (pár. 440: Mt 16, 16-23) y, con desprecio, por el mal ladrón crucificado con Él (pár. 440: Lc 23, 39) (además de muchas veces en que le dieron el título equivalente de “Hijo de David”, pár. 439).
(Una hermosa aclaración de San Ireneo de Lyon: “El que ha ungido es el Padre, El que ha sido ungido es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción” (pár. 438))
Hijo único de Dios El título “Hijo de Dios” ya había sido usado varias veces en el Antiguo Testamento de forma analógica, haciendo referencia a la “filiación adoptiva” por Dios de Israel o de algún personaje (pár. 441), y es posible que alguno de los contemporáneos que llamaron así a Jesús (pár. 441: el centurión romano junto a la Cruz, Mt 27, 54) lo usaran sin ser conscientes de lo que decían. Pero en varios pasajes del Nuevo Testamento el término se usa ya en un sentido literal, es decir, dejando claro que Jesús tenía la misma naturaleza (divina) que Dios Padre: en la confesión de Pedro (pár. 442 y 443: Mt 16, 16), inspirada por el Padre, en el interrogatorio del pontífice (pár. 443: Lc 22, 70) y en la predicación de San Pablo (pár. 442: Hechos 9, 20). Con ello no hacen sino repetir lo que el mismo Dios Padre había dicho en dos grandes momentos, en el Bautismo en el Jordán (pár. 444: Mt 3, 17) y en la Transfiguración (pár. 444: Mt 17, 5).
Aquí el Catecismo hace una aclaración muy interesante: Jesús “distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás “nuestro Padre”, salvo para ordenarles “vosotros, pues, orad así: Padre nuestro ...” (Mt 6,9)” (pár. 443): siempre habla de “vuestro Padre” (Mt 5, 48) (Mt 6, 8) (Lc 11, 13), de “mi Padre” (Mt 7, 21) e incluso de “mi Padre y vuestro Padre” (Jn 20, 17).
Señor Es la forma en que a veces, en el Antiguo Testamento, se llamaba a Dios. El Catecismo, en sus párrafos 446 a 451, cita muchos casos en que la gente, al pedirle algo a Jesús, usaba este título reconociendo así su poder y -de alguna forma- su divinidad, y también pone ejemplos de los Hechos de los Apóstoles y de las Cartas en que ya se era consciente de que Jesús era Dios, el Señor.
lunes, 27 de julio de 2009
Catecismo (14): pecado original
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 7, párrafos 385 a 421.
Tras hablar de la creación del hombre (parágrafo 6) el Catecismo nos explica el pecado original. Este orden se debe a un criterio cronológico (siguiendo la narración del Génesis, capítulos 1 a 3) y a otro lógico (Dios creó al hombre, pero ¿ya le creó pecador?).
El hombre peca, peca constantemente, hay en él una tendencia al mal, pero esto -explica el Catecismo- no es culpa de Dios, que creó al hombre “en un estado de santidad y de justicia original” (pár. 375): es culpa de Adán y Eva, que cometieron el pecado original de comer de la manzana prohibida, e incluso, antes que de ellos, pues aún eran espíritus puros, es culpa del diablo, que les tentó. Por ese pecado original, Adán, Eva y todos sus descendientes -nosotros- perdimos la gracia original y nos volvimos pecadores.
Pero ¿cómo es que esa falta personal de Adán y Eva tuvo consecuencias para todos, para cada uno de nosotros? Con gran humildad, el Catecismo reconoce que la Iglesia no tiene una respuesta clara a esta pregunta: “la trasmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente” (pár. 404). Esto no significa que sea falso, o una ficción: es una “verdad esencial de fe” (pár. 388). El importantísimo pár. 404 intenta aclararlo: “Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo, sino para toda la naturaleza humana” , por lo que su “pecado personal” contagia esa “naturaleza humana” de todos sus descendientes: “Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto”.
El Catecismo (y, en concreto, el pár. 402) deja claro que esto del pecado original no es una invención de la teología católica posterior, sino que ya aparece en San Pablo, en la carta a los Romanos (5, 12-21):
“Así, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado ... (...) Por consiguiente, como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo [Jesucristo] llega a todos la justificación de la vida”.
(Eché en falta en el Catecismo una aclaración muy importante: si no creemos que el Génesis sea un relato literal, sino “un lenguaje hecho de imágenes” (par. 390), ¿cómo se aplica la existencia del pecado original (“acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre”, según el pár. 390) a los hombres primitivos, descendientes del mono? ¿Descendemos todos de uno solo, al que Dios otorgó el alma, que ya tenía cierto uso de razón y cierta capacidad moral, y que hizo algo indebido?)
Efectos inmediatos, desastrosos, del pecado original: el hombre pasa a tener miedo a Dios (pár. 399), deja de dominar sus pasiones (pár. 400), se pelea con la mujer, Eva (pár. 401), y ¡ay! muere (pár. 401); “desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda el mundo” (pár. 401).
Pecado original y Redención Si no se cree en el pecado original, que nos contamina a cada uno, no se puede entender correctamente el sentido de la Redención de Jesús, de su Nacimiento, Muerte y Resurrección: “Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado” (pár. 388); “Jesús es el Salvador de todos los hombres (...) todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo (...) No se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo” (¡¡¡¡¡) (pár. 389).
(Me pareció muy interesante el pár. 406. Para defender toda esta doctrina, la Iglesia ha tenido que luchar contra dos errores contrapuestos sobre los efectos del pecado original: contra Pelagio (Concilio de Orange), que decía que el hombre podía salvarse por si solo, sin la gracia de Dios, y que el pecado original de Adán no era más que un mal ejemplo; y contra la Reforma protestante (Concilio de Trento), que dijo que el pecado original dañó sin arreglo posible la naturaleza humana, anulando su libertad)
(En fin, una última aclaración sobre el pecado original, que parece escrita para las Leyes de educación en España: por él “el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre (...) Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (pár. 407))
..............................
Así acaba la explicación sobre Dios Padre, que ha ocupado el capítulo 1 sobre el Credo, “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. Este final coincide con las vacaciones de verano, así que -por una feliz coincidencia- en septiembre comenzaré con el capítulo 2, ”Creo en Jesucristo”.
Tras hablar de la creación del hombre (parágrafo 6) el Catecismo nos explica el pecado original. Este orden se debe a un criterio cronológico (siguiendo la narración del Génesis, capítulos 1 a 3) y a otro lógico (Dios creó al hombre, pero ¿ya le creó pecador?).
El hombre peca, peca constantemente, hay en él una tendencia al mal, pero esto -explica el Catecismo- no es culpa de Dios, que creó al hombre “en un estado de santidad y de justicia original” (pár. 375): es culpa de Adán y Eva, que cometieron el pecado original de comer de la manzana prohibida, e incluso, antes que de ellos, pues aún eran espíritus puros, es culpa del diablo, que les tentó. Por ese pecado original, Adán, Eva y todos sus descendientes -nosotros- perdimos la gracia original y nos volvimos pecadores.
Pero ¿cómo es que esa falta personal de Adán y Eva tuvo consecuencias para todos, para cada uno de nosotros? Con gran humildad, el Catecismo reconoce que la Iglesia no tiene una respuesta clara a esta pregunta: “la trasmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente” (pár. 404). Esto no significa que sea falso, o una ficción: es una “verdad esencial de fe” (pár. 388). El importantísimo pár. 404 intenta aclararlo: “Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo, sino para toda la naturaleza humana” , por lo que su “pecado personal” contagia esa “naturaleza humana” de todos sus descendientes: “Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto”.
El Catecismo (y, en concreto, el pár. 402) deja claro que esto del pecado original no es una invención de la teología católica posterior, sino que ya aparece en San Pablo, en la carta a los Romanos (5, 12-21):
“Así, pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado ... (...) Por consiguiente, como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo [Jesucristo] llega a todos la justificación de la vida”.
(Eché en falta en el Catecismo una aclaración muy importante: si no creemos que el Génesis sea un relato literal, sino “un lenguaje hecho de imágenes” (par. 390), ¿cómo se aplica la existencia del pecado original (“acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre”, según el pár. 390) a los hombres primitivos, descendientes del mono? ¿Descendemos todos de uno solo, al que Dios otorgó el alma, que ya tenía cierto uso de razón y cierta capacidad moral, y que hizo algo indebido?)
Efectos inmediatos, desastrosos, del pecado original: el hombre pasa a tener miedo a Dios (pár. 399), deja de dominar sus pasiones (pár. 400), se pelea con la mujer, Eva (pár. 401), y ¡ay! muere (pár. 401); “desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda el mundo” (pár. 401).
Pecado original y Redención Si no se cree en el pecado original, que nos contamina a cada uno, no se puede entender correctamente el sentido de la Redención de Jesús, de su Nacimiento, Muerte y Resurrección: “Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado” (pár. 388); “Jesús es el Salvador de todos los hombres (...) todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo (...) No se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo” (¡¡¡¡¡) (pár. 389).
(Me pareció muy interesante el pár. 406. Para defender toda esta doctrina, la Iglesia ha tenido que luchar contra dos errores contrapuestos sobre los efectos del pecado original: contra Pelagio (Concilio de Orange), que decía que el hombre podía salvarse por si solo, sin la gracia de Dios, y que el pecado original de Adán no era más que un mal ejemplo; y contra la Reforma protestante (Concilio de Trento), que dijo que el pecado original dañó sin arreglo posible la naturaleza humana, anulando su libertad)
(En fin, una última aclaración sobre el pecado original, que parece escrita para las Leyes de educación en España: por él “el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre (...) Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (pár. 407))
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Así acaba la explicación sobre Dios Padre, que ha ocupado el capítulo 1 sobre el Credo, “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. Este final coincide con las vacaciones de verano, así que -por una feliz coincidencia- en septiembre comenzaré con el capítulo 2, ”Creo en Jesucristo”.
viernes, 17 de julio de 2009
Catecismo (13): el alma creada
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 6, párrafos 355 a 384.
¿Nunca te ha sorprendido lo evidente?
Me impresiona mucho esta frase:
“La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es “producida” por los padres-” (pár. 366 y 382).
Ni lo sabía, qué ignorante soy, ni lo había pensado nunca, qué pobre cabeza. Lo comento con un amigo, muy católico, y me da la explicación perfecta: ¿cómo los padres, que son mortales en sus cuerpos, van a producir algo inmortal, como es el alma del engendrado?
Desde que leí la frase miro con más tolerancia a las chicas que gritan en el autobús: así que Dios tocó, a cada una, con Su Mano ...
¿Nunca te ha sorprendido lo evidente?
Me impresiona mucho esta frase:
“La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es “producida” por los padres-” (pár. 366 y 382).
Ni lo sabía, qué ignorante soy, ni lo había pensado nunca, qué pobre cabeza. Lo comento con un amigo, muy católico, y me da la explicación perfecta: ¿cómo los padres, que son mortales en sus cuerpos, van a producir algo inmortal, como es el alma del engendrado?
Desde que leí la frase miro con más tolerancia a las chicas que gritan en el autobús: así que Dios tocó, a cada una, con Su Mano ...
martes, 16 de junio de 2009
Catecismo (12): los ángeles
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 5, párrafos 325 a 354.
No pierdas el tiempo leyendo este post. Si tienes 5 minutos, lee los estupendos párrafos 328 a 336 del Catecismo, arriba tienes el enlace, donde se nos explica la presencia de los ángeles en el Antiguo Testamento (pár. 332), en la vida de Jesús (pár. 333), en la liturgia de la Iglesia (pár. 335), en la vida de cada cristiano (pár. 336).
Si tienes no sólo 5 minutos, sino 15, y quieres pasar un buen rato, coge tu Biblia y ve leyendo los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento que citan estos nueve párrafos del Catecismo, donde se ve la naturalidad con la que los ángeles intervinieron en la vida de Israel, de Jesús, de la Iglesia inicial; si lees los que cita el pár. 336 verás pasajes que justifican nuestra fe en que los ángeles nos ayudan e interceden por nosotros ante Dios.
.................
Hay algo grande y poético en la fe católica. Junto a la creencia en cosas muy elevadas como la Gracia, la Transubstanciación, la Redención, las Naturalezas divina y humana de Jesús, tenemos otras muy dulces, muy de nuestra niñez: María nuestra Madre, la intercesión de San Antonio de Padua, las almas del Purgatorio, la alegría del Domingo de Resurrección, ... y los ángeles. ¿No has visto el caso ridículo de gente muy seria que declara no creer en Dios, pero sí en los ángeles, en los espíritus, en las brujas, en la Fortuna? Si no crees en Dios eso es absurdo, pero si crees en Él, y más aún si crees dentro de la Iglesia, hay cosas maravillosas que pasan a ser totalmente razonables, que animan nuestra tediosa vida cotidiana. Aunque seas un catedrático muy serio, aunque nunca hagas chiste de nada, aunque te moleste la falta de lógica de un razonamiento, puedes decir sin sonrojarte: creo firmemente que Dios creó a los ángeles y que lo hizo porque quiso (pár. 327), creo que esto es una verdad de fe muy seria (pár. 329), creo que los ángeles están a nuestro lado y nos ayudan (pár. 336). Poder decir esto con total seriedad es una gran suerte, me parece.
...
Una aclaración final de San Agustín: “El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel” (pár. 329).
No pierdas el tiempo leyendo este post. Si tienes 5 minutos, lee los estupendos párrafos 328 a 336 del Catecismo, arriba tienes el enlace, donde se nos explica la presencia de los ángeles en el Antiguo Testamento (pár. 332), en la vida de Jesús (pár. 333), en la liturgia de la Iglesia (pár. 335), en la vida de cada cristiano (pár. 336).
Si tienes no sólo 5 minutos, sino 15, y quieres pasar un buen rato, coge tu Biblia y ve leyendo los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento que citan estos nueve párrafos del Catecismo, donde se ve la naturalidad con la que los ángeles intervinieron en la vida de Israel, de Jesús, de la Iglesia inicial; si lees los que cita el pár. 336 verás pasajes que justifican nuestra fe en que los ángeles nos ayudan e interceden por nosotros ante Dios.
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Hay algo grande y poético en la fe católica. Junto a la creencia en cosas muy elevadas como la Gracia, la Transubstanciación, la Redención, las Naturalezas divina y humana de Jesús, tenemos otras muy dulces, muy de nuestra niñez: María nuestra Madre, la intercesión de San Antonio de Padua, las almas del Purgatorio, la alegría del Domingo de Resurrección, ... y los ángeles. ¿No has visto el caso ridículo de gente muy seria que declara no creer en Dios, pero sí en los ángeles, en los espíritus, en las brujas, en la Fortuna? Si no crees en Dios eso es absurdo, pero si crees en Él, y más aún si crees dentro de la Iglesia, hay cosas maravillosas que pasan a ser totalmente razonables, que animan nuestra tediosa vida cotidiana. Aunque seas un catedrático muy serio, aunque nunca hagas chiste de nada, aunque te moleste la falta de lógica de un razonamiento, puedes decir sin sonrojarte: creo firmemente que Dios creó a los ángeles y que lo hizo porque quiso (pár. 327), creo que esto es una verdad de fe muy seria (pár. 329), creo que los ángeles están a nuestro lado y nos ayudan (pár. 336). Poder decir esto con total seriedad es una gran suerte, me parece.
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Una aclaración final de San Agustín: “El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel” (pár. 329).
jueves, 4 de junio de 2009
Catecismo (11): la creación; el mal
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 4, apartados IV y V, párrafos 295 a 314 y 320 a 324.
Ante todo, el Catecismo proclama que la creación es buena: “Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad” (pár. 299): “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Génesis 1, 31). “La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material” (pár. 299).
Pero la creación no es perfecta: “la creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada en estado de vía (...) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó” (pár. 302). Ese “estado de vía” se da en el mundo material y en el espiritual o moral.
La creación en general, y el hombre en particular, no recorren solos ese camino hacia la perfección, sino que lo hacen ayudados por Dios: “llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esa perfección” (pár. 302 y 321). Incluye el cuidado por Dios de todo, “de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia” (pár. 303), y no es sólo la acción directa de Dios, sino que Él muchas veces actúa a través de los hombres, conscientes estos o no, queriéndolo o no (pár. 307).
..................................
El Catecismo tiene la valentía de traer una grave objeción a este panorama idílico: “Si Dios Padre todopoderoso, creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal?” (pár. 309). O, como añade el pár. 310, “¿por que Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor”. El Catecismo aclara ante todo que esta pregunta es misteriosa (pár. 309), es decir, que la Iglesia no conoce completamente la respuesta. Por ello, no se da una contestación clara, contundente, sino que se matizan dos temas:
1º- Reitera que “en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo en estado de vía hacia su perfección última” (pár. 310): en tanto exista imperfección y tendencia a la perfección ha de existir un % de mal, esperemos que cada vez menor.
2º- Se apela al optimismo que distingue entre el mal cercano y el bien lejano: “con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas”: así, de los pecados de los hombres y de la consiguiente muerte de Jesús salieron su glorificación y nuestra redención, aunque “no por esto el mal se convierte en un bien” (pár. 312). O, como se dice en el resumen final, "la fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna” (pár. 324).
...................
(¿Estás un poco triste o deprimido? Lee el pár. 313, verás que frases más optimistas ha copiado el Catecismo de algunos santos alegres).
Ante todo, el Catecismo proclama que la creación es buena: “Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad” (pár. 299): “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Génesis 1, 31). “La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material” (pár. 299).
Pero la creación no es perfecta: “la creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada en estado de vía (...) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó” (pár. 302). Ese “estado de vía” se da en el mundo material y en el espiritual o moral.
La creación en general, y el hombre en particular, no recorren solos ese camino hacia la perfección, sino que lo hacen ayudados por Dios: “llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esa perfección” (pár. 302 y 321). Incluye el cuidado por Dios de todo, “de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia” (pár. 303), y no es sólo la acción directa de Dios, sino que Él muchas veces actúa a través de los hombres, conscientes estos o no, queriéndolo o no (pár. 307).
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El Catecismo tiene la valentía de traer una grave objeción a este panorama idílico: “Si Dios Padre todopoderoso, creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal?” (pár. 309). O, como añade el pár. 310, “¿por que Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal? En su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor”. El Catecismo aclara ante todo que esta pregunta es misteriosa (pár. 309), es decir, que la Iglesia no conoce completamente la respuesta. Por ello, no se da una contestación clara, contundente, sino que se matizan dos temas:
1º- Reitera que “en su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo en estado de vía hacia su perfección última” (pár. 310): en tanto exista imperfección y tendencia a la perfección ha de existir un % de mal, esperemos que cada vez menor.
2º- Se apela al optimismo que distingue entre el mal cercano y el bien lejano: “con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas”: así, de los pecados de los hombres y de la consiguiente muerte de Jesús salieron su glorificación y nuestra redención, aunque “no por esto el mal se convierte en un bien” (pár. 312). O, como se dice en el resumen final, "la fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna” (pár. 324).
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(¿Estás un poco triste o deprimido? Lee el pár. 313, verás que frases más optimistas ha copiado el Catecismo de algunos santos alegres).
jueves, 7 de mayo de 2009
Catecismo (10): Dios creador
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 4, apartados I a III, párrafos 279 a 294 y 315 a 319.
¿Has pensado alguna vez por qué Dios creó todo? ¿Qué le llevó a meterse en este lío? ¿Por qué Él, que vivía muy bien solo, puso en marcha todo esto, y en concreto por qué creó al hombre, libre para obedecerle o para desobedecerle, para amarle o para odiarle? ¿Qué llevó a Dios a tomar esta decisión?
Si yo fuera un niño pequeño, respondería: “Quizá se aburríra solo, tantos siglos; quizá quería tener a alguien que le sorprendiera, alguien a quien observar, como en un teatro”.
El Catecismo nos responde dos cosas. Primero, Dios creó todo por amor, por amor a sus criaturas que aún no existían: “Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad” (pár. 293). Segundo, “Dios ha creado todas las cosas, explica San Buenaventura, (...) no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla” (pár. 293). En el resumen final del parágrafo se fusionan ambas motivaciones, como dos caras de una única moneda: “Dios creó al mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza” (pár. 319); es decir, “El fin último de la creación es que Dios, Creador de todos los seres, se hace por fin “todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (pár. 294).
...................
Me ha gustado especialmente este párrafo, muy buen resumen de las teorías sobre la creación y, en último término, sobre la existencia de Dios:
“Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo)” (pár. 285).
(¿No adivinas en esta claridad expositiva la mano de Benedicto, en aquella época Cardenal Ratzinger?)
.......
Dos ideas finales: primera, la Creación no es sólo obra de Dios Padre, sino también de Dios Hijo (Jn, 1,1-3) y de Dios Espíritu Santo (“Veni, Creator...”) (pár. 291); segunda, “la revelación de la creación es inseparable de la revelación [en el Antiguo Testamento] y de la realización de la Alianza del Dios único con su pueblo” (pár. 288) y culmina en la Encarnación, en la Resurrección y en la Redención, pues “el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación” (pár. 280): no se puede entender la creación si no vemos todo lo que pasó después.
¿Has pensado alguna vez por qué Dios creó todo? ¿Qué le llevó a meterse en este lío? ¿Por qué Él, que vivía muy bien solo, puso en marcha todo esto, y en concreto por qué creó al hombre, libre para obedecerle o para desobedecerle, para amarle o para odiarle? ¿Qué llevó a Dios a tomar esta decisión?
Si yo fuera un niño pequeño, respondería: “Quizá se aburríra solo, tantos siglos; quizá quería tener a alguien que le sorprendiera, alguien a quien observar, como en un teatro”.
El Catecismo nos responde dos cosas. Primero, Dios creó todo por amor, por amor a sus criaturas que aún no existían: “Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad” (pár. 293). Segundo, “Dios ha creado todas las cosas, explica San Buenaventura, (...) no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla” (pár. 293). En el resumen final del parágrafo se fusionan ambas motivaciones, como dos caras de una única moneda: “Dios creó al mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza” (pár. 319); es decir, “El fin último de la creación es que Dios, Creador de todos los seres, se hace por fin “todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad” (pár. 294).
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Me ha gustado especialmente este párrafo, muy buen resumen de las teorías sobre la creación y, en último término, sobre la existencia de Dios:
“Algunos filósofos han dicho que todo es Dios, que el mundo es Dios, o que el devenir del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo es una emanación necesaria de Dios, que brota de esta fuente y retorna a ella ; otros han afirmado incluso la existencia de dos principios eternos, el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas, en lucha permanente (dualismo, maniqueísmo); según algunas de estas concepciones, el mundo (al menos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto que se ha de rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios, pero a la manera de un relojero que, una vez hecho, lo habría abandonado a él mismo (deísmo); otros, finalmente, no aceptan ningún origen transcendente del mundo, sino que ven en él el puro juego de una materia que ha existido siempre (materialismo)” (pár. 285).
(¿No adivinas en esta claridad expositiva la mano de Benedicto, en aquella época Cardenal Ratzinger?)
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Dos ideas finales: primera, la Creación no es sólo obra de Dios Padre, sino también de Dios Hijo (Jn, 1,1-3) y de Dios Espíritu Santo (“Veni, Creator...”) (pár. 291); segunda, “la revelación de la creación es inseparable de la revelación [en el Antiguo Testamento] y de la realización de la Alianza del Dios único con su pueblo” (pár. 288) y culmina en la Encarnación, en la Resurrección y en la Redención, pues “el Misterio de Cristo es la luz decisiva sobre el Misterio de la creación” (pár. 280): no se puede entender la creación si no vemos todo lo que pasó después.
martes, 28 de abril de 2009
Catecismo: dos errores
De septiembre a enero estudié el Catecismo, y al hacerlo cometí dos errores:
Primero: Estudiarlo no para ser mejor cristiano o por curiosidad intelectual, sino para redactar entradas en este blog.
Segundo: En consecuencia, entender que debía escribir algo ingenioso sobre lo que leía, y que si no se me ocurría nada era mejor no publicar.
Vanidad de vanidades,
y todo es vanidad.
Rectifico y recomienzo, con la ayuda de Dios.
Primero: Estudiarlo no para ser mejor cristiano o por curiosidad intelectual, sino para redactar entradas en este blog.
Segundo: En consecuencia, entender que debía escribir algo ingenioso sobre lo que leía, y que si no se me ocurría nada era mejor no publicar.
Vanidad de vanidades,
y todo es vanidad.
Rectifico y recomienzo, con la ayuda de Dios.
lunes, 26 de enero de 2009
Catecismo (9): Dios omnipotente
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 3, párrafos 268 a 278.
El pár. 268 empieza como disculpándose: ha de hablar ahora de la omnipotencia de Dios, y no de otros atributos divinos, porque es el único que menciona el Credo ("Creo en Dios Padre, todopoderoso, ..."). La catequesis sobre esto queda liquidada en once párrafos, incluidos los del resumen final.
Dios ha creado todo, y en consecuencia Dios lo puede todo (pár. 269); afortunadamente, Dios es también Padre, así que "su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente" (pár. 270); su poder nunca es ejercido arbitrariamente (pár. 271).
El Catecismo tiene la honestidad de presentar una grave objeción a esto, que mucha gente se formula hasta perder la fe, a veces: si Dios es todopoderoso y además es bueno, ¿cómo es posible que existan el mal y la injusticia en el mundo? "A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal" (pár. 272). Para responder a esta grave objeción, el Catecismo va a dar una explicación muy elevada: igual que Jesús, al morir en la Cruz, aparentemente fracasó, pero al final resucitó y así se demostró el poder de Dios (pár. 272), así muchas veces, si vemos las desgracias de la vida con fe, podemos ver detrás el poder de Dios, a largo plazo (pár. 273). En un párrafo anterior, el 268, se nos remitía a una frase tremenda de San Pablo: "Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo del poder. Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo (...) pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Corintios 9-10).
Toda está respuesta es muy cierta y muy profunda; yo, humildemente, habría añadido esto:
Cuando miramos hacia atrás, cuando recordamos momentos de desesperación y duda porque Dios no nos concedió cosas justas que le pedimos ("¿realmente -nos dijimos- Dios hubiera tenido poder para evitar esto?"), cuando miramos hacia atrás, comprendemos:
1º- que de cosas malas salieron, con el paso del tiempo, cosas buenas, tanto en el plano humano como en el espiritual.
2º- que Dios no es una compañía de seguros, puesta ahí para evitar milagrosamente lo malo de la condición humana.
3º- que, visto con perspectiva, somos algo tontos y egoístas, y nos preocupamos y le pedimos a Dios cosas que, a la larga, no eran tan graves.
El pár. 268 empieza como disculpándose: ha de hablar ahora de la omnipotencia de Dios, y no de otros atributos divinos, porque es el único que menciona el Credo ("Creo en Dios Padre, todopoderoso, ..."). La catequesis sobre esto queda liquidada en once párrafos, incluidos los del resumen final.
Dios ha creado todo, y en consecuencia Dios lo puede todo (pár. 269); afortunadamente, Dios es también Padre, así que "su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente" (pár. 270); su poder nunca es ejercido arbitrariamente (pár. 271).
El Catecismo tiene la honestidad de presentar una grave objeción a esto, que mucha gente se formula hasta perder la fe, a veces: si Dios es todopoderoso y además es bueno, ¿cómo es posible que existan el mal y la injusticia en el mundo? "A veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal" (pár. 272). Para responder a esta grave objeción, el Catecismo va a dar una explicación muy elevada: igual que Jesús, al morir en la Cruz, aparentemente fracasó, pero al final resucitó y así se demostró el poder de Dios (pár. 272), así muchas veces, si vemos las desgracias de la vida con fe, podemos ver detrás el poder de Dios, a largo plazo (pár. 273). En un párrafo anterior, el 268, se nos remitía a una frase tremenda de San Pablo: "Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo del poder. Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo (...) pues cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Corintios 9-10).
Toda está respuesta es muy cierta y muy profunda; yo, humildemente, habría añadido esto:
Cuando miramos hacia atrás, cuando recordamos momentos de desesperación y duda porque Dios no nos concedió cosas justas que le pedimos ("¿realmente -nos dijimos- Dios hubiera tenido poder para evitar esto?"), cuando miramos hacia atrás, comprendemos:
1º- que de cosas malas salieron, con el paso del tiempo, cosas buenas, tanto en el plano humano como en el espiritual.
2º- que Dios no es una compañía de seguros, puesta ahí para evitar milagrosamente lo malo de la condición humana.
3º- que, visto con perspectiva, somos algo tontos y egoístas, y nos preocupamos y le pedimos a Dios cosas que, a la larga, no eran tan graves.
jueves, 15 de enero de 2009
Catecismo (8): Santísima Trinidad
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 2, párrafos 232 a 267.
Jesús es Dios (Jn 1, 1), y se dirige a alguien distinto de Él, el Padre, que también es Dios (Mt 11, 27), y anuncia a alguien distinto de Él y del Padre, el Espíritu Santo, que también es Dios (Jn 7, 39) (Jn 14, 16-17) (Jn 14, 26), sin que por ello haya tres Dioses, sino sólo uno (Mt 28, 19) (1 Cor 8, 6-7). Hay una única naturaleza y tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto, “misterio central de la fe y la vida cristiana” (pár. 234), es algo incomprensible para nosotros, imposible de llegar a ello por la razón (pár. 237). El Catecismo nos recuerda que el pueblo judío, en el Antiguo Testamento, desconoció totalmente esta gran verdad (pár. 237), aunque a veces llamara “Padre” (Deut. 32, 6) (Malaquías 2, 10) o “Espíritu” (Génesis 1, 2) a Dios. Fue precisa la Encarnación de Jesús y su Revelación para que se nos anunciara este gran misterio.
Para prevenir un error en el que es fácil caer, el Catecismo hace una aclaración importante en el pár. 253: “Las personas divinas no se reparten la única divinidad”, cada uno de Ellos no es un tercio de Dios, como a veces creemos, “sino que cada uno de Ellos es enteramente Dios”: Dios Padre es totalmente Dios, Dios Hijo es totalmente Dios, Dios Espíritu Santo es totalmente Dios.
El Catecismo narra cómo la Iglesia fue asumiendo este gran misterio (pár. 242 y 245-248). Para poder manejar esta materia tan compleja, utilizó los términos filosóficos “sustancia” o “naturaleza” (sólo una, Dios), “persona” (tres) y “relación” (pár. 252): el Padre lo es en relación al Hijo, el Hijo lo es en relación al Padre, y el Espíritu Santo lo es en relación a ambos, de los que procede (pár. 245 y 255) (y no sólo del Padre, como erróneamente creen los ortodoxos, pár. 247). “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado y el Espíritu Santo es quien procede” (pár. 254, citando al IV Concilio de Letrán).
En fin, dos ideas más:
El pár. 239 recuerda en qué dos sentidos, análogos a los de la paternidad humana, Dios es Padre de todos nosotros: “Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos”.
“El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo,
el que sigue a Cristo lo hace porque el Padre lo atrae y el Espíritu lo mueve” (pár. 259).
Jesús es Dios (Jn 1, 1), y se dirige a alguien distinto de Él, el Padre, que también es Dios (Mt 11, 27), y anuncia a alguien distinto de Él y del Padre, el Espíritu Santo, que también es Dios (Jn 7, 39) (Jn 14, 16-17) (Jn 14, 26), sin que por ello haya tres Dioses, sino sólo uno (Mt 28, 19) (1 Cor 8, 6-7). Hay una única naturaleza y tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto, “misterio central de la fe y la vida cristiana” (pár. 234), es algo incomprensible para nosotros, imposible de llegar a ello por la razón (pár. 237). El Catecismo nos recuerda que el pueblo judío, en el Antiguo Testamento, desconoció totalmente esta gran verdad (pár. 237), aunque a veces llamara “Padre” (Deut. 32, 6) (Malaquías 2, 10) o “Espíritu” (Génesis 1, 2) a Dios. Fue precisa la Encarnación de Jesús y su Revelación para que se nos anunciara este gran misterio.
Para prevenir un error en el que es fácil caer, el Catecismo hace una aclaración importante en el pár. 253: “Las personas divinas no se reparten la única divinidad”, cada uno de Ellos no es un tercio de Dios, como a veces creemos, “sino que cada uno de Ellos es enteramente Dios”: Dios Padre es totalmente Dios, Dios Hijo es totalmente Dios, Dios Espíritu Santo es totalmente Dios.
El Catecismo narra cómo la Iglesia fue asumiendo este gran misterio (pár. 242 y 245-248). Para poder manejar esta materia tan compleja, utilizó los términos filosóficos “sustancia” o “naturaleza” (sólo una, Dios), “persona” (tres) y “relación” (pár. 252): el Padre lo es en relación al Hijo, el Hijo lo es en relación al Padre, y el Espíritu Santo lo es en relación a ambos, de los que procede (pár. 245 y 255) (y no sólo del Padre, como erróneamente creen los ortodoxos, pár. 247). “El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado y el Espíritu Santo es quien procede” (pár. 254, citando al IV Concilio de Letrán).
En fin, dos ideas más:
El pár. 239 recuerda en qué dos sentidos, análogos a los de la paternidad humana, Dios es Padre de todos nosotros: “Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos”.
“El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo,
el que sigue a Cristo lo hace porque el Padre lo atrae y el Espíritu lo mueve” (pár. 259).
viernes, 9 de enero de 2009
Catecismo (7): Dios
Parte 1, sección 2, capítulo 1, artículo 1, parágrafo 1, párrafos 198 a 231.
La explicación del Credo empieza, lógicamente, por “Creo en Dios”. Pero ¿quién es Dios?
El Catecismo copia (pár. 205) la impresionante narración del Éxodo, 3. Moisés, que está pastoreando el rebaño de su suegro, ve cómo una zarza arde sin consumirse: es Dios, así que se cubre la cabeza con el manto, en señal de temeroso respeto. Dios se le presenta como “el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Esto es su descripción, y cuando Moisés le pide su nombre (su definición, diríamos hoy) Dios proclama: “Yo soy el que soy”. “Éste es mi nombre para siempre”, añade (pár. 205). (“El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima” (pár. 203)).
Esta definición no nos permite comprender a Dios (San Agustín: “Si lo comprendieras, no sería Dios”, pár. 230), pero sí acercarnos lejanamente a su esencia: “Sólo Dios ES. (...) Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen ni fin. Mientras todas las criaturas han recibido de Él todo su ser y todo su poseer, Él sólo es su ser mismo y es por si mismo todo lo que es” (pár. 213).
...
En contraste con esta elevada exposición, todo vuelve a ser más sencillo cuando el Catecismo nos recuerda otra definición de Dios, ésta de San Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8 y 4, 16) (pár. 221). “El ser mismo de Dios es amor”, aclara este párrafo, y eso es lo que permite comprender que Dios siempre nos perdona, que Dios siempre sigue salvándonos (pár. 218 y 219).
La explicación del Credo empieza, lógicamente, por “Creo en Dios”. Pero ¿quién es Dios?
El Catecismo copia (pár. 205) la impresionante narración del Éxodo, 3. Moisés, que está pastoreando el rebaño de su suegro, ve cómo una zarza arde sin consumirse: es Dios, así que se cubre la cabeza con el manto, en señal de temeroso respeto. Dios se le presenta como “el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Esto es su descripción, y cuando Moisés le pide su nombre (su definición, diríamos hoy) Dios proclama: “Yo soy el que soy”. “Éste es mi nombre para siempre”, añade (pár. 205). (“El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima” (pár. 203)).
Esta definición no nos permite comprender a Dios (San Agustín: “Si lo comprendieras, no sería Dios”, pár. 230), pero sí acercarnos lejanamente a su esencia: “Sólo Dios ES. (...) Dios es la plenitud del Ser y de toda perfección, sin origen ni fin. Mientras todas las criaturas han recibido de Él todo su ser y todo su poseer, Él sólo es su ser mismo y es por si mismo todo lo que es” (pár. 213).
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En contraste con esta elevada exposición, todo vuelve a ser más sencillo cuando el Catecismo nos recuerda otra definición de Dios, ésta de San Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8 y 4, 16) (pár. 221). “El ser mismo de Dios es amor”, aclara este párrafo, y eso es lo que permite comprender que Dios siempre nos perdona, que Dios siempre sigue salvándonos (pár. 218 y 219).
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Catecismo (6): Credos
Parte 1, sección 2, párrafos 185 a 197.
Acabada la sección 1ª de la 1ª parte, en la que se nos ha enseñado cómo Dios se dirige el hombre (Revelación) y cómo el hombre responde a Dios (fe), empieza la gigantesca sección 2ª, casi mil párrafos, donde se nos va a explicar el Credo.
Antes hay una breve introducción sobre los Credos o Símbolos de Fe o Profesiones de Fe, es decir, las listas de verdades esenciales que el cristiano ha de creer si quiere ser parte de la Iglesia. Hay dos muy importantes, el Símbolo de los Apóstoles (p. 194) y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano (p. 195), que son el Credo que diecisiete siglos después seguimos utilizando en la Misa. Junto a estos Credos tan importantes, el Catecismo explica que ha habido otros, en la Historia de la Iglesia (p. 192) dictados por Concilios, Papas o Santos. Entre ellos he descubierto uno que, ignorante, desconocía, y cuya lectura me ha parecido muy hermosa: el Credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI (1968).
Acabada la sección 1ª de la 1ª parte, en la que se nos ha enseñado cómo Dios se dirige el hombre (Revelación) y cómo el hombre responde a Dios (fe), empieza la gigantesca sección 2ª, casi mil párrafos, donde se nos va a explicar el Credo.
Antes hay una breve introducción sobre los Credos o Símbolos de Fe o Profesiones de Fe, es decir, las listas de verdades esenciales que el cristiano ha de creer si quiere ser parte de la Iglesia. Hay dos muy importantes, el Símbolo de los Apóstoles (p. 194) y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano (p. 195), que son el Credo que diecisiete siglos después seguimos utilizando en la Misa. Junto a estos Credos tan importantes, el Catecismo explica que ha habido otros, en la Historia de la Iglesia (p. 192) dictados por Concilios, Papas o Santos. Entre ellos he descubierto uno que, ignorante, desconocía, y cuya lectura me ha parecido muy hermosa: el Credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI (1968).
lunes, 1 de diciembre de 2008
Catecismo (5): fe
Parte 1, sección 1, capítulo 3, artículos 1 y 2, párrafos 142 a 184.
Si hasta ahora el Catecismo ha hablado de Dios que se revela al hombre, ahora concluye esta Sección con el hombre que responde a Dios mediante la fe. Hay fe cuando “el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios; con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que se revela” (p. 143). Copia el Catecismo a Santo Tomás de Aquino: “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (p. 155).
Así, interviene la gracia de Dios porque la fe no es un logro del hombre, sino “un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él” (p. 153). Interviene la inteligencia pues “el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (p. 156); el creyente (o el que aspira a serlo) intenta comprender, lo mejor posible, con su inteligencia lo que Dios ha revelado (p. 157), y para ello Dios ha dado diversas pruebas e indicios útiles a la inteligencia (p. 155). Interviene, en fin, la voluntad, pues la fe ha de ser libre, nunca impuesta, igual que Jesús invitó, sin coaccionar (p. 160).
La fe, bien entendida, no se opone ni a la razón ni a la ciencia, si éstas son honestas (p. 159); la fe no degrada ni nuestra inteligencia ni nuestra voluntad, y ahí el Catecismo pone una comparación simpática con el matrimonio, en que uno se cree lo que le dice el otro, se fía de él y presta su consentimiento a la “comunión mutua” (p. 154); la fe es al mimo tiempo una adhesión a Dios y a su Palabra (p. 150) y al mismo Jesús (p. 151, que cita a Jn, 14.1: “Creéis en Dios, creed también en mí”).
En fin, pese a ser un acto personalísimo, la fe no se vive solo, sino en comunidad, en la Iglesia: “nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo” (p. 166); “yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros” (p. 166). El Catecismo añade una observación muy precisa de un tal Fausto de Riez: “Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuera el autor de nuestra salvación” (p. 169).
...........
Estos dos artículos del Catecismo nos llevan a un tema delicado, doloroso, como es el de las personas que no tienen fe a su pesar. En la definición de Santo Tomás y en la explicación del Catecismo queda claro que la fe es voluntaria, y por ello tiene un componente moral, pero exige previamente que uno vea, aunque sea con dificultad. ¿Qué pasa con la gente que no tiene fe, o que la pierde, pese a su buena intención? Uno de los párrafos a los que remiten estos dos artículos del Catecismo, el p. 2088, hace una distinción importante: duda voluntaria de fe, que atentaría contra el primer Mandamiento y sería censurable, y duda involuntaria, de fe, algo doloroso por lo que el Catecismo muestra su comprensión: “la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta”.
Hace no mucho leí en el periódico una entrevista con un actor español muy viejo: a su avanzada edad, quizá ya cerca de la muerte, lamentaba no tener fe, no poder tenerla, y hablaba con envidia de los que la tenían. Esto me impresionó, por el contraste con lo habitual, cuando se entrevista a actores, políticos, escritores, y se enorgullecen de no creer en Dios como quien se ha liberado de una superstición o de la creencia en las brujas.
Si hasta ahora el Catecismo ha hablado de Dios que se revela al hombre, ahora concluye esta Sección con el hombre que responde a Dios mediante la fe. Hay fe cuando “el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios; con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que se revela” (p. 143). Copia el Catecismo a Santo Tomás de Aquino: “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (p. 155).
Así, interviene la gracia de Dios porque la fe no es un logro del hombre, sino “un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él” (p. 153). Interviene la inteligencia pues “el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu” (p. 156); el creyente (o el que aspira a serlo) intenta comprender, lo mejor posible, con su inteligencia lo que Dios ha revelado (p. 157), y para ello Dios ha dado diversas pruebas e indicios útiles a la inteligencia (p. 155). Interviene, en fin, la voluntad, pues la fe ha de ser libre, nunca impuesta, igual que Jesús invitó, sin coaccionar (p. 160).
La fe, bien entendida, no se opone ni a la razón ni a la ciencia, si éstas son honestas (p. 159); la fe no degrada ni nuestra inteligencia ni nuestra voluntad, y ahí el Catecismo pone una comparación simpática con el matrimonio, en que uno se cree lo que le dice el otro, se fía de él y presta su consentimiento a la “comunión mutua” (p. 154); la fe es al mimo tiempo una adhesión a Dios y a su Palabra (p. 150) y al mismo Jesús (p. 151, que cita a Jn, 14.1: “Creéis en Dios, creed también en mí”).
En fin, pese a ser un acto personalísimo, la fe no se vive solo, sino en comunidad, en la Iglesia: “nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo” (p. 166); “yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros” (p. 166). El Catecismo añade una observación muy precisa de un tal Fausto de Riez: “Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuera el autor de nuestra salvación” (p. 169).
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Estos dos artículos del Catecismo nos llevan a un tema delicado, doloroso, como es el de las personas que no tienen fe a su pesar. En la definición de Santo Tomás y en la explicación del Catecismo queda claro que la fe es voluntaria, y por ello tiene un componente moral, pero exige previamente que uno vea, aunque sea con dificultad. ¿Qué pasa con la gente que no tiene fe, o que la pierde, pese a su buena intención? Uno de los párrafos a los que remiten estos dos artículos del Catecismo, el p. 2088, hace una distinción importante: duda voluntaria de fe, que atentaría contra el primer Mandamiento y sería censurable, y duda involuntaria, de fe, algo doloroso por lo que el Catecismo muestra su comprensión: “la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta”.
Hace no mucho leí en el periódico una entrevista con un actor español muy viejo: a su avanzada edad, quizá ya cerca de la muerte, lamentaba no tener fe, no poder tenerla, y hablaba con envidia de los que la tenían. Esto me impresionó, por el contraste con lo habitual, cuando se entrevista a actores, políticos, escritores, y se enorgullecen de no creer en Dios como quien se ha liberado de una superstición o de la creencia en las brujas.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Catecismo (4): Sagrada Escritura
Parte 1, sección 1, capítulo 2, artículo 3, párrafos 100 a 141.
Decíamos ayer ...
Este artículo del Catecismo empieza con una declaración de San Pablo: “al oír la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es, y que obra eficazmente en vosotros, que creéis” (1 Tesalonicenses 2, 13). Así es, según el Catecismo: la Sagrada Escritura no es sólo “palabra de hombres”, sino que realmente es la Palabra de Dios (párrafo 104). “Dios es el autor de la Sagrada Escritura”, el Espíritu Santo la inspiró (que no dictó) (párrafo 105) a través de los hombres concretos que fueron sus autores (párrafo 106). Esta definición de Palabra de Dios, esta inspiración, se aplica tanto al Antiguo Testamento (párrafos 121 y 123) (pese a que algunos de sus elementos sean “imperfectos y pasajeros” (párrafo 122)) como al Nuevo Testamento (párrafo 124). La consecuencia de ello es que la Sagrada Escritura es la verdad (párrafo 107), en la que podemos apoyarnos para construir nuestra vida y buscar nuestra salvación.
Dicho esto, el Catecismo aclara que el cristianismo no es una “religión del Libro” (párrafo 108), que nos lleve a aplicar literalmente todo lo que dice, hasta la última coma, como les pasa a las sectas fundamentalistas, sino una realidad viva, inspirada por el Espíritu Santo (párrafo 108). Hay que tener muy en cuenta el sentido literal de las Escrituras, por supuesto (párrafo 116), pero no sólo eso, sino también el espiritual (párrafo 117), comprendiendo las circunstancia históricas en que se escribieron (párrafo 110). Por todo ello, el Concilio Vaticano II propuso tres criterios de interpretación: la unidad interna de todas las Escrituras, no viendo párrafo a párrafo (párrafo 112), la Tradición de la Iglesia (párrafo 113) y la cohesión interna de todas las verdades de fe (párrafo 114).
A la verdad espiritual de todas las Sagradas Escrituras se añade, en el Nuevo Testamento, y muy especialmente en los cuatro Evangelios, la verdad histórica: no son una alegoría ni un recreación de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús (párrafo 126.1), sino una narración real de lo que “hizo y enseñó realmente” (párrafo 126.1), y lo mismo se puede decir de la vida de la primera Iglesia.
En fin, una idea preciosa: por ser las Escrituras Palabra de Dios, “la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo” (párrafo 103).
...
El Cardenal Van Thuan, en el capítulo 7 de Testigos de esperanza, explica cómo fue aislado en la prisión comunista durante varios años, cómo le quitaron su Evangelio, cómo en trocitos de papel fue escribiendo 300 párrafos de la Sagrada Escritura de los que se acordaba, para leerlos de continuo. “Observa una sola regla, el Evangelio. Esta constitución es superior a todas la demás, es la regla que Jesús dejó a sus apóstoles. No es difícil, complicada o legalista como las demás; al contrario, es dinámica, suave y estimulante para tu alma”. Poco antes había escrito: “la autentica escucha de la Palabra se traduce en obediencia, en hacer lo que exige. Hay que dejarse trabajar por la Palabra hasta el punto de que llegue a informar toda la vida cristiana”.
Decíamos ayer ...
Este artículo del Catecismo empieza con una declaración de San Pablo: “al oír la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es, y que obra eficazmente en vosotros, que creéis” (1 Tesalonicenses 2, 13). Así es, según el Catecismo: la Sagrada Escritura no es sólo “palabra de hombres”, sino que realmente es la Palabra de Dios (párrafo 104). “Dios es el autor de la Sagrada Escritura”, el Espíritu Santo la inspiró (que no dictó) (párrafo 105) a través de los hombres concretos que fueron sus autores (párrafo 106). Esta definición de Palabra de Dios, esta inspiración, se aplica tanto al Antiguo Testamento (párrafos 121 y 123) (pese a que algunos de sus elementos sean “imperfectos y pasajeros” (párrafo 122)) como al Nuevo Testamento (párrafo 124). La consecuencia de ello es que la Sagrada Escritura es la verdad (párrafo 107), en la que podemos apoyarnos para construir nuestra vida y buscar nuestra salvación.
Dicho esto, el Catecismo aclara que el cristianismo no es una “religión del Libro” (párrafo 108), que nos lleve a aplicar literalmente todo lo que dice, hasta la última coma, como les pasa a las sectas fundamentalistas, sino una realidad viva, inspirada por el Espíritu Santo (párrafo 108). Hay que tener muy en cuenta el sentido literal de las Escrituras, por supuesto (párrafo 116), pero no sólo eso, sino también el espiritual (párrafo 117), comprendiendo las circunstancia históricas en que se escribieron (párrafo 110). Por todo ello, el Concilio Vaticano II propuso tres criterios de interpretación: la unidad interna de todas las Escrituras, no viendo párrafo a párrafo (párrafo 112), la Tradición de la Iglesia (párrafo 113) y la cohesión interna de todas las verdades de fe (párrafo 114).
A la verdad espiritual de todas las Sagradas Escrituras se añade, en el Nuevo Testamento, y muy especialmente en los cuatro Evangelios, la verdad histórica: no son una alegoría ni un recreación de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús (párrafo 126.1), sino una narración real de lo que “hizo y enseñó realmente” (párrafo 126.1), y lo mismo se puede decir de la vida de la primera Iglesia.
En fin, una idea preciosa: por ser las Escrituras Palabra de Dios, “la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo” (párrafo 103).
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El Cardenal Van Thuan, en el capítulo 7 de Testigos de esperanza, explica cómo fue aislado en la prisión comunista durante varios años, cómo le quitaron su Evangelio, cómo en trocitos de papel fue escribiendo 300 párrafos de la Sagrada Escritura de los que se acordaba, para leerlos de continuo. “Observa una sola regla, el Evangelio. Esta constitución es superior a todas la demás, es la regla que Jesús dejó a sus apóstoles. No es difícil, complicada o legalista como las demás; al contrario, es dinámica, suave y estimulante para tu alma”. Poco antes había escrito: “la autentica escucha de la Palabra se traduce en obediencia, en hacer lo que exige. Hay que dejarse trabajar por la Palabra hasta el punto de que llegue a informar toda la vida cristiana”.
martes, 21 de octubre de 2008
Catecismo (3): Tradición y Magisterio
Parte 1, sección 1, capítulo 2, artículo 2 párrafos 74 a 100.
Quedábamos en el artículo anterior ante la duda de si bastaba o no el Evangelio, como dijo Lutero. Este nuevo artículo, el 2, responde: no, también son necesarios la Tradición y el Magisterio.
La Tradición es la transmisión viva de la predicación apostólica, distinta de la escrita del Evangelio, que hace la Iglesia desde su fundación por Jesús (párrafos 78 y 81): Dios no dejó de hablar a la Iglesia tras la redacción del Evangelio, sino que lo sigue haciendo siempre, hasta el fin de los tiempos (párrafo 79), y la Iglesia proclama esa Tradición "con su enseñanza, su vida y su culto" (párrafo 78). La Tradición, pues, es distinta del Evangelio, pero muy vinculada a él (párrafo 78). Esta unión queda reflejada por una frase muy bella de San Hilario de Poitiers (párrafo 113):
"La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos."
Que desde el primer momento existió la Tradición es demostrado por el Catecismo (párrafo 83) con un argumento contundente: "la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva", al recoger lo que hasta ese momento eran enseñanzas orales.
La suma del Evangelio y de la Tradición es llamada "depósito de la fe", y el párrafo 84 cita dos frases de San Pablo (1 Timoteo 6,20 y 2 Timoteo 1,12-14) en las que el Apóstol anima a ser cuidadosos con ese "depósito".
Además de la Tradición, la Iglesia tiene el Magisterio, "oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita", según el párrafo 85. Los párrafos 888 a 892 concretarán, en su momento, en qué consiste esta función del Magisterio.
Conclusión tajante del párrafo 95: "La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas". ¿No basta, pues, sólo con el Evangelio? No: todos sabemos los errores a los que puede llevar la sola Scriptura, sin el amparo de la Tradición y el Magisterio.
Quedábamos en el artículo anterior ante la duda de si bastaba o no el Evangelio, como dijo Lutero. Este nuevo artículo, el 2, responde: no, también son necesarios la Tradición y el Magisterio.
La Tradición es la transmisión viva de la predicación apostólica, distinta de la escrita del Evangelio, que hace la Iglesia desde su fundación por Jesús (párrafos 78 y 81): Dios no dejó de hablar a la Iglesia tras la redacción del Evangelio, sino que lo sigue haciendo siempre, hasta el fin de los tiempos (párrafo 79), y la Iglesia proclama esa Tradición "con su enseñanza, su vida y su culto" (párrafo 78). La Tradición, pues, es distinta del Evangelio, pero muy vinculada a él (párrafo 78). Esta unión queda reflejada por una frase muy bella de San Hilario de Poitiers (párrafo 113):
"La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos."
Que desde el primer momento existió la Tradición es demostrado por el Catecismo (párrafo 83) con un argumento contundente: "la primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito, y el Nuevo Testamento mismo atestigua el proceso de la Tradición viva", al recoger lo que hasta ese momento eran enseñanzas orales.
La suma del Evangelio y de la Tradición es llamada "depósito de la fe", y el párrafo 84 cita dos frases de San Pablo (1 Timoteo 6,20 y 2 Timoteo 1,12-14) en las que el Apóstol anima a ser cuidadosos con ese "depósito".
Además de la Tradición, la Iglesia tiene el Magisterio, "oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita", según el párrafo 85. Los párrafos 888 a 892 concretarán, en su momento, en qué consiste esta función del Magisterio.
Conclusión tajante del párrafo 95: "La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas". ¿No basta, pues, sólo con el Evangelio? No: todos sabemos los errores a los que puede llevar la sola Scriptura, sin el amparo de la Tradición y el Magisterio.
viernes, 10 de octubre de 2008
Catecismo (2): Revelación
Parte 1, sección 1, capítulo 2, artículo 1, párrafos 50 a 73.
Tras explicar en el capítulo anterior que el hombre tiende a Dios, en éste se desarrolla que Dios se revela al hombre a través de los siglos. Lo hace libremente (párrafo 50), para que los hombre puedan "responderle, conocerle y amarle" más allá de lo que les permitiría su sola razón (párrafo 52). El párrafo 53 cita una frase muy bella de San Ireneo de Lyon: a través de los siglos, según se va revelando, Dios se acostumbra al hombre y el hombre se acostumbra a Dios, como en un noviazgo, añado yo.
En los párrafos 54 a 65 se resumen las etapas de esta Revelación, comenzando por Adán y Eva, terminando por Jesús. Al hablar del fin de la Revelación en Cristo, el Catecismo usa una frase excelente en el párrafo 66, que da paso al capítulo siguiente: "aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada", y ahí es donde entra en juego la Iglesia: se trata de estudiar la alegación de Lutero (sin citarle), relativa a que si la Revelación, el Evangelio, son suficientes, qué derecho tiene la Iglesia a seguir inventando normas y doctrinas.
...........
No se puede pensar en la Revelación sin pensar en la Iglesia.
Intento ver la Revelación desde los ojos de un deísta, de alguien que cree firmemente en la existencia de Dios (o del Ser Supremo) pero al que le parece absurdo pensar que Él se ha revelado durante siglos a los hombres, y ha dictado cientos de páginas de los libros sagrados de las religiones, en concreto del Evangelio. Desde el punto de vista de ese deísta, ¿qué se pierde antes? ¿Deja de creer en la Revelación porque deja de creer en la Iglesia o deja de creer en la Iglesia porque deja de creer en la Revelación? Probablemente, lo primero: se cree (o se deja de creer) en la Iglesia, después se cree (o se deja de creer) en la Revelación, en el Evangelio.
Que éste es el orden (1º Iglesia, 2º Evangelio) se ve en dos ideas:
1º Hay gente que cree en la Iglesia sin dar el segundo paso, sin conocer bien el Evangelio, pues no lo leen; conocen bien los mandamientos de la Iglesia pero no el Evangelio.
2ºHay gente culta, deístas, agnósticos, que conocen bien el Evangelio, pieza fundamental de nuestra cultura occidental, sin que ello le lleve a creer que eso es la Palabra de Dios. Les parecerá que sus autores, los hombres que los escribieron, eran hombres inteligentes de buenas intenciones, pero nunca creerán que Dios ha inspirado esas páginas.
...
La lectura de la institución de la Eucaristía puede conmover a cualquier persona sensible, pero por mucho que lo lea, quizá no llegue a creer en la presencia real de Cristo.
El que se acerca a la vida de una parroquia o de una familia católica puede acabar convirtiéndose por su buen ejemplo y creer, entre otras muchas cosas, en la Comunión, que empezará a recibir con devoción, aunque a lo mejor no sepa leer y no conozca bien el pasaje del Evangelio.
Así que creo que el orden es: creer en la Iglesia, creer en la verdad de la Revelación en el Evangelio.
(Salvando siempre, claro, la inspiración directa que el Espíritu Santo pueda hacer en el corazón del que no cree, de la forma que le parezca más oportuna, sin límites)
Tras explicar en el capítulo anterior que el hombre tiende a Dios, en éste se desarrolla que Dios se revela al hombre a través de los siglos. Lo hace libremente (párrafo 50), para que los hombre puedan "responderle, conocerle y amarle" más allá de lo que les permitiría su sola razón (párrafo 52). El párrafo 53 cita una frase muy bella de San Ireneo de Lyon: a través de los siglos, según se va revelando, Dios se acostumbra al hombre y el hombre se acostumbra a Dios, como en un noviazgo, añado yo.
En los párrafos 54 a 65 se resumen las etapas de esta Revelación, comenzando por Adán y Eva, terminando por Jesús. Al hablar del fin de la Revelación en Cristo, el Catecismo usa una frase excelente en el párrafo 66, que da paso al capítulo siguiente: "aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada", y ahí es donde entra en juego la Iglesia: se trata de estudiar la alegación de Lutero (sin citarle), relativa a que si la Revelación, el Evangelio, son suficientes, qué derecho tiene la Iglesia a seguir inventando normas y doctrinas.
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No se puede pensar en la Revelación sin pensar en la Iglesia.
Intento ver la Revelación desde los ojos de un deísta, de alguien que cree firmemente en la existencia de Dios (o del Ser Supremo) pero al que le parece absurdo pensar que Él se ha revelado durante siglos a los hombres, y ha dictado cientos de páginas de los libros sagrados de las religiones, en concreto del Evangelio. Desde el punto de vista de ese deísta, ¿qué se pierde antes? ¿Deja de creer en la Revelación porque deja de creer en la Iglesia o deja de creer en la Iglesia porque deja de creer en la Revelación? Probablemente, lo primero: se cree (o se deja de creer) en la Iglesia, después se cree (o se deja de creer) en la Revelación, en el Evangelio.
Que éste es el orden (1º Iglesia, 2º Evangelio) se ve en dos ideas:
1º Hay gente que cree en la Iglesia sin dar el segundo paso, sin conocer bien el Evangelio, pues no lo leen; conocen bien los mandamientos de la Iglesia pero no el Evangelio.
2ºHay gente culta, deístas, agnósticos, que conocen bien el Evangelio, pieza fundamental de nuestra cultura occidental, sin que ello le lleve a creer que eso es la Palabra de Dios. Les parecerá que sus autores, los hombres que los escribieron, eran hombres inteligentes de buenas intenciones, pero nunca creerán que Dios ha inspirado esas páginas.
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La lectura de la institución de la Eucaristía puede conmover a cualquier persona sensible, pero por mucho que lo lea, quizá no llegue a creer en la presencia real de Cristo.
El que se acerca a la vida de una parroquia o de una familia católica puede acabar convirtiéndose por su buen ejemplo y creer, entre otras muchas cosas, en la Comunión, que empezará a recibir con devoción, aunque a lo mejor no sepa leer y no conozca bien el pasaje del Evangelio.
Así que creo que el orden es: creer en la Iglesia, creer en la verdad de la Revelación en el Evangelio.
(Salvando siempre, claro, la inspiración directa que el Espíritu Santo pueda hacer en el corazón del que no cree, de la forma que le parezca más oportuna, sin límites)
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