Voy a una corrida de toros o, para ser exacto, a una novillada, con toros de poca edad y pocos kilos. Torean tres toreros jovencísimos, menores de 18 años, con mucha ilusión, con ganas de aprovechar esta oportunidad única: es posible que cuando sean toreros adultos no vuelvan a ser llamados a Madrid hasta que lleven muchos años de toreo.
El 2º torero, Gonzalo Caballero, es cogido por el toro 2º de la tarde, quien por dos veces le agarra con los cuernos, lo tira por el aire, lo patea. La segunda cogida es tan grave que la cuadrilla (sus ayudantes) lo agarran entre todos para llevarlo a la enfermería. Él se libra de ellos y, con molestias, vuelve a rematar la faena. El toro muere vomitando sangre y, al desplomarse, inunda las medias y las zapatillas del joven.
El 3º torero, César Valencia, es venezolano, hay mucha gente de su país animándole, con banderas. Es un chico muy valiente (una vez recibe al toro de espaldas, qué locura) y fino en sus movimientos. En el toro 6º el Presidente de la plaza está un poco demagógico y cede a la petición del público: le da la oreja del toro muerto, pese a que ha cometido varios errores (perder la muleta, estar demasiado tiempo, no conseguir matar a la primera).
(Y es que ya lo expliqué en un post muy bueno: las corridas de toros permiten la libertad de expresión, todo el mundo puede gritar lo que quiera, pero no son democráticas, el Presidente quita y da premios como le parece, diga lo que diga el público).
Después de morir cada uno de los 6 toros el torero dio la vuelta al ruedo. La gente les tira cosas (un abanico, una chaqueta, un rosario) que el maestro toca y vuelve a tirar al dueño (¡o a la dueña!). Pasa a ser una reliquia para guardar con mucha devoción.
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