Escribo en el blog con santa libertad, porque ningún conocido mío conoce su existencia. A veces, cuando cuento algo de alguien, o algún viaje o alguna reflexión en la que ha participado algún amigo, algún familiar, algún compañero de trabajo, me pregunto: “¿Qué pasaría si esta persona leyera algún día este post?”
Doy un paso al frente y me imagino un cuento, en que un Blogger lleva un blog en que escribe con santa libertad, pues ningún conocido suyo conoce su existencia. Un buen día, un Amigo del Blogger descubre casualmente el blog, quizá buscando alguna palabra en el Google. Aunque no figura el nombre del Blogger, este post le resulta familiar (el mismo viaje que ambos hicieron juntos), el otro también (la discusión que tuvieron sobre tal libro), y el de más allá (la duda que el Blogger tuvo sobre qué coche comprar, que planteó al Amigo y también a los amigos lectores del blog): comprende que el dueño del blog es sus amigo, el Blogger. Se pone a leer todos los posts, del primero al último, y descubre una faceta desconocida del Blogger, que siempre ha escrito con santa libertad, que siempre ha mostrado su auténtico yo: aquella película que vieron juntos y que el Blogger dijo que le había gustado pero realmente no le había gustado; aquel viaje que el Blogger dijo que había sido muy interesante pero que realmente le había defraudado; aquella opinión que el Amigo le dijo y que el Blogger le alabó, pero que luego comentó en el blog diciendo “Un amigo mío me ha dicho la siguiente tontería ...”. Y, sí, el Amigo ve pronto que ese “Un amigo mío” que es él sale en muchos posts.
Desde ese día, el Amigo se hace adicto al blog del Blogger. Quiere saber lo que realmente opina el Blogger sobre las pelis, las charlas, los viajes, las comidas que ambos comparten. No sólo eso: empieza a vivir las experiencias con el Blogger como un espejismo, como si lo realmente importante fuera lo que va a decir el blog al día siguiente: “¿Qué dirá mañana el blog sobre esta montaña que estamos subiendo? Ojalá ya estuviéramos arriba, ojalá ya bajáramos, ojalá ya fuera mañana para ver cómo lo cuenta”.
Un día, el Amigo, en su locura, da un paso más, y empieza a entrar como comentarista en el blog del Blogger. Se inventa un nombre, Comentarista, con el que siempre entra. Y así, si el Blogger cuenta: “Un amigo mío tuvo ayer un arranque de ira incomprensible con un viejo”, Comentarista comenta “Hay que comprender a ese amigo tuyo, quizá su abuelo le pegaba de pequeño y odia a los viejos”, cosa que -efectivamente- le ocurrió al Amigo. O bien, el Blogger cuenta “Un amigo mío me invitó ayer a cenar a su casa y dejó quemar el pollo”, a lo que Comentarista, o el Amigo, ya no sé, dice “Hay que comprenderle, quizá alguien le llamó durante la preparación”, que es lo que realmente ocurrió.
Semanas antes de caer en la locura total, el Comentarista abre su propio blog, Elblogdelcomentarista, y empieza a contar las experiencias comunes desde otro punto de vista, y el Blogger entra en Elblogdelcomentarista y descubre que Comentarista realmente es el Amigo, que descubrió hace tiempo su blog, el blog del Blogger, y desde ese día empieza a autocensurarse, a poner muy bien siempre al Amigo, ya no le critica por quemar el pollo, y él también empieza a comentar en Elblogdelcomentarista como Bloggerman, y el Amigo, quiero decir, Comentarista, no se da cuenta de que Bloggerman es el Blogger, y van al cine, y el Amigo piensa “¿Qué comentará mañana el blog del Blogger sobre la peli, que pondrá Comentarista en el suyo?”, y el Blogger piensa “¿Qué responderá mañana Bloggerman cuando Comentarista comente esta peli en Elblogdelcomentarista?”, y .....................................
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viernes, 11 de julio de 2008
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