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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Por mi barrio

Anuncio en un bar: "Horario de nochevuena y nochebieja".

Placa que venden en una tienda de antigüedades: "Las bodas celebradas por el capitán del navío sólo tienen validez durante la travesía".

Belén monumental en el escaparate de una tienda. Lo mejor, un pastorcillo que mea, con eso al aire, con un chorro que de verdad cae al río.

Como hace un año, en un balcón pequeñito, un muñeco de nieve gigantesco, de plástico hinchable. Iré a verlo todas las tardes, el año pasado se desinfló pronto y quedó ahí durante días, doblado sobre la barandilla, como triste símbolo de este tiempo pasajero.

En otro bar han adornado el escaparate con la portada del periódico del día en que Obama ganó las elecciones. ¿Son norteamericanos venidos a mi barrio? Curioso, entro a tomar un café. Sobre la caja registradora, otra foto de Obama, muy sonriente. Los que atienden no parecen de Wisconsin, son españoles de toda la vida. ¿Cuánto tiempo les durará la ilusión? ¿Qué decisión del nuevo presidente les llevará a arrancar las dos fotos?

sábado, 22 de noviembre de 2008

Agonía del semáforo

"Sostengo la tesis (falsa) de que si uno anda suficiente rato por Madrid acaba viendo siempre algo extraordinario".

En Atocha un autobús empuja a un coche, que se empotra contra un semáforo, que cae al suelo, sin rozar a ninguno de los que esperábamos para cruzar.

Lo más terrible fue que, una vez en el suelo, siguió funcionando: se encendió el disco rojo, apareció el señor verde que permite cruzar; así lo hizo algún peatón.

Me pareció como un señor altísimo, al que hubieran atropellado, y que en sus últimos momentos siguiera hablando, cambiando de opinión.

Me dieron ganas de ponerle el periódico que llevaba debajo de la parte alta, donde están los tres discos, para que no muriese con la cabeza apoyada en la acera.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Cementerio

Visito a mis difuntos y evito el barullo de Todos los Santos. Viven en un cementerio de pueblo, silencioso, tranquilo. Tras las tapias, a lo lejos, no se ven las casas, se ven allá a lo lejos los montes y el cielo azul y la copa de los árboles.

Al lado de las lápidas de mis difuntos hay otras en las que los familiares han mantenido la vieja costumbre española de poner fotos del muerto. Esto es siniestro o bonito, según tenga uno el día. Cuando estoy hablando con mis difuntos, cada uno en un extremo del pequeño cementerio, sus vecinos de nicho me miran, muy fijamente, y a mí se me ocurre una reflexión como de Borges. ¿Conocerían en vida mis difuntos a estos sus vecinos definitivos? A lo mejor sí, a lo mejor iban juntos a las reuniones de viejos de la parroquía, o al médico, o al parque. A lo mejor hablaron mucho en vida, a lo mejor fueron amigos, a lo mejor se pelearon, sin adivinar que años después iban a estar juntos para siempre, pared con pared de nicho. Como se ve, uno se distrae con poco, cuando está hablando con sus difuntos.

Cerca de uno de ellos hay un nicho un poco triste. Allí enterraron a una niña sudamericana, india, de menos de dos años de edad. "Creí que a esa edad ya no se moría nadie en España", dirá un frívolo. Pues sí. Lo que ocurre es que para la familia es como si la niña siguiera viva. Deben ser pobres, porque no cambiaron la tapa de plástico por una lápida de mármol, como hacemos todos los demás. En esa tapa provisional de plástico, que para ella es para siempre, pegaron una foto de la niña. Pegaron la foto, y al lado van pegando y quitando cosas: una flor seca, un muñecote, una piruleta, una guirnalda (en Navidad), una carta de otro niño. Parece un chiste, ya lo sé, como de realismo mágico, pero es que es así. La cosa tiene más mérito porque el nicho está altísimo, deben de usar una escalera de los sepultureros.

El otro difunto que me impresiona es un chico, también con foto, que murió con 32 años. Te mira muy serio, algo triste. Este chico me hace pensar mucho, cómo no, en mi propia muerte. "Si yo hubiera muerto con 32 años ...". Como el tiempo no pasa para los muertos, la reflexión es cada vez más lejana. "Si yo hubiera muerto con 32 años, ya llevaría 6 años muerto, y nada habría cambiado en el mundo", me decía al inicio. Luego fueron 7 años muerto, 8 años muerto, 9 años muerto, ...

El otro día, cuando estuve en el cementerio para evitar el barullo de Todos los Santos, me dije: "Si yo hubiera muerto con 32 años, llevaría ya 11 años muerto, y nunca habría puesto en marcha mi blog". De verdad que pensé esto, fíjate qué frívolo.

Hacía una tarde de sol, no como la de hoy.

domingo, 19 de octubre de 2008

En la carnicería

(Días de no poder leer el periódico ni leer la radio: la orden del Juez Garzón de abrir las fosas de muertos republicanos, en la Guerra Civil, provoca en mí una naúsea, un asco físico, similar al que tienes cuando tomas leche en mal estado)

...

Voy a la carnicería, el sábado por la mañana: hay muchas clientas y sólo dos carniceros atendiendo.

En mi carnicería no se pide número, sino vez. "¿Quién da la vez?", pregunto al llegar. Un gentleman mayor (al que llamaremos cliente 42º), que parece estar con su esposa, se vuelve y amable me dice "Yo". Así que es como si yo fuese el cliente 43º. Al rato entra una chica, bajita y pelirroja: "¿Quién da la vez?" "Yo", le digo: pasa a ser la clienta 44ª. Es éste un buen sistema. Por mucha gente que haya, por mucha gente que entre, por mucha gente que se mezcle con los clientes de la pollería o de los fiambres, uno sólo tiene que atender una cosa: al cliente que le ha dado a uno la vez. Lo demás da todo igual.

Hay que tener cuidado con esto: no sólo por uno mismo, sino por los que vienen detrás de uno. Si uno es el cliente 43º, de que uno esté atento depende la suerte no sólo de uno mismo, sino tambien del cliente 44º, 45º, 46º, ... Si uno no está atento y cuándo el carnicero (el A o el B, tanto da) pregunta "¿Quién va ahora?" y uno no dice que él y lo dice, en plan avispado, el cliente 51º, tras el cliente 51º vendrá el 52º, y tras el 52º el 53º, y así sucesivamente, y uno mismo y los que vienen detrás de uno (es decir, del 43º al 50º) estarán horas esperando, a ver cúando les toca.

(Durante la espera se me ocurre que esto es equiparable a los católicos de cada generación, en cada país: si consienten que se cuelen los otros, el perjuicio viene no sólo para uno, sino para todas las generaciones de católicos futuros que vienen detrás de uno, que a lo mejor están esperando horas a que les toque su turno, mientras ven ir pasando a los otros)

Cuando por fin me toca, me ocurre lo peor de lo peor que le puede pasar a un hombre de orden como soy yo. Están atendiendo, por fin, a la esposa del cliente 42º, así que cuando el carnicero B dice "¿Quién va ahora?" yo grito "Yo". Me empieza a atender, muy amable. Al poco, el carnicero A acaba y dice "¿Quién va ahora?", y la clienta 44ª, la pelirroja, dice con entusiasmo "Yo". Entonces, el gentleman, el cliente 42º, se vuelve y con mucha corrección y amabilidad le dice "Perdone, estaba yo antes".

Le miro asombrado, y descubro, con horror, que la señora que estaba a su lado todo el rato no era su esposa, sino la clienta 41ª, que no tenía nada que ver con él, pese a estar todo el rato a su lado. Oh, horror de los horrores, pues me he colado, sin querer. Cuando acaba mi pedido, me acerco a él, humilde, y le pide disculpas; él dice "No tiene importancia", y realmente parece que no tiene importancia para él, yo insisto en humillarme pero él reitera que no me preocupe, que no tiene importancia.

Salgo de la carnicería con un sabor amargo.

...

(En la frutería todo vuelve a ser de color de rosa. El dependiente es un castizo, que a las señoras mayores les llama guapas y a las de mediana edad las llama niñas. A mí me llama joven, cosa que nadie me llamaba desde hace 13 años. Me trata, efectivamente, como si yo siguiera siendo joven. Salgo de la frutería tan contento, reconciliado con la vida).

miércoles, 15 de octubre de 2008

… y dos más

Aquí tenéis dos estupendos enlaces para conocer Madrid, que es mi ciudad. Incluso aunque no os interese mucho el tema, os recomiendo leer los dos artículos y ver los dos reportajes de fotos que colgó Julián, porque todo ello me ha parecido excelente.

Éste es el hotel Nacional, donde ocurrió la anécdota de la
vieja sudamericana
: está entre el Jardín Botánico y la estación de Atocha.

Ésta es la procesión del Corpus, la fallida procesión del Corpus que os conté: como veis, no sólo no iba a llover, sino que incluso sale el sol.

Ésta es la estación de Atocha, donde ocurrieron parte de los tremendos atentados del 11 de marzo; éste es el Ministerio de Agricultura. Ambos están en la glorieta de Carlos V, muy cerca de mi casa, y yo paso delante de ellos siempre que voy o vengo al centro.

Ésta es la estatua de la Cibeles, símbolo de la ciudad, pese a que es muy fea; a veces he pensado que si mi blog, tan madrileño, tuviera una marca, sería la cabeza de la diosa (o la de uno de los leones).

Ésta es la bola del reloj de la puerta del Sol: en Nochevieja baja al dar las 12, y toda España toma las uvas con su sonido. Antes era más divertido, porque dejaban entrar con botellas y tirarlas al aire tras las campanadas; ahora ya te controla la policía, sólo puedes pasar con vasos de plástico.

Ésta es la entrada a los jardines del templo de Debod, adonde yo iba a jugar de niño. En medio hay un templo egipcio, pequeño pero auténtico; es una lástima que Julián no haya puesto una foto del edificio, sobre todo al anochecer.

Ésta es una de las grandes novedades de la ciudad: una pared cubierta de vegetación, al lado del nuevo Caixa Forum, que va creciendo en vertical, y que de vez en cuando hay que recortar con una grúa, como si a la pared le salieran pelos.

viernes, 3 de octubre de 2008

¡Toros!

Tarde de toros en Las Ventas: es tan grande la afición a “la Fiesta”, como se dice en España, que han tenido que inventarse una Feria de Otoño, antes de que acabe la temporada.

Los toros son, en España, una democracia imperfecta. El público (“el respetable”) opina todo el rato, y más aún el público de Madrid, que es muy exigente. Puede parecer que la faena va bien, en cada una de sus fases, pero el público rápido empieza a opinar, vía gritos, vía palmas, vía pitos: esto va demasiado deprisa, esto va demasiado lento, están picando al toro en exceso, le están dejando demasiado vivo. Esto es democracia. Pero es imperfecta, porque al final el que manda es el Presidente de la corrida, en su palco, con sus gafas negras. Tiene un gran pañuelo blanco que de vez en cuando, descuidadamente, deja caer sobre la barandilla. Frente a él, al otro lado de la plaza, hay un tambor y varios timbales, que según ven el pañuelo dan un redoble: hay que acabar con una fase y pasar a la siguiente, o lo que sea. De ahí viene un dicho español que significa que tienes tu última oportunidad: “le dieron el tercer toque”, si el torero (o quien sea) se está entreteniendo demasiado: el tercer toque le dice que ya vale, que lo deje y remate. Esta democracia imperfecta (el público propone, el Presidente dispone) se usa en el trance más importante, decidir si se premia al torero con una oreja, con dos orejas, con dos orejas y el rabo o con nada.


El toro muere, sin apelación: le toreen bien o mal, el toro muere. Pero en su muerte, inapelable como la de todos nosotros, puede haber grandeza. El toro puede embestir y defenderse, puede dar un gran espectáculo, pese a que todo esté perdido para él, o puede intuir que todo va a dar igual y desentenderse de la faena. Los seis de ayer (en realidad, novillos) eran un poco funcionarios, hicieron lo justo y gracias, pero yo he visto toros con muchísima más dignidad que los toreros que les toreaban. El colmo fue uno tan bravo, tan elegante, tan entregado, que una vez muerto la gente pidió (y el Presidente concedió) que saliera dando la vuelta al ruedo, entre aplausos, honor sólo reservado a los grandes toreros en las grandes tardes.


Casi nunca les pasa nada a los toreros, no hay ningún morbo por parte del público: se va a ver si torea bien o mal, no si le coge el toro o no. Por eso, cuando muy excepcionalmente hay un susto, es susto doble, porque nadie se acuerda de que el toro (500 kilos, o más) puede matar al torero. Ayer ocurrió. El torero del sexto y último toro, un chico casi adolescente, estaba desesperado: el público ya estaba harto, todo le parecía mal, todo lo pitaba, y él estaba perdiendo la gran oportunidad de su vida. Así que empezó a hacer todo tipo de machadas, en plan de mover el capote por detrás suyo, o tocar al toro en los cuernos: necesitaba que la gente pidiera, al final, la oreja. El toro se hartó de tanto juego, y sin previo aviso le pegó un golpe con la cabeza, le tiró al suelo y le pasó por encima. Salvó la vida porque sus banderilleros llegaron corriendo, movieron las capas y se llevaron al toro; si no, éste se habría dado la vuelta, le habría corneado en el suelo y le habría matado. /// Miré a la chica que estaba a mi lado: estaba llorando y su novio la consolaba. Menos mal que era el último toro, si no habrían tenido que irse a mitad de la corrida. Las lágrimas de la chica me conmovieron, me hicieron pensar. Todos los demás tuvimos, quizá, cierta brutalidad, cierta frivolidad: el hecho de que ella se conmoviera porque un chico de 20 años hubiera estado a punto de morirse me llegó al alma, me dejó algo triste (todo esto, en apenas tres minutos).

martes, 30 de septiembre de 2008

Autobuses de Madrid

Basta con ir en el autobús en el lado contrario al que vas siempre (detrás del conductor, al otro lado del conductor) para ver un Madrid que hace mucho que no veías.

Basta con tener que ir un día en los asientos que van en sentido contrario a la marcha del autobús para tener una perspectiva de los edificios y de los coches que nunca habías tenido.

Basta con coger una línea que nunca habías usado para ver un Madrid desconocido, mucho más interesante que si te vas de viaje a Tailandia o a Brasil.

..............

Me gusta tanto ir junto a la ventana, viéndolo todo con mucha atención, olvidado del mundo, que no puedo comprender lo que hace tanta gente en los autobuses de Madrid: sentarse en el asiento junto al pasillo, dejando vacío el asiento junto a la ventana. Prefieren ir solos a ir viendo las calles. Creo que con ello se hacen la ilusión de que van en un taxi, solos. El truco funciona: antes que pedirles paso, la gente prefiere ir a asientos peores, o incluso, oh simplicidad, quedarse de pie.

Me gusta fastidiar a esta gente, pedirles que me dejen pasar. A veces te miran con odio, a veces miran hacia atrás, como diciendo "¿Es qué no hay sitios libres, es que me tiene que robar mi soledad?" A mí me da igual: porque me gusta ir junto a la ventana y porque me gusta castigar su afán de soledad, impropio de un transporte público.

Haber ahorrado más, haber trabajado más, haber pillado un taxi.

.................

No sé porqué, el otro día iba en el autobús tan melancólico, tan débil, que agradecí mucho que una señora se sentara a mi lado. Cuando al rato se quedo libre un asiento de los que van solos, me dio taquicardia: como se levante y se vaya allí, como me deje solo, me pongo a llorar. No sé si ella lo notó, pero lo cierto es que se quedó a mi lado, hasta que al rato fui yo quien la tuve que dejar sola a ella.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

En el otorrino

Desde que estuve en la playa, en agosto, tenía molestias en el oído derecho. Cuando tosía era como si alguien me diera golpecitos ahí, así que al final me he animado a ir al otorrino.

El otorrino tiene su consulta en el barrio más fino de Madrid, el barrio de Salamanca. La sala de espera tiene estucos en el techo, como un palacete, y de uno de ellos sale una lámpara con veinte bombillas; desde la ventana veo a las señoras ricas entrar en las tiendas caras, aunque ninguna sale con bolsas.

El otorrino me recibe serio, y me sienta en una silla como de dentista. Mete por mi oído una especie de punzón, y me enfoca con una lampara potente. ”¡Ah, sí, tiene usted un cuerpo extraño”. ¿Un cuerpo extraño? Hay que ser un médico fino para decir algo así, en vez de “una cosa” o “algo”.

Gira mi cabeza hasta que el oído queda paralelo al suelo y me echa agua oxigenada. Me vuelve a poner normal y me pega una palangana al cuello (no hay problema: tiene un entrante que encaja en mi cuello). Dispara un chorro de agua, nada, dispara otro chorro de agua y suena un ruidillo metálico, como de moneda que cae. “Mire lo que era”, me dice:

Sobre la palangana de plata, en medio del charquito de agua, reposa un minúsculo grano de arena de playa.

..............

¡Quién me diera,
Dios mío,
un otorrino del alma,
que sacara los granitos
que taponan mi alma,
que taponan mi vida,
que taponan mi corazón,
y así poder volver al mar!

martes, 16 de septiembre de 2008

En el suburbio

Voy a un suburbio de Madrid.

En el tren que me lleva se suben dos punkies, él delgadísimo, ella gordísima. En cierto momento, se dirigen a la puerta que da a la pasarela entre los vagones. Van pasando por turno, cada uno está un tiempo dentro mientras el otro vigila (él desafiante, ella riéndose), adivina qué estaban haciendo. Lo asombroso no es esto, sino que ningún viajero les dijimos nada, lo que avala, una vez más, esta idea: que lo horrible de nuestro tiempo no es la maldad de los malos, sino la cobardía de los buenos.

Dos protestantes jóvenes, con sus revistas, me intentan parar. Al rato veo que han logrado ponerse a charlar con un viejo. Como siempre, me parecen admirables e imitables: si de 50 personas paran a 20, y si de esas 20 una acepta sus revistas e ir a su iglesia, su mañana ya habrá valido la pena.

En el aparcamiento público hay muchos autobuses, muchos eslavos y muchas mesitas con productos en venta. Cada autobús tiene un cartel con el nombre de una ciudad polaca; otros están en cirílico, pero la matrícula tiene una banderita que resulta ser la de Ucrania. Los polacos y los ucranianos entregan paquetes y dinero a los conductores, o los reciben tras enseñar un documento. Todos se saludan muy alegres, se abrazan, pero en voz baja, sin pegar los gritos de los españoles.

Un ciego está junto a una gran avenida, con un cartel al aire en el que pone “Taxi”. No soy capaz de ofrecerme a ayudarle, y luego, como siempre, me viene el arrepentimiento. Lo gracioso de este caso es que, hace pocos días, pensé: “¿En qué cosas concretas me pediría Dios que fuera más generoso con los demás?”, y no supe qué responderme.

martes, 2 de septiembre de 2008

La era de la sandía

Acaba la era de la sandía,
empieza la era del higo

(en las fruterías de Madrid)

viernes, 29 de agosto de 2008

Demolición

Sostengo la tesis (falsa) de que si uno anda suficiente rato por Madrid acaba viendo siempre algo extraordinario.

Hoy, en mi última mañana de vacaciones, al ir por mi barrio me he encontrado que estaban demoliendo un pequeño sanatorio psiquiátrico, cerca de casa. Me ha dado pena, aunque el edifico no era gran cosa llevaba viéndolo 14 años. Una inmensa grúa sostenía una bola enorme, que de vez en cuando daba suaves toques a la estructura, llevándose por delante paredes, techos y suelos, poco a poco. Levantaba una enorme polvareda, que al pasar entre las hojas de los árboles y chocar con el fuerte sol de la mañana proyectaba rayos, como los de los cuadros religiosos en que Dios sale tras las nubes. De la grúa salía un chorro de agua, que refrescaba las ruinas.

Dos detalles me han llamado la atención. Primero, que la nube de polvo iba cayendo sobre todo lo que había cerca del edifico, y en concreto sobre una parada del autobús municipal, cuyo techo parecía nevado; la gente que estaba debajo aguantaba esto impertérrita, bien porque no se daban cuenta (no creo), bien porque eran ingleses (más probable). Segundo, que la demolición se estaba haciendo sin sacar los muebles viejos: entre las paredes caían espejos, mesas, armarios. De entrada me ha escandalizado, pero luego he pensado que hubiera sido absurdo sacar todo eso para tirarlo luego en un contenedor de la basura.

Adios, viejo sanatorio psiquiátrico de mi barrio.

(Después paseo por el parque del Retiro; veo su rosaleda, con casi todas las rosas abrasadas; veo elegantes pavos reales, andando entre los niños, en los finísimos jardines de Cecilio Rodríguez; veo una familia de tortugas tomando el sol en el estanque pequeño; veo cientos de peces rojos en el estanque grande; veo la pared de árboles del estanque grande, algunos ya con la hoja inicial otoñal, ay; tomo un café caro en el Mallorca de la calle Serrano; me confieso en los jesuitas de la calle Serrano, siempre tan comprensivos).

lunes, 21 de julio de 2008

Jornada Mundial de la Juventud

Dentro de tres años ... ¡¡¡nos vemos en Madrid!!!

Deo gratias, y que Él nos ayude a estar a la altura de las circunstancias.

Ah, y ... ¡¡¡viva Benedicto!!!

sábado, 19 de julio de 2008

Liquidación

Uno de los efectos más tristes de la grave crisis económica española es el cierre de los pequeños establecimientos comerciales. Los grandes almacenes, las cadenas de tiendas, estarán pasando unos meses malos, pero sobrevivirán; los pequeños comercios no. Algunos de los que cierran son los sitios en los que tú comprabas desde hace años, y eso te rompe el corazón.

Las cafeterías cierran de un día para otro. Las tiendas lo anuncian con tiempo, con un cartel en el escaparate que siempre empieza con la palabra "Liquidación"; en algunos casos se aclara que la liquidación es "total", en otros no. Curiosamente, tras andar mucho por Madrid, sólo he encontrado un cartel que diga la verdad: "Liquidación total por cierre". En los demás casos se miente y se dice:

"Liquidación por reforma"

"Liquidación por cambio de negocio"

"Liquidación por jubilación".


¿Se ve claro el truco? Se trata de apelar a cosas positivas, alegres, que en los tiempos buenos hubieran significado que el negocio iba bien: "porque gano dinero puedo hacer obras, porque gano dinero me puedo jubilar, porque gano dinero quiero ganar más cambiando el negocio". Ahora no: creo que se trata de que entres a comprar, a aprovecharte de los despojos, con la conciencia tranquila: colaboro en una buena causa, les ayudo a pagar la obra, a tener una buena jubilación. Las malas noticias ("por cierre") te quitan la alegría de gastar.

En medio de toda esta tristeza, sólo hay una cosa que te hace sonreir: las inmobiliarias, que tanto han abusado estos años,que tanto dinero fácil han hecho, han sido las primeras en cerrar (lo lamento por sus empleados, claro). ¿No es divertido ver que el local de la inmobiliaria A, que todavía tiene su cartel puesto, está ahora en alquiler por la inmobiliaria B, en una victoria póstuma de los enemigos?

jueves, 17 de julio de 2008

Desde la parada

Cuatro son los personajes que veo desde la parada del autobús, de camino al trabajo. Por orden de rotación:

Un dandy cachas, con gafas de sol aunque no haga sol, que te mira fijamente, que da vueltas arriba y abajo, que se acerca a los cubos grandes de la basura y los abre y los mira con atención. Los primeros días te da miedo. Luego, un día que el autobús se retrasa, comprendes todo: del garaje de la casa sale un cochazo, con conductor, que para un momento. En el asiento trasero va un tío viejo, con cara de magistrado del Supremo, leyendo el ABC. El dandy (es decir, el poli) se sube de copiloto y sigue mirando a todos los lados con mucha atención. Unos días van hacia la izquierda y otros hacia la derecha, supongo que por cuestiones de seguridad.

Una furgoneta de los servicios sociales del Ayuntamiento. De la casa del magistrado sale un chico con bata, empujando una silla de ruedas con una anciana, más vegetal que persona. A su lado camina, torpemente, el viejo marido de la mujer. De la furgoneta se baja el conductor y entre él y el de la bata cargan a la mujer, sillita incluida, en la parte de atrás. Antes de que se vayan, el viejo toca la pared del vehículo, como despidiéndose, y vuelve lentamente al portal.

El encargado gordo de la cafetería frente a la parada. Sale muy sonriente, mira a un lado y a otro, la mano siempre metida en el bolsillo derecho, cruza la avenida por el medio, sin ir al paso de cebra, vuelve a mirar a derecha e izquierda, sin sacar la mano del bolsillo, sólo le faltaría decir “Espero que nadie me robe toda la recaudación de ayer, que llevo aquí, en un fajo en el bolsillo” , y se mete en la sucursal de Caja Madrid que está detrás de la parada, a hacer el ingreso.

La vieja que vive encima de la cafetería, con mil macetas en cada balcón que riega todos los días, con el ramo de Domingo de Ramos que se va pudriendo hasta el Domingo de Ramos del año que viene. La vieja es super-católica y super-española, y los días grandes pone, según proceda, la bandera del Vaticano o la de España, lo cual está muy bien, porque piensas: “A ver, qué día importante es hoy, para la Iglesia, para España”. Hoy, por ejemplo, ha puesto la vaticana, y supongo que así seguirá hasta que acaben los actos del viaje del Papa a Australia. Con ella vive un hijo poco aseado, que no sé si mantendrá esta costumbre cuando ella muera.

miércoles, 2 de julio de 2008

Párrafos de Julio. Las fotos

Voy a recoger las fotos carnet. De camino, ruego al Santo Patrón de las Cosas Bien Hechas: "Por favor, que me las den en una funda pequeñita". Y es que me gusta que cada cosa que compro tenga el envoltorio adecuado. "Si yo, por fin, tuviera mi papelería, habría una bolsa para cada producto, y cuando fuera a vender uno nuevo, encargaría nuevas bolsas: diminuta para el sacapuntas, gigantesca para el archivador, alargada para el boli, cuadrada para el taco de hojas, todas con la marca de la tienda. Luego, con los clientes habitales, discutiría si es mejor ésta o aquella: "Ésta no, que le va a quedar grande" "Sí, pero quiero que el cuaderno vaya haciendo ruido"". /// No hay suerte: me da la tira de las 4 fotos, sin recortar, y las mete en un sobre enorme, de los de correos; un poco más, y le pone el sello. Mis 4 caras, muy serias, se hunden en las profundidades oscuras. Ya fuera, recuerdo con melancolía las casas de fotos a las que iba de niño, con mi madre, cuando te las recortaban cuidadosamente, te hacían un montoncito, te las metían en una bolsa diminuta de papel de seda, te las daban diciendo "Toma, guapo".

sábado, 14 de junio de 2008

Paz (o "La huelga (II)")

Lentamente, vuelve la paz. En los periódicos siguen saliendo noticias de camiones quemados en la madrugada, de fábricas de coches sin material para trabajar, de disturbios en los puertos, pero en nuestra vida cotidiana todo va volviendo a la calma: hay casi de todo en el súper, hay gasolina, hay donuts, hay periódicos. La huelga se va apagando.

Apuntaba Juan Ignacio en "La huelga (I)" la posibilidad de que estos hechos costasen popularidad al gobierno de Zapatero. La popularidad del gobierno es dura como el titanio, indestructible como el diamante. Tras dejar que el tema se pudriera, tomó dos medidas: llegar a un pacto con los empresarios que NO convocaban la huelga y, sobre todo, poner en marcha a 20 mil policías. Ambas cosas, por raro que parezca, han servido para que los súper vuelvan a estar (casi) llenos y la gente calmada. Ante la opinión de marujas y manolos, el gobierno queda como garante del orden, que no se ha plegado a las peticiones de los malvados patronos.

Ahora vuelvo a apreciar todo: la maravilla de poder comprar galletas y ARROZ, el milagro de poder tenerlo en casa y su sabor maravilloso, algo olvidado tras tantos años de normalidad.

viernes, 13 de junio de 2008

San Antonio

Hoy es San Antonio de Padua, uno de los santos más populares en Madrid. En muchas iglesias, antiguas o nuevas, tiene su altar particular. Los madrileños ricos le querían, porque les daba ocasión de ejercer la caridad, y los pobres porque les mejoraba algo su triste vida (el “pan de San Antonio”). En mi parroquia, que es un edifico moderno, esto sigue siendo así: en su capilla es donde está instalada la hucha de Cáritas, en la que mucha gente echa una moneda los domingos, tras la Misa.

A finales del siglo XVIII se construyó la ermita de San Antonio de la Florida, en las afueras de Madrid. El edifico es neoclásico, no especialmente bonito, pero tiene gran importancia porque Goya pintó toda la cúpula, con estupendas escenas de la vida del santo: los personajes van vestidos como gente de la época. Con el paso del tiempo se levantó una ermita gemela, ya sin pinturas, que es la que se usa para el culto. El efecto de los dos edificios gemelos es curioso, parecido a la Plaza del Popolo de Roma.

En este día se celebra en Madrid una de las fiestas más simpáticas del año. Se la sigue llamando “de las modistillas”, aunque hace años que ya no va ninguna. En el jardín de la ermita nueva se pone una pila de agua, vacía. Las mozas o señoras que se quieren casar van, llevando un puñado de alfileres, y tras guardar cola lo tiran en la pila. Después meten la mano, y si alguno se le queda clavado en la palma, es señal de que el santo las va a buscar novio durante el año; si se les clavan varios, pues aún mejor. Siempre se forman colas enormes, así que supongo que la tradición se cumple. A las chicas y señoras de siempre se han unido las muchachas emigrantes, que además de un buen trabajo quieren un buen novio.

Todo esto tiene mucha risa, y mucho encanto, pero el puntito un poco triste lo dan algunas mozas ya treintañeras, que en la fila miran el suelo muy fijamente, como avergonzadas de tener que seguir yendo ahí para no quedarse solas. ¡A ver si este año tienen suerte!

martes, 10 de junio de 2008

Miedo (o “La huelga (I)”)

O, en fin, bolivarización, la bolivarización de España, de Madrid, con enormes filas de coches intentando pillar las últimas gotas de gasolina, como veíamos que pasaba en algunos países pobres de América.

Pero, ante todo, miedo. En los cuatro primeros años de Zapatero, hemos pasado por muchos sentimientos: enfado, ira, pena, rabia, risa, vergüenza, esperanza (de que se fuera), desesperanza (por las encuestas), humillación, ... Pero, miedo, yo creo que no. Pues bien, ahora la gente, en España, en Madrid, tiene miedo, un miedo real a que se acabe la gasolina, a que se acabe la comida de los súper, a que los piquetes informativos le corten la carretera, a que deje de venir pescado. Nada de esto es superfluo, la gente tiene, tenemos miedo, a que en pocos días nos veamos sin estas cosas elementales. Yo mismo, el primero, me da vergüenza decirlo, ayer me hice un súper para comprar latas de conservas y bolsas de patatas. Porque no tengo coche, que si no me habría pillado un bidón de gasolina.

Para ser precisos, no son huelgas: son “cierres patronales”, de los empresarios del transporte o de la pesca, alegremente secundados por sus trabajadores, que les hacen el juego sucio de cortar carreteras, quemar neumáticos o tirar pescado en las plazas. Estos señores empresarios tienen toda la razón del mundo para estar enfadados, y su planteamiento es irrebatible: no vamos a seguir transportando o saliendo a pescar porque, por la subida del petróleo, nos sale más caro movernos que quedarnos quietos. Este razonamiento es impecable. La solución ya no lo es tanto: que el Estado cargue con el problema, que el Estado baje los impuestos que pagan, que subvencione el gasoil que usan, que les recorte las cotizaciones sociales. Así ocurrió en 2005, cuando llevábamos poco tiempo de gobierno Zapatero, y también subió el combustible. Pero claro, eso no deja de ser algo muy injusto: la gasolina ha subido para todo el mundo, ¿qué tiene que hacer el conductor normal para que también a él le ayude el Estado? ¿Cortar las grandes calles de Madrid o Barcelona, asaltar algún edificio público, quemar algún archivo? Además, que los años felices del superávit ya han pasado.

(Esta mañana he sentido en mis carnes los primeros efectos de la huelga, de la bolivarización, del miedo: he pedido en la cafetería un donuts, y el señor me ha dicho que no le habían llegado, por la huelga: me he tenido que conformar con un croissant).

sábado, 7 de junio de 2008

Familiaridad

¡¡Por fin el calor, y el sudor, y el sol, con un mes de retraso!!!

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Familiaridad: basta hacer algo nuevo 4 o 5 veces para que, rápidamente, crees relaciones de familiaridad con gentes, con sitios, con cosas nuevas, que te hacen la vida menos solitaria.

He de encuadernar varios trabajos, y me gusta hacerlo en una tienda que está entre mi casa y el centro de Madrid. No me viene bien ir los días laborables, así que voy los sábados por la mañana. Desde hace varios, me levanto más pronto de lo normal, cojo el mismo autobús, que va por la misma ruta. Me bajo en la misma parada, voy por la misma calle, una pequeña y estrecha calle cercana al Madrid antiguo.

Ahí, sábado tras sábado, está el taller de confección donde siempre están las mismas costureras preparándose para hacer arreglos. Poco después está el hótel con cafetería a la altura de la calle, donde todos los sábados están el mismo camarero y los mismos turistas desayunando, antes de salir a dar vueltas. Yo entro siempre en la misma cafetería, donde siempre están el mismo camarero joven (calvo) y viejo (con pelo). Ya les quiero como si viniera por aquí desde hace años, igual que quiero ya a las costureras, al camarero sudamericano del hotel, a los turistas; ellos dos tambien deben quererme a mí, pues son bien simpáticos conmigo. Después, compro el periódico en el mismo kiosko, para no aburrirme durante la encuadernación: varían los periódicos, pero no el kioskero, claro.

En la tienda de encuadernación los chicos varían, pero eso da igual: ya reconozco y quiero al reloj de agujas, al póster con los modelos de tamaños de fotos, a la fotocopiadora con monedas y al cartel de "Cuidado con los ladrones". Si cambiaran cualquier cosa de éstas el próximo sábado, sentiría que he perdido algo de toda la vida.

Cuando acabe mis encuadernaciones me dará pena, y cuando pase por ahí otro sábado por la mañana, dentro de años, recordaré con nostalgia este mes, estos trabajos, esas gentes, este post.

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(Hoy, en la cafetería y en la tienda, había turistas que tenían la asombrosa pretensión de que les entendieran en inglés. En la cafetería han salido adelante mediante señas, y en la tienda ha aparecido una emigrante dominicana que se defendía un poco).

sábado, 31 de mayo de 2008

El reloj

Es curioso cómo el Espíritu Santo nos aconseja a los que somos muy indecisos.

Este año me toca ser el presidente de mi Comunidad de vecinos, en el bloque. Me llamó el administrador para proponerme que, como el portero lleva 25 años de servicio en la casa, le compremos un reloj de 300 euros con cargo a la cuenta de la comunidad de vecinos. Le dije que me lo pensaría, y me quedé muy confuso: no sé si es correcto hacerlo, no sé si a todos los vecinos les parecería bien, y como somos más de 60 puertas, es difícil consultárselo.

Esta mañana he ido al súper del barrio. De fondo ha empezado a haber una discusión, a grandes gritos. Cuando me he acercado, he visto con horror que era uno de mis vecinos, un hombre ya mayor, al que le ha molestado que la cajera pidiera a su esposa que le enseñara el bolso. "Ladrones,...", gritaba.

He comprendido bien: la posibilidad de que me montara a mí una bronca similar, en el pórtal, me anima a montar una colecta, o algo así, sin tocar el dinero común.

(Hubiera sido excesivo montaros aquí otra consulta sobre el tema, ¿no?