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lunes, 9 de febrero de 2009

Spe salvi (y VII)

Un apunte personal

Acabo el estudio de la encíclica con un apunte personal.

Benedicto intercala esta reflexión, que creo que no tiene mucho que ver con el asunto principal, la esperanza cristiana:

“Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, era parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros” (pár. 40).

Me ha hecho gracia el párrafo. Para los que leemos Camino, esto es música conocida, pues a lo largo del día vamos ofreciendo las pequeñas molestias o tristezas que se nos van cruzando:

“Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior” (punto 173)

“Niño, ofrécele cada día... hasta tus fragilidades” (punto 865).

“Un pinchazo. —Y otro. Y otro. —¡Súfrelos, hombre! ¿No ves que eres tan chico que solamente puedes ofrecer en tu vida —en tu caminito— esas pequeñas cruces?

Además, fíjate: una cruz sobre otra —un pinchazo..., y otro..., ¡qué gran montón!

Al final, niño, has sabido hacer una cosa grandísima: Amar”
(punto 885).


No sé si el Papa Benedicto era consciente de la coincidencia cuando escribió el párrafo; lo tomo, en todo caso, como un guiño simpático.

domingo, 8 de febrero de 2009

Spe salvi (VI)

Esperanza y juicio de Dios

Sí: la muerte y el juicio de Dios no sólo no perturban la esperanza del cristiano, sino que la refuerzan y dan sentido a la vida del cristiano.

“Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo” (pár. 41).

La vinculación entre esperanza cristiana y juicio de Dios es doble. Primero, no desesperamos ante tanta injusticia que queda impune por la injusta Justicia de los hombres:

“La fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva” (pár. 43).

Segundo, nos animamos a seguir trabajando, pese a tantos fallos y fracasos, porque tenemos esperanza en el premio tras la muerte, y porque Dios nos ayudará pese a nuestras debilidades:

“Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace. La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad. Una imagen, por lo tanto, de ese pavor al que se refiere san Hilario cuando dice que todo nuestro miedo está relacionado con el amor. Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Pero en su justicia está también la gracia. Esto lo descubrimos dirigiendo la mirada hacia el Cristo crucificado y resucitado. Ambas –justicia y gracia– han de ser vistas en su justa relación interior. La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho. No es un cepillo que borra todo, de modo que cuanto se ha hecho en la tierra acabe por tener siempre igual valor” (pár. 44).

La conclusión a este apartado sobre la esperanza y el juicio final tras la muerte vendrá en esta admirable reflexión, de gran profundidad teológica:

“El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación “con temor y temblor”” (pár. 47).

sábado, 7 de febrero de 2009

Spe salvi (V)

Esperanza y oración

Como gran “lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza” cita Benedicto la oración:

“Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad...; el que reza nunca está totalmente solo” (pár. 32).

Con la oración no logramos sólo una esperanza psicológica, un mero alivio mental, sino una fuerza práctica: gracias a que rezamos, Dios nos sigue dando fuerzas, y esto no permite seguir avanzando.

“Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un “final perverso”. Es también esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a Dios” (pár. 34).

En el párrafo 33 Benedicto, experto en la materia, nos ofrecerá toda una guía breve para aprender a orar. La oración no es un mero ejercicio de introspección, sino un diálogo con Dios, que nos lleva a enfrentarnos a nuestras contradicciones, a superarlas (¡o no!) y así poder abrirnos a los demás:

“Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra el otro. Ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también”.

viernes, 6 de febrero de 2009

Spe salvi (IV)

Esperanza y acción: firmeza del que actúa con esperanza cristiana

En sentido contrario, al hombre que actúa con esperanza cristiana será más difícil desanimarle, pues la esperanza en Cristo, basada en la fe, nos lleva a seguir siempre adelante:

“Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar” (pár. 35).

Aunque las cosas vayan mal, aunque yo no vaya a ser beneficiado por esos trabajos en los que me meto, aunque vea las miserias humanas, aunque sea consciente de la falta de medios y de fuerza, todo eso da relativamente igual, pues en la partida de la Historia, Dios siempre acabará ganando, aunque yo no llegue a verlo.

Benedicto nos hizo avanzar hacia esta idea en la parte anterior de la encíclica. Tras elogiar el amor humano, recuerda que éste es frágil y condicionado por la muerte del otro. Por ello, “el ser humano necesita un amor incondicionado. (...) Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces -sólo entonces- el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que hay que entender cuando decimos que Jesucristo nos ha “redimido”” (pár. 26). De igual forma que en el amor, el hombre tiende a una esperanza sin condiciones: “En este sentido, es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (Ef 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, “hasta el total cumplimiento” (Jn 13,1; 19,30)” (pár. 27). Esta esperanza se fundará en el amor infinito de Dios, en la confianza en mi salvación.

Pero, ante ello, añade el Papa, ¿no hay el riesgo de acabar en una esperanza egoísta, individualista, como a veces reprochan los ateos a los cristianos? “No. La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (1 Tm 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser “para todos”, hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos” (pár. 28). La conclusión del Papa está llena de luz: “Su reino [el de Dios] no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto” (pár. 31).

jueves, 5 de febrero de 2009

Spe salvi (III)

Esperanza y acción: riesgos del que actúa sin esperanza cristiana

Leyendo con atención el párrafo 35 vemos que Benedicto parte de un cierto pesimismo sobre el hombre que confía sólo en sus fuerzas:

-el hombre que actúa sin esperanza cristiana, sino por otros nobles fines, puede desanimarse y abandonar la tarea por el cansancio, o por las graves dificultades en esa lucha por un mundo mejor: “el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo”, puede desanimarnos “por frustraciones en lo pequeño o por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica” (pár. 35).

-en concreto, ese hombre bienintencionado puede sentirse desanimado porque los beneficios de ese mundo mejor no le van a tocar a él, sino a las generaciones futuras: “una esperanza que no se refiera a mí personalmente, ni siquiera es una verdadera esperanza” (pár. 30).

-en fin, incluso aunque se logren las metas propuestas, se ve que los problemas del hombre son más profundos que la solución de sus problemas materiales (con ser ésta muy importante): “Cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más allá de lo que nunca podrá alcanzar” (pár. 30). “Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida” (pár. 27); “si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza” (pár. 35).

Parte de estas citas vienen de la crítica a varias filosofías que ha habido a lo largo de la Historia, que ocupan los párrafos 16 a 23, empezando por la “ciencia y la praxis” de Francis Bacon, siguiendo con la Ilustración y acabando con la doctrina de Marx. Esta parte es, dentro de la encíclica, un breve curso de historia de la filosofía sin Dios, del pensamiento buscando una esperanza en sus propias fuerzas y fracasando.

martes, 3 de febrero de 2009

Spe salvi (II)

Efectos de la esperanza: esquema

Benedicto, en la encíclica, se refiere a tres “lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza”:

-esperanza y acción (párrafos 24 a 31, explicación previa; párrafo 35, explicación; párrafos 16 a 23, crítica de diversas filosofías). Como se ve, es el “lugar” que más desarrolla el Papa.

-esperanza y oración (párrafos 32 a 34).

-esperanza y juicio tras la muerte (párrafos 41 a 48).

Esperanza y acción: el párrafo 35

El Papa se dirige, en muchos párrafos, al hombre que actúa, que hace algo por los demás o por la sociedad. Su tesis es la siguiente: “Digámoslo ahora de manera muy sencilla: el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. (...) Un reino, pues, sólo del hombre desemboca, inevitablemente, en el “final perverso” de todas las cosas descrito por Kant: lo hemos visto y lo seguimos viendo una y otra vez” (pár. 23). Es decir, habrá otras ideologías o filosofías que muevan al hombre de buena voluntad, pero a la larga acaban fracasando. Esta idea se desarrolla, sobre todo, en el inicio del importante párrafo 35, que luego resumiré:

“Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así también las puertas hacia el futuro. Pero el esfuerzo cotidiano por continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica. Si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza. Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar”.

Spe salvi (I)

La encíclica Spe salvi (“En la esperanza salvados fuimos ...”, Romanos 8, 24), “sobre la esperanza cristiana”, fue publicada por Benedicto XVI el 30 de noviembre de 2007. Se divide en 50 párrafos numerados, agrupados en once capítulos sin numerar.

La esperanza, virtud práctica

Desde el inicio de la encíclica, Benedicto XVI deja claro que no habla de una virtud abstracta, sino de algo útil para la vida cotidiana. “El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (párr. 1). “Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente” (párr. 2). Este carácter práctico afecta no sólo a nuestra actitud psicológica, sino -sobre todo- a nuestro obrar: “Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (párr. 2). Conviene, pues, estar atentos: ser hombres y mujeres con esperanza hará que nuestra vida sea distinta, mejor. Pero ¿qué es la esperanza cristiana?

El origen de la esperanza: la fe

El párrafo 2 explica que tenemos esperanza porque tenemos fe, hasta el punto de que a veces ambas palabras son utilizadas como equivalentes en el Evangelio: cita y comenta varias frases de las epístolas de San Pablo y San Pedro y sobre todo, ya en el párrafo 7, Hebreos 11,1 (“Ahora bien: es la fe la garantía de lo que se espera, la prueba de las cosas que no se ven”), que el Papa explica de una forma elevadísima: “la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una “prueba” de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro “todavía-no”. El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras”. Se tiene esperanza (presente) porque se tiene fe (futura) en Jesucristo y en su Resurrección.