Visito a una amiga, enferma de cáncer. Va mal: sólo se curara si Dios lo quiere.
Rezad por ella.
Igual que en otros cánceres que he vivido cerca, me asombra la atención de la enferma y de sus familiares por temas muy cotidianos: una molestia en otro órgano, el aburrimiento por el insomnio, una pequeña preocupación administrativa, un cotilleo político. Diríamos que el hombre es tan pequeño que ni siquiera en los grandes momentos, con la Enfermedad o la Muerte cerca, puede salir de lo inmediato.
Al salir, paseo por un Madrid helado, con sol. Los árboles sin hojas, las pequeñas tiendas que sobreviven, las señoras con la bufanda en la boca, los coches, las casas viejas, todo, todo me parece de una belleza nueva, como si todo lo viera por primera vez, como si me hubiera operado de la vista hace poco.
sábado, 29 de noviembre de 2008
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El Quijote (III)
Comentamos al inicio cómo El Quijote, que tiene mala fama de novelón viejo y pesado, es en muchos aspectos una novela modernísima, y en concreto en la confusión que logra entre realidad y literatura. Este fenómeno se repite, con mucha gracia, a partir del capítulo XXX de la segunda parte.
Don Quijote va por el campo y se encuentra con unos duques y su séquito, que van de caza. La duquesa, según ve al caballero y a Sancho, comprende que está ante los protagonistas de la historia que ella, su marido y todos sus amigos han leído y disfrutado. En ningún momento se dice que ella creyera que eran personajes de ficción, como los de las demás novelas de caballería. Con gran contento, invita a los dos a ir a su palacio de campo, y a partir de ahí ocurrirán diversas aventuras, todas ellas estupendas, pues los duques y sus astutos criados engañaran a Don Quijote con todo tipo de trucos. Por lo pronto, según llegan al palacio, les montan un recibimiento igual que los que en las novelas de caballería se daba a los caballeros andantes, cosa que sorprende a Don Quijote.
Como ya ocurriera en los capítulos del libro que comentamos en el primer post, esta confusión entre realidad y literatura tiene una consecuencia lógica: los lectores, en este caso los duques, saben más de lo que pasó que sus protagonistas. Así, en el capítulo XXXII, la duquesa le puede contar hechos relativos a Dulcinea que Don Quijote no conocía, y que le dejan perplejo, pues sólo los vivió Sancho. Y, al revés, en un gracioso diálogo (en el capítulo XXXIII) ella le pide a Sancho varias aclaraciones de lo ocurrido en la primera parte de la novela, cosas que se supone que Sancho vivió solo, sin que nadie las viera.
El contrapunto a esto lo da un personaje siniestro, el capellán de los duques, que en el capítulo XXX encarnaría a un crítico literario: se sorprende de que Don Quijote exista, él creía que era un mero personaje de ficción. Riñe al duque, es una vergüenza que después de haber perdido el tiempo leyendo tantas veces el libro original, ahora lo pierda hablando con un loco, y riñe a Don Quijote, que ridículo que un señor tan mayor esté haciendo bobadas por el campo, en vez de estar cuidando a su esposa y a sus hijos, si es que los tiene. Como nadie le hace caso, se enfada y se va, para alivio del lector y de los personajes.
¿Se planteó la duquesa alguna vez que llegaría a haber una segunda parte, y que ella, una persona real, saldría en el libro convertida en personaje? ¿Se pudo imaginar que las conversaciones que ella tuvo con su marido aparecerían ahí, grabadas por algún extraño encantador, y que alguna de sus amigas se las podría comentar, pasado el tiempo?
¿Se imagina el lector que lee el libro que a lo mejor algún día hay una tercera parte del Quijote en la que él salga leyendo la segunda parte?
Don Quijote va por el campo y se encuentra con unos duques y su séquito, que van de caza. La duquesa, según ve al caballero y a Sancho, comprende que está ante los protagonistas de la historia que ella, su marido y todos sus amigos han leído y disfrutado. En ningún momento se dice que ella creyera que eran personajes de ficción, como los de las demás novelas de caballería. Con gran contento, invita a los dos a ir a su palacio de campo, y a partir de ahí ocurrirán diversas aventuras, todas ellas estupendas, pues los duques y sus astutos criados engañaran a Don Quijote con todo tipo de trucos. Por lo pronto, según llegan al palacio, les montan un recibimiento igual que los que en las novelas de caballería se daba a los caballeros andantes, cosa que sorprende a Don Quijote.
Como ya ocurriera en los capítulos del libro que comentamos en el primer post, esta confusión entre realidad y literatura tiene una consecuencia lógica: los lectores, en este caso los duques, saben más de lo que pasó que sus protagonistas. Así, en el capítulo XXXII, la duquesa le puede contar hechos relativos a Dulcinea que Don Quijote no conocía, y que le dejan perplejo, pues sólo los vivió Sancho. Y, al revés, en un gracioso diálogo (en el capítulo XXXIII) ella le pide a Sancho varias aclaraciones de lo ocurrido en la primera parte de la novela, cosas que se supone que Sancho vivió solo, sin que nadie las viera.
El contrapunto a esto lo da un personaje siniestro, el capellán de los duques, que en el capítulo XXX encarnaría a un crítico literario: se sorprende de que Don Quijote exista, él creía que era un mero personaje de ficción. Riñe al duque, es una vergüenza que después de haber perdido el tiempo leyendo tantas veces el libro original, ahora lo pierda hablando con un loco, y riñe a Don Quijote, que ridículo que un señor tan mayor esté haciendo bobadas por el campo, en vez de estar cuidando a su esposa y a sus hijos, si es que los tiene. Como nadie le hace caso, se enfada y se va, para alivio del lector y de los personajes.
¿Se planteó la duquesa alguna vez que llegaría a haber una segunda parte, y que ella, una persona real, saldría en el libro convertida en personaje? ¿Se pudo imaginar que las conversaciones que ella tuvo con su marido aparecerían ahí, grabadas por algún extraño encantador, y que alguna de sus amigas se las podría comentar, pasado el tiempo?
¿Se imagina el lector que lee el libro que a lo mejor algún día hay una tercera parte del Quijote en la que él salga leyendo la segunda parte?
sábado, 22 de noviembre de 2008
Agonía del semáforo
"Sostengo la tesis (falsa) de que si uno anda suficiente rato por Madrid acaba viendo siempre algo extraordinario".
En Atocha un autobús empuja a un coche, que se empotra contra un semáforo, que cae al suelo, sin rozar a ninguno de los que esperábamos para cruzar.
Lo más terrible fue que, una vez en el suelo, siguió funcionando: se encendió el disco rojo, apareció el señor verde que permite cruzar; así lo hizo algún peatón.
Me pareció como un señor altísimo, al que hubieran atropellado, y que en sus últimos momentos siguiera hablando, cambiando de opinión.
Me dieron ganas de ponerle el periódico que llevaba debajo de la parte alta, donde están los tres discos, para que no muriese con la cabeza apoyada en la acera.
En Atocha un autobús empuja a un coche, que se empotra contra un semáforo, que cae al suelo, sin rozar a ninguno de los que esperábamos para cruzar.
Lo más terrible fue que, una vez en el suelo, siguió funcionando: se encendió el disco rojo, apareció el señor verde que permite cruzar; así lo hizo algún peatón.
Me pareció como un señor altísimo, al que hubieran atropellado, y que en sus últimos momentos siguiera hablando, cambiando de opinión.
Me dieron ganas de ponerle el periódico que llevaba debajo de la parte alta, donde están los tres discos, para que no muriese con la cabeza apoyada en la acera.
jueves, 20 de noviembre de 2008
El Quijote (II)
Ya dijimos que en la segunda parte del Quijote hay un cambio muy importante respecto a la primera: el héroe ya no está loco. Una divertida historia, en el capítulo XXVII, nos muestra que no sólo es cuerdo, sino prudente.
Va a haber una singular batalla, no entre ejércitos, no entre gigantes, sino entre los mozos de un pueblo y los de otro. Por una vieja historia, los del segundo pueblo se ríen de los del primero rebuznando, como si todos fueran asnos, y los ofendidos no pueden sufrir esta burla. Por ello, de vez en cuando se reúnen en un llano, para pegarse pedradas, bastonazos y lo que haga falta. Enterado Don Quijote de los preparativos, consciente de que son mozos, y no caballeros ni tropas, acude al lugar, donde sólo están aún los del bando ofendido. Allí, acompañado de Sancho Panza, se pone en medio de la tropa, y les echa un maravilloso discurso renacentista, animándoles a la paz: “Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas”: la fe católica; la defensa de su vida; la defensa de la honra, de la familia y de la hacienda; el servicio al Rey y a la Patria. El caballero argumenta cómo la broma de los relinchos no está en ninguno de estos casus belli, por lo que conviene mantener la paz.
Todos le escuchan conmovidos, y Sancho también, que se emociona y empieza a recordar cómo él, cuando era joven, relinchaba maravillosamente bien. En efecto, se tapa la nariz y empieza a mugir como no lo haría el asno más asno de la Mancha. Los mozos entienden que lo hace por burlarse de ellos, como sus enemigos que no llegan, así que empiezan a pegarle golpes y tirarle piedras. Cuando el lector cree que Don Quijote, como ya hiciera en la mortal batalla de los carneros, va a sacar la espada y acometer contra tanto villano, lo que hace es espolear a Rocinante y salir corriendo de allí, aterrorizado, “temiendo a cada paso no le entrase una bala por las espaldas y le saliera por el pecho, y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba”.
Cuando, al rato, Sancho se libra de los agresores y, muy dañado, llega junto a él, le pide cuentas de su cobardía, de haberle dejado solo. Don Quijote puntualiza, con gran exactitud: “No huye el que se retira (...) pues la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo”.
Va a haber una singular batalla, no entre ejércitos, no entre gigantes, sino entre los mozos de un pueblo y los de otro. Por una vieja historia, los del segundo pueblo se ríen de los del primero rebuznando, como si todos fueran asnos, y los ofendidos no pueden sufrir esta burla. Por ello, de vez en cuando se reúnen en un llano, para pegarse pedradas, bastonazos y lo que haga falta. Enterado Don Quijote de los preparativos, consciente de que son mozos, y no caballeros ni tropas, acude al lugar, donde sólo están aún los del bando ofendido. Allí, acompañado de Sancho Panza, se pone en medio de la tropa, y les echa un maravilloso discurso renacentista, animándoles a la paz: “Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas”: la fe católica; la defensa de su vida; la defensa de la honra, de la familia y de la hacienda; el servicio al Rey y a la Patria. El caballero argumenta cómo la broma de los relinchos no está en ninguno de estos casus belli, por lo que conviene mantener la paz.
Todos le escuchan conmovidos, y Sancho también, que se emociona y empieza a recordar cómo él, cuando era joven, relinchaba maravillosamente bien. En efecto, se tapa la nariz y empieza a mugir como no lo haría el asno más asno de la Mancha. Los mozos entienden que lo hace por burlarse de ellos, como sus enemigos que no llegan, así que empiezan a pegarle golpes y tirarle piedras. Cuando el lector cree que Don Quijote, como ya hiciera en la mortal batalla de los carneros, va a sacar la espada y acometer contra tanto villano, lo que hace es espolear a Rocinante y salir corriendo de allí, aterrorizado, “temiendo a cada paso no le entrase una bala por las espaldas y le saliera por el pecho, y a cada punto recogía el aliento, por ver si le faltaba”.
Cuando, al rato, Sancho se libra de los agresores y, muy dañado, llega junto a él, le pide cuentas de su cobardía, de haberle dejado solo. Don Quijote puntualiza, con gran exactitud: “No huye el que se retira (...) pues la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna que a su ánimo”.
martes, 18 de noviembre de 2008
Crema de plátanos
Receta para hacer crema de plátanos
Sal a la calle, date un paseo antes de la hora de la cocina. Acércate al escaparate de una pastelería de las buenas. Contempla los suizos rellenos de crema, los huesos de santo, las palmeras glaseadas, los pastelitos. Envidia al que puede comer todo eso sin engordar, odia a la gente que sale contenta con sus bandejas, siéntete desgraciado por tener que estar siempre controlando lo que tomas, compadécete de ti mismo, que hoy tienes que tomar sopa de espinacas y filete a la plancha porque durante dos semanas te has pasado mucho, pero mucho, con el menú. Vuelve a tu casa lleno de santa ira y de santa autocompasión, dispuesto a hacer una locura.
Pon a cocer leche, cuanto más grasa mejor, pero no mucha, un cuarto de cazuela basta. Pela y corta en rodajitas tres o cuatro plátanos. Abre la nevera, echa en la olla una paletada de mantequilla, echa dos o tres quesitos cremosos de los de tus sobrinos, echa (si tienes) nata líquida. Si hay por ahí alguna patata échala también, o mejor no, que tendrías que haberla cocido un rato antes, otro día lo pruebo. Apaga pronto el fuego, y echa la papilla en el pasapures. Tríturalo pero con poca potencia. Sin sacarlo, echa ázucar, echa zumo de limón, cuidado con las pepitas. Vuelve a darlo vueltas. Comprueba que haya quedado pastoso, no vale si queda líquido. Si ves que no tiene suficiente densidad, puedes echar más mantequilla, más quesitos, más platanos; también podrías echar tres o cuatro cucharadas soperas más de azúcar, pero es más fácil lograr la espesura con lo otro que te he dicho. Vuelve a batirlo, hasta que quede denso. Si no vienen niños a comer puedes echar un poco de ron, de jerez, de vino dulce, de lo que tengas por ahí.
Echa el brebaje en un recipiente adecuado y guárdalo en la nevera.
Tómalo de postre, ese día o al siguiente, sé feliz, no lo tomes diciendo “No debería, no debería”, da gracias a Dios de ser goloso y de tener todos estos baratos componentes en casa y de tener por delante años y años de proponerte ser estricto con la dieta, de ser sacrificado, de romper el muro y volver a comer a lo grande, de volverte a arrepentir, de volverte a poner estricto, de ...
Sal a la calle, date un paseo antes de la hora de la cocina. Acércate al escaparate de una pastelería de las buenas. Contempla los suizos rellenos de crema, los huesos de santo, las palmeras glaseadas, los pastelitos. Envidia al que puede comer todo eso sin engordar, odia a la gente que sale contenta con sus bandejas, siéntete desgraciado por tener que estar siempre controlando lo que tomas, compadécete de ti mismo, que hoy tienes que tomar sopa de espinacas y filete a la plancha porque durante dos semanas te has pasado mucho, pero mucho, con el menú. Vuelve a tu casa lleno de santa ira y de santa autocompasión, dispuesto a hacer una locura.
Pon a cocer leche, cuanto más grasa mejor, pero no mucha, un cuarto de cazuela basta. Pela y corta en rodajitas tres o cuatro plátanos. Abre la nevera, echa en la olla una paletada de mantequilla, echa dos o tres quesitos cremosos de los de tus sobrinos, echa (si tienes) nata líquida. Si hay por ahí alguna patata échala también, o mejor no, que tendrías que haberla cocido un rato antes, otro día lo pruebo. Apaga pronto el fuego, y echa la papilla en el pasapures. Tríturalo pero con poca potencia. Sin sacarlo, echa ázucar, echa zumo de limón, cuidado con las pepitas. Vuelve a darlo vueltas. Comprueba que haya quedado pastoso, no vale si queda líquido. Si ves que no tiene suficiente densidad, puedes echar más mantequilla, más quesitos, más platanos; también podrías echar tres o cuatro cucharadas soperas más de azúcar, pero es más fácil lograr la espesura con lo otro que te he dicho. Vuelve a batirlo, hasta que quede denso. Si no vienen niños a comer puedes echar un poco de ron, de jerez, de vino dulce, de lo que tengas por ahí.
Echa el brebaje en un recipiente adecuado y guárdalo en la nevera.
Tómalo de postre, ese día o al siguiente, sé feliz, no lo tomes diciendo “No debería, no debería”, da gracias a Dios de ser goloso y de tener todos estos baratos componentes en casa y de tener por delante años y años de proponerte ser estricto con la dieta, de ser sacrificado, de romper el muro y volver a comer a lo grande, de volverte a arrepentir, de volverte a poner estricto, de ...
domingo, 16 de noviembre de 2008
Novelas de caballería
En plena lectura del Quijote, voy a una estupenda exposición en la Biblioteca Nacional sobre el Amadís de Gaula y las demás novelas de caballería. Fueron éstas los bestsellers durante varios siglos, en Europa y (tras el Descubrimiento) en América. Comenzaron siendo historias sencillas, tipo las aventuras del Rey Arturo, y según pasó el tiempo se fueron complicando, incluyendo aventuras dentro de las aventuras, metiendo personajes mágicos o aventuras en otros mundos. Al igual que nuestras novelas en que unas continúan a otras, como las de Harry Potter, así en aquellas el héroe tenía un hijo, que en otra novela posterior era el protagonista principal, que a su vez tenía otro hijo: en un mural gigantesco, la Biblioteca explica el árbol genealógico del principal héroe, Amadís de Gaula, lleno de ramas y de subramas, desarrolladas en varias novelas.
La exposición es también muy interesante por la tipografía: desde los primeros ejemplares, escritos a mano o en letra gótica muy densa, sin separar párrafos, sin ilustraciones, se va viendo la evolución hasta llegar a maravillosos ejemplares franceses, de letra clara como la de nuestros libros, con ilustraciones delicadísimas. La exposición incluye una curiosa novela de caballerías editada en hebreo, en Constantinopla.
Hay paneles donde se cuentan anécdotas que demuestran el éxito de estas novelas. Llegó un gran señor a su casa y se encontró a su esposa, a sus hijas y a sus criadas, todas llorando. Se asustó y preguntó que qué desgracia había ocurrido. La esposa, llorosa: "Pues señor, ¡hase muerto Amadís!", mientras le enseñaba el libro.
Hay una zona bien interesante, dedicada a América: lo que los descubridores españoles iban viendo les parecía tan maravilloso que sólo podían compararlo, en sus crónicas y en sus cartas, con lo que habían leído en los libros de caballería. Y, en concreto, uno de ellos, al descubrir lo que ahora es la provincia argentina de Santa Cruz, se encontró con unos indios gigantescos, muy amables, que le recordaron a un gigante de una novela de caballerías que había leído: el gigante Patagón. Por eso, les llamó "patagones", y de ahí la actual Patagonia.
Concluyo: la obra expuesta que más me conmovió fue un "original de imprenta", un libro ya hecho en imprenta, usado para correcciones y para la censura previa de la Inquisición y el Consejo Real: si te fijas, ves las palabras corregidas, las letras tachadas, las señales del corrector, y en un margen, junto a algo tachado, escrito por mano de alguien que ya murió hace mucho, la palabra "caualleros", que había que incluir en el texto.
La exposición es también muy interesante por la tipografía: desde los primeros ejemplares, escritos a mano o en letra gótica muy densa, sin separar párrafos, sin ilustraciones, se va viendo la evolución hasta llegar a maravillosos ejemplares franceses, de letra clara como la de nuestros libros, con ilustraciones delicadísimas. La exposición incluye una curiosa novela de caballerías editada en hebreo, en Constantinopla.
Hay paneles donde se cuentan anécdotas que demuestran el éxito de estas novelas. Llegó un gran señor a su casa y se encontró a su esposa, a sus hijas y a sus criadas, todas llorando. Se asustó y preguntó que qué desgracia había ocurrido. La esposa, llorosa: "Pues señor, ¡hase muerto Amadís!", mientras le enseñaba el libro.
Hay una zona bien interesante, dedicada a América: lo que los descubridores españoles iban viendo les parecía tan maravilloso que sólo podían compararlo, en sus crónicas y en sus cartas, con lo que habían leído en los libros de caballería. Y, en concreto, uno de ellos, al descubrir lo que ahora es la provincia argentina de Santa Cruz, se encontró con unos indios gigantescos, muy amables, que le recordaron a un gigante de una novela de caballerías que había leído: el gigante Patagón. Por eso, les llamó "patagones", y de ahí la actual Patagonia.
Concluyo: la obra expuesta que más me conmovió fue un "original de imprenta", un libro ya hecho en imprenta, usado para correcciones y para la censura previa de la Inquisición y el Consejo Real: si te fijas, ves las palabras corregidas, las letras tachadas, las señales del corrector, y en un margen, junto a algo tachado, escrito por mano de alguien que ya murió hace mucho, la palabra "caualleros", que había que incluir en el texto.
viernes, 14 de noviembre de 2008
El caso Neira
Vive España pendiente de este triste caso. En agosto pasado, en un hotel del pueblo de Majadahonda, un tío gigantesco empezó a gritar y a zarandear a su chica. El profesor Jesús Neira, que estaba cerca, se acercó e intentó defenderla. El tío gigantesco se le enfrentó y le pegó tal paliza que el valiente ciudadano quedó desde ese día en coma. Algunos médicos dijeron que era un coma irreversible, tan graves eran las lesiones. Tuvo suerte el señor de que aún no se hubiera aprobado la Ley de la Eutanasia: algún doctor Montes (1) compasivo le podría haber puesto una inyección para que dejara de sufrir.
Dios es grande, y el profesor Neira, sorprendentemente, ha salido del coma y ha empezado a hablar, torpemente aún. Tiene épocas mejores y épocas peores pero parece ser que va a salir adelante.
El lado ridículo, que no puede faltar nunca en España, lo puso su chica, la agredida, que fue a varios programas de la tele y a varias revistas a defender ... ¡al agresor! Que si el pobre estaba nervioso, por efecto de una droga; que si no le estaba pegando; que si la culpa la tuvo ella, porque recibió una llamada de otro hombre; que quién le mandaba al profesor meterse en medio. Esta reacción, tan grotesca, ha horrorizado a las buenas gentes, y también a las feministas, que tras hacer campaña durante años para que las mujeres víctimas de violencia doméstica denunciaran a los hombres que las pegan y no les perdonaran, se encuentran con esta moza disculpando al tío que la estaba pegando.
Para mí, para mi caso particular, el caso tiene además una lectura personal. Soy muy cobarde para enfrentarme a la gente que se comporta mal a la sociedad: los chicos que pisan los asientos del autobús, los chicos que pisan los bancos, los chicos que ponen la radio alta por la calle, los chicos que fuman en el Metro, ... Nunca me atrevo a decir nada, pero luego me voy lleno de rabia: “Cómo degenera todo”, me digo. Y añado: “Eres un cobarde, porque si te atrevieras a decirles algo, seguro que se arrepentirían de su mal comportamiento y no pasaría nada”.
El caso Neira demuestra que esto no es así: que a veces, por intentar ser un buen ciudadano, puedes acabar muy mal.
...
(1) El doctor Montes: doctor madrileño, procesado por sedaciones excesivas que habrían causado la muerte de decenas de personas; fue absuelto y ahora es el héroe de la izquierda española.
Dios es grande, y el profesor Neira, sorprendentemente, ha salido del coma y ha empezado a hablar, torpemente aún. Tiene épocas mejores y épocas peores pero parece ser que va a salir adelante.
El lado ridículo, que no puede faltar nunca en España, lo puso su chica, la agredida, que fue a varios programas de la tele y a varias revistas a defender ... ¡al agresor! Que si el pobre estaba nervioso, por efecto de una droga; que si no le estaba pegando; que si la culpa la tuvo ella, porque recibió una llamada de otro hombre; que quién le mandaba al profesor meterse en medio. Esta reacción, tan grotesca, ha horrorizado a las buenas gentes, y también a las feministas, que tras hacer campaña durante años para que las mujeres víctimas de violencia doméstica denunciaran a los hombres que las pegan y no les perdonaran, se encuentran con esta moza disculpando al tío que la estaba pegando.
Para mí, para mi caso particular, el caso tiene además una lectura personal. Soy muy cobarde para enfrentarme a la gente que se comporta mal a la sociedad: los chicos que pisan los asientos del autobús, los chicos que pisan los bancos, los chicos que ponen la radio alta por la calle, los chicos que fuman en el Metro, ... Nunca me atrevo a decir nada, pero luego me voy lleno de rabia: “Cómo degenera todo”, me digo. Y añado: “Eres un cobarde, porque si te atrevieras a decirles algo, seguro que se arrepentirían de su mal comportamiento y no pasaría nada”.
El caso Neira demuestra que esto no es así: que a veces, por intentar ser un buen ciudadano, puedes acabar muy mal.
...
(1) El doctor Montes: doctor madrileño, procesado por sedaciones excesivas que habrían causado la muerte de decenas de personas; fue absuelto y ahora es el héroe de la izquierda española.
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