jueves, 14 de agosto de 2008

La Montaña

Queridos amigos:

Me vuelvo a ir unos pocos días, esta vez a la Montaña.

No penséis en una montaña andina, de picos y cuerdas, sino en la suave montaña de la sierra de Madrid, donde dar dulces paseos viendo los pajaritos y los árboles, con la chaquetita puesta.

Como, en principio, la Montaña es menos peligrosa para la virtud que la playa, esta vez invertiremos el trato: seré yo el que rece por vosotros, en vez de vosotros por mí (si os parece, vaya).

Como ya es habitual entre nosotros, esperando que os acordéis de mí, etcétera, etcétera.

F.

martes, 12 de agosto de 2008

En la playa (y II). La marea

Ya sabéis que en la playa en la que he estado había, relativamente, poca gente. Una fila 1ª, en la que se ponía la gente que madrugaba mucho. Una fila 2ª, en la que nos poníamos los que llegábamos a una hora razonable. Una fila 3ª, en la que estaba la gente que llegaba a media mañana, familias con niños poco madrugadores, y gente así. 3 filas en una playa grande del Mediterráneo español es algo que está muy bien, comparado con las 7, 8, 9 de otras playas.

Por los periódicos locales que leía la gente y por el acento era claro que casi todos veníamos de las regiones interiores de España, las que no tienen mar (Aragón, Navarra, Castilla, Madrid), y que no teníamos mayor conocimiento de las mareas, de la subida y la bajada de las mareas. Los de la fila 1ª llegaban a primera hora, ponían sus mantas y sombrillas cerca del mar, y a partir de ahí parecía que todos los días la marea empezaba a bajar durante la mañana. Eso parecía algo obvio: no lo era del todo.

El último día estábamos así, los de 1ª en 1ª, los de 2ª en 2ª, los de 3ª en 3ª, detrás el vacío, cuando la gente de 1ª pegó un grito: el mar había empezado a subir, y de golpe una ola grande les bañó los pies a los que estaban tumbados. Al poco, un grito más. Asombrosamente, el mar estaba yendo hacia la marea alta, y además era un día de mucho viento, así que no lo hacía plácidamente, sino a saltos. Nadie se quería mover, los de 1ª no querían pasar a 4ª, pero cuando las olas, todas, llegaban ya a su altura y empezaron a mojar las sombrillas, tuvieron que rendirse e irse al final. Los de la 2ª nos quedamos en primera línea de combate, ¿quedaría ahí la cosa?, pronto se vio que no, los de 2ª pasamos a 5ª y los de 3ª a 6ª. Unos niños habían estado haciendo un gran agujero en la fila 3ª, lejos del mar, y al acabar la mañana estaba inundado de agua.

Viví todo esto con la fascinación, con el terror, que nos produce la decadencia: ¿hasta dónde iba a llegar nuestra ruina? ¿Por qué lo que siempre había parecido seguro dejaba de serlo? Recordé muchas veces Muerte en Venecia, de Thomas Mann, en donde la peste va invadiéndolo todo, sigilosamente. Y dos imágenes tremendas. Una mujer gorda, aterrorizada, con la sillita del niño, con los dos niños pequeños, con la sombrilla y la bolsa, el mar le iba rozando todo, le ofrecimos ayudar a mover el campamento, ella se negó, gritaba a "papá", un señor delgadito y bajito, metido en el oleaje, ajeno a todo. Y, segunda escena, algunas sombrillas olvidadas, en la fila 1ª, rodeadas por el mar, agitadas por el mar, como en una obra de escultura moderna de uno de nuestros parques públicos.

domingo, 10 de agosto de 2008

En la playa (I)

La playa resultó ser mucho menos vulgar de lo que yo suponía en el post anterior. He aquí que de Peñíscola a Benicarló, en la bahía, va una fila de hoteles y de bloques de apartamentos, sin parar, sin huecos, un paseo marítimo de kilómetros, pero con sólo una fila de edificios. Si la rodeas, si cruzas la carretera que va por detrás, al otro lado hacia el interior hay una extensión enorme que hace no mucho fue huertas y cultivos y que ahora (en general) se ha convertido en una zona de juncos salvajes. Eso hace que, cuando vas a la playa, sólo coincidas a la gente de tu hotel y de los edificios vecinos, más alguno que ha venido en coche, poca gente, en todo caso. De ahí venía la familiaridad: el niño gordo resentido que destruía los castillos ajenos, la vieja que perdió su bastón en el mar, los aragoneses que pegaban gritos con su acento peculiar. Todo familiar, todo con encanto, mucho mejor de lo que me esperaba antes del viaje.

Dos detalles cutres, como de cuando yo era niño y España era un país todavía más atrasado: unos negros altísimos, cargados de pulseras, de collares, de CD grabados, de trenzas, de bolsos, que paseaban de un lado a otro, indolentes, sin ofrecer su mercancía, como si nos hicieran un favor por estar ahí; y una fotógrafa que iba ofreciendo hacer reportajes, como si la gente no llevara ya sus máquinas digitales. Lo extraño es que la gente picaba, y hacía unos posados como de porno light, con la barriga pegada a la arena y las piernas muy abiertas y el mar de fondo, algo patético.

A cenar íbamos al pueblo, un pueblo muy turístico, con mucho bullicio, con heladerías, con tiendas de flotadores. Encontramos un sitio maravilloso, con 130 platos, lo que ya es magnífico. Pero es que además habían hecho una foto de cada uno de ellos, y las fotos habían invadido todo: los marcos de las puertas, las paredes, la parte exterior de los techos, el toldo de fuera, ... Uno podía dar un paseo como quien pasea por el Louvre, viendo los 130 platos, eligiendo desde las fotos, todas estupendas, con croissants recién amasados, filetes recién cortados, nata recién montada.

viernes, 1 de agosto de 2008

Playa

Queridos amigos:

Me voy unos pocos días a la playa.

No esperéis a la vuelta un post glamouroso sobre estos días: voy a una playa vulgar, familiar, con señoras gordas con flotador, niños gritando en los supermercados y filas de torres de apartamentos.

Rezad para que me porte bien.

Espero que a la vuelta os sigáis acordando de mí.

Hasta pronto.

F.

La Archienemiga

Comentábamos ayer que el día de San Ignacio empezó con grandes señales. Hoy decimos que siguió con un gran milagro: me anunciaron que mi Archienemiga de la oficina se traslada a otra Administración Pública, así que es posible que no la vuelva a ver nunca más, hasta el día del Juicio Final.

Gracias a Dios, a mis 42 años puedo decir que ha habido muy poca gente en mi vida que haya sido mala conmigo de una forma innecesaria y cruel. Quizá, 3 o 4 personas en todos estos años. En todos los demás casos, con el paso del tiempo he comprendido por qué la gente hizo cosas que me perjudicaron, les he disculpado y, de alguna forma, les he perdonado: probablemente yo, en sus circunstancias, sin ser cristiano, hubiera hecho lo mismo. Hay 3 o 4 excepciones, y sobre todo la de mi Archienemiga, que fue jefa mía, y se comportó muy cruelmente. Siempre que leo Mateo 18,23-35 me siento incapaz de perdonarla, sea lo que sea perdonar a los demás. En este resentimiento ha influido mucho, por supuesto, el miedo, el miedo a que volviera y volviera a complicarme la vida; el miedo y el seguir viéndola por los pasillos, es más fácil perdonar cuando la gente desaparece de tu vida y se pierde en tu pasado.

Así que mi Archienemiga se va, y como decimos en España, “A enemigo que huye, puente de plata”. La distancia y el fin del temor a que vuelva a tener poder sobre mí contribuirán, sin duda, a que aquellas viejas faenas se vayan borrando, y que cuando vuelva a leer Mateo 18,23-35 no me sienta incapaz de cumplir el consejo de Jesús.

jueves, 31 de julio de 2008

Vacaciones, vejez

El día de San Ignacio empieza con grandes prodigios. En el banco me dan un billete de 200 euros y otro de 100, para hacer un pago. Los admiro como uno de pueblo que viene por primera vez a Madrid: su color, el dibujito de una puerta barroca (en el de 100) y de otra clásica (en el de 200), su tacto, ... Nunca te los dan en el cajero automático, casi nunca los ves. Lamentablemente, no llegan a estar ni 20 minutos en mis manos. / Un autobús público viene cojo, como con una rueda pinchada, con el eje inclinado hacia un lado (el lado del conductor): le han borrado la línea y el destino, gira hacia la cochera. / Voy solo en mi autobús, durante un buen rato, como un rico en su limusina.

.....

El fin del curso, la víspera de vacaciones, tiene siempre para mí un punto algo melancólico. Uno recuerda cuando empezó el “año”, en septiembre, y los grandes propósitos que se hizo, y ahora, al acabar, reflexiona sobre si ha hecho mucho, bastante o poco. Supongo que será igual que la vejez, la vejez de un viejo listo: ¿podría haber aprovechado más mi vida, cuando ya queda poco de ella? Repaso mi año, tantas tardes ociosas, tantas noches oyendo bobadas en la radio, tantos domingos de levantarme tarde, y las grandes cosas que me propuse y que no he cumplido totalmente. Por otro lado, doy gracias a Dios por las grandes cosas ocurridas este año, por los momentos de valor y de fuerza de voluntad. Como un viejo de 80 años, vaya.

La anterior reflexión lleva a un planteamiento práctico: como esos viejos que ven que podían haber aprovechado más su vida y no se desaniman, y siguen leyendo / ayudando / andando / viajando / rezando / mirando / escribiendo hasta el último día, así yo intento que mis últimos días de curso, de año, no sean días perdidos. No recuperaré el tiempo perdido en estos 11 meses, pero como dijo el italiano, Un buen final redime toda una vida. Ordeno el ordenador, llamo a gente, ordeno papeles, tiro cosas en casa, todo lo que si lo dejara para la vuelta, para septiembre, sería un lastre tedioso en el inicio del nuevo año. Como un viejo que sigue estudiando hasta el último día.

(Sí, ya lo sé: la comparación no es exacta. Por muy malo que haya sido el curso escolar, por muy crítico que se sea con uno mismo en julio, en septiembre siempre tiene otra ocasión, y al septiembre del otro año, otra más; en la vejez, como es obvio, no viene nunca un nuevo septiembre).

lunes, 28 de julio de 2008

Croquetas

Con santo entusiasmo, con todo el tiempo por delante de un domingo de julio, cojo mi libro de cocina y me dispongo a hacer croquetas. En todos estos años sólo me he atrevido a hacerlas una vez: quedaron bien, pero enormes, poco hechas por dentro.

Enciendo el fuego, pongo la cazuela, echo la mantequilla, echo el aceite, echo la harina, echo la leche, echo la sal, remuevo bien, y en poco tiempo está hecha la bechamel. La pruebo: está buena, pero demasiado espesa, demasiado engrudo. Echo más leche, remuevo bien, ya queda mejor, apago el fuego, vierto la pasta en una bandeja y la dejo reposar durante dos horas, como ordena el bendito libro.

Al volver a casa, echo en un plato el pan rallado y en otro los huevos bien batidos. Cuando cojo la masa para hacer la primera bola, se me cae entre los dedos: está demasiado poco sólida. La echo más harina, la meto en la nevera otro rato, pero en vano. Hago una bolita que no llega a ser bolita, la revuelvo en el pan rallado y la paso por huevo y otra vez por el pan rallado, la bola se va deformando según la toco, toda ella se llena de huevo y de pan, muy mal, pero al menos logra cierta individualidad. La segunda queda aún más deforme, y la tercera, según se van gastando el pan rallado y el huevo, no llega a tenerse en pie.

Inútil poner la sartén con el aceite. Mi comida dominical será una deliciosa bechamel líquida, con trocitos de jamón. No me desanimo nada: mi vida en agosto, en vacaciones, ya tiene un objetivo por el que luchar, haré croquetas día tras día, hasta que el 1 de septiembre, lunes, me queden perfectas, como para invitar a mis vecinas a merendar.