Ya hablamos en su día de la vanidad del blogger.
La soledad del blogger. Es decir, estas preguntas: ¿Cuánta gente contesta mis posts, más o menos habitualmente? ¿Cuánta gente me gustaría que lo hiciera? ¿Pienso que hay una relación entre la gente que me contesta y la gente que me lee sin contestar (tipo: por cada uno que contesta hay cinco que leen sin contestar)? ¿Me importa que haya o no gente que me lea sin contestar?
Estas preguntas me han surgido por un blog que leo todos los días, de un cura muy simpático y muy santo. Tiene este blogcura una blogfeligresía fija, que le contestamos periódicamente, no todos los días, pero sí a lo mejor una o dos o tres veces por semana: más o menos, calculando al alza, unos 15 bloggers, lo que está muy bien. En un post del otro día comentó, muy contento, que había llegado a las 30.000 entradas, y que además tenía una media de 300 lectores diarios. Esto me dejo muy sorprendido: ¿es posible que si uno tiene 15 bloggers contestadores haya otros 285 que se limitan a pasar, leer e irse? ¿19 lectores callados por cada 1 respondón? Me pareció exagerado. Cometió el buen padre la ingenuidad de animar a sus blogfeligreses anónimos a que se manifestaran, como dice él, para que así todos nos conociéramos mejor, en plan parroquia. Gran ingenuidad, claro. No aparecieron ni los 285, ni 150, ni 50, sino unos 12. Hay que deducir que los otros 237 que faltan para llegar a 300 diarios o son muy tímidos o somos los habituales que entramos varias veces al día para ver si nos publican el envío y para ver si alguien ha respondido a nuestras grandes ocurrencias.
Hace tiempo conocí un caso aún más radical. La página web era de un chico muy comunista, en donde sólo respondíamos dos personas: un amigo suyo todavía más comunista, y yo, nada comunista. Aquello estaba muy bien, tenía un punto casi familiar, nunca vi ninguna contestación de un tercero. Un buen día, tuvo una ocurrencia similar a la del cura: proclamó que según un medidor, tenía 130 lectores diarios, y que como estos eran muchos, le habían metido en una categoría especial, de webs muy visitadas. Me pareció increíble que alguien tan inteligente como él pudiera creerse esto: ¿como va a ser cierta una proporción de 64 lectores callados por cada 1 contestador? ¿Ninguno de esos 64 tuvo nunca jamás nada que decir, ni un mero “Esto está muy bien”?
¿Cuánta gente contesta mis posts, más o menos habitualmente? ¿Cuánta gente me gustaría que lo hiciera?
(Para otro día dejo la explicación del enorme beneficio que este blog supone para mi cerebro y para mi corazón)
viernes, 20 de junio de 2008
jueves, 19 de junio de 2008
Seis palabras
Cuenta el periódico una historia simpática. En Estados Unidos hay una web, Smith, que está siendo un enorme éxito. En varios apartados, la gente común (se apellide Smith o de otra forma sencilla) va contando cosas, o colgando dibujos, o comics, o lo que sea: por ejemplo, hay uno para poner verde a la ex-pareja, o para contar tus obsesiones o tu embarazo.
Según la noticia, el apartado más exitoso es uno llamado “Seis palabras” (en inglés, claro), en donde la gente ha de contar su vida en seis palabras. Esto ha sido un gran fenómeno, que ha llevado a publicar un libro con las mejores autobiografías, y que ha sido un bestseller. Al periódico le hacen gracia varias de las vidas en 6 palabras:“Nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, adolescencia”. O “Nací en Utah, después nada pasó”.
Lo traigo aquí porque me ha parecido divertido, no porque pretenda que nosotros hagamos lo mismo, impúdicamente: es verdad que somos amigos, pero como se dice en España, “Donde hay confianza da asco”. Sin entrar en detalles, pienso en mi vida, y la resumo en cinco palabras: la formación religiosa que recibí, la carrera que hice, el trabajo que tengo y la gente más importante de mi vida. Todavía me sobra una, lo que supongo que es síntoma de juventud.
Según la noticia, el apartado más exitoso es uno llamado “Seis palabras” (en inglés, claro), en donde la gente ha de contar su vida en seis palabras. Esto ha sido un gran fenómeno, que ha llevado a publicar un libro con las mejores autobiografías, y que ha sido un bestseller. Al periódico le hacen gracia varias de las vidas en 6 palabras:“Nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, adolescencia”. O “Nací en Utah, después nada pasó”.
Lo traigo aquí porque me ha parecido divertido, no porque pretenda que nosotros hagamos lo mismo, impúdicamente: es verdad que somos amigos, pero como se dice en España, “Donde hay confianza da asco”. Sin entrar en detalles, pienso en mi vida, y la resumo en cinco palabras: la formación religiosa que recibí, la carrera que hice, el trabajo que tengo y la gente más importante de mi vida. Todavía me sobra una, lo que supongo que es síntoma de juventud.
martes, 17 de junio de 2008
Final (o "La huelga (y III)")
Ayer se acabó la huelga; o, para hablar con precisión, se suspendió indefinidamente el paro patronal.
Lo más siniestro del caso es que esto se ha decidido no porque se haya llegado a un acuerdo, ni porque se hayan apiadado de la gente perjudicada. Nada de eso: el motivo es que ayer cientos de camiones venían por todas las carreteras, dispuestos a bloquear Madrid, a sitiarla, y la Guardia Civil les fue parando lejos. La prensa exquisita se pregunta hoy si esto no fue una detención ilegal, pero lo cierto es que se evitó una situación de matonismo, de chantaje, similar a la del que secuestra a alguien para pedir rescate. Fracasada la coacción, no tenía sentido seguir con el paro.
El gobierno ha ganado. Toda la simpatía que pudieron lograr los transportistas al inicio se evaporó cuando comenzaron la violencia y los piquetes. El gobierno ha quedado bien, como tíos muy machos, que no toleran coacciones ni ceden bajo amenaza.
A ver cuánto tarda en venir la siguiente.
Lo más siniestro del caso es que esto se ha decidido no porque se haya llegado a un acuerdo, ni porque se hayan apiadado de la gente perjudicada. Nada de eso: el motivo es que ayer cientos de camiones venían por todas las carreteras, dispuestos a bloquear Madrid, a sitiarla, y la Guardia Civil les fue parando lejos. La prensa exquisita se pregunta hoy si esto no fue una detención ilegal, pero lo cierto es que se evitó una situación de matonismo, de chantaje, similar a la del que secuestra a alguien para pedir rescate. Fracasada la coacción, no tenía sentido seguir con el paro.
El gobierno ha ganado. Toda la simpatía que pudieron lograr los transportistas al inicio se evaporó cuando comenzaron la violencia y los piquetes. El gobierno ha quedado bien, como tíos muy machos, que no toleran coacciones ni ceden bajo amenaza.
A ver cuánto tarda en venir la siguiente.
lunes, 16 de junio de 2008
Noviazgo irlandés
-¿Nos vamos a vivir juntos?
-Humm ... No sé si estaremos preparados.
Ha ocurrido en Irlanda un acontecimiento de tremenda importancia para el futuro de Europa.
La Unión Europea empezó en 1957, cuando seis países formaron la Comunidad Económica Europea para gestionar juntos algunos asuntos económicos y así salir adelante en un mundo muy complicado. Con el paso del tiempo, los países se fueron ampliando (España, por ejemplo, no entró hasta 1986) hasta llegar a los 27 actuales, y se fue profundizando en esas políticas comunes, con nuevos Tratados. Es un proceso similar al de Mercosur americano, pero más fuerte.
Tras el Tratado de Niza, en 2001, se produjo lo que yo llamé la “crisis del noviazgo”. Era como estas parejas de novios que llevan siéndolo 10 o 15 años, y que están bien, pero que se plantean la posibilidad de irse a vivir juntos: ir adelante les da miedo, pero quedarse como están les parece insuficiente. Igual pasó en Europa: los esquemas antiguos parecían ya viejos, pero no estaba claro a dónde íbamos. Para salir adelante, se elaboró una Constitución europea, con más de 300 artículos, mediante la cual se suponía que Europa daba un paso adelante: sin llegar a ser un Estado federal (como Estados Unidos) era algo más que lo que es ahora. Sí, como si los novios citados dijeran: “Vamos a irnos a vivir juntos, pero sin casarnos”. Los políticos pretendieron ilusionarnos. El tema se llevó a referéndum en varios países. En los incultos manipulables, como España, el tema salió adelante por goleada. Pero al llegar el turno de los cultos, Francia y Holanda, la gente votó NO.
La Unión Europea ha estado dos años desorientada. Con mucho esfuerzo, se ha ido negociando un pequeño Tratado, llamado de Lisboa, que recoge algunas cosas de la difunta Constitución, pero sin grandes pretensiones. Como si los novios se dijeran: “Vale, ni nos casamos ni nos vamos a vivir juntos, pero quedamos más días a la semana”. Escarmentados por lo ocurrido en Francia y Holanda, todos decidieron que bastaba con que el Tratado lo votasen los Parlamentos, sin tener que ir a referéndum. Todos ... menos Irlanda. Ahí ha ido a votación, el pasado jueves, y ha salido que NO: los novios no se ven capaces ni siquiera de quedar más horas. El asunto abre, pues, un nuevo período de crisis, de nueva discusión sobre a dónde queremos llegar.
-¿Y si al menos quedamos a comer más días, tras 15 años de noviazgo?
-No sé, ¿no estamos bien como estamos?
-Humm ... No sé si estaremos preparados.
Ha ocurrido en Irlanda un acontecimiento de tremenda importancia para el futuro de Europa.
La Unión Europea empezó en 1957, cuando seis países formaron la Comunidad Económica Europea para gestionar juntos algunos asuntos económicos y así salir adelante en un mundo muy complicado. Con el paso del tiempo, los países se fueron ampliando (España, por ejemplo, no entró hasta 1986) hasta llegar a los 27 actuales, y se fue profundizando en esas políticas comunes, con nuevos Tratados. Es un proceso similar al de Mercosur americano, pero más fuerte.
Tras el Tratado de Niza, en 2001, se produjo lo que yo llamé la “crisis del noviazgo”. Era como estas parejas de novios que llevan siéndolo 10 o 15 años, y que están bien, pero que se plantean la posibilidad de irse a vivir juntos: ir adelante les da miedo, pero quedarse como están les parece insuficiente. Igual pasó en Europa: los esquemas antiguos parecían ya viejos, pero no estaba claro a dónde íbamos. Para salir adelante, se elaboró una Constitución europea, con más de 300 artículos, mediante la cual se suponía que Europa daba un paso adelante: sin llegar a ser un Estado federal (como Estados Unidos) era algo más que lo que es ahora. Sí, como si los novios citados dijeran: “Vamos a irnos a vivir juntos, pero sin casarnos”. Los políticos pretendieron ilusionarnos. El tema se llevó a referéndum en varios países. En los incultos manipulables, como España, el tema salió adelante por goleada. Pero al llegar el turno de los cultos, Francia y Holanda, la gente votó NO.
La Unión Europea ha estado dos años desorientada. Con mucho esfuerzo, se ha ido negociando un pequeño Tratado, llamado de Lisboa, que recoge algunas cosas de la difunta Constitución, pero sin grandes pretensiones. Como si los novios se dijeran: “Vale, ni nos casamos ni nos vamos a vivir juntos, pero quedamos más días a la semana”. Escarmentados por lo ocurrido en Francia y Holanda, todos decidieron que bastaba con que el Tratado lo votasen los Parlamentos, sin tener que ir a referéndum. Todos ... menos Irlanda. Ahí ha ido a votación, el pasado jueves, y ha salido que NO: los novios no se ven capaces ni siquiera de quedar más horas. El asunto abre, pues, un nuevo período de crisis, de nueva discusión sobre a dónde queremos llegar.
-¿Y si al menos quedamos a comer más días, tras 15 años de noviazgo?
-No sé, ¿no estamos bien como estamos?
sábado, 14 de junio de 2008
Paz (o "La huelga (II)")
Lentamente, vuelve la paz. En los periódicos siguen saliendo noticias de camiones quemados en la madrugada, de fábricas de coches sin material para trabajar, de disturbios en los puertos, pero en nuestra vida cotidiana todo va volviendo a la calma: hay casi de todo en el súper, hay gasolina, hay donuts, hay periódicos. La huelga se va apagando.
Apuntaba Juan Ignacio en "La huelga (I)" la posibilidad de que estos hechos costasen popularidad al gobierno de Zapatero. La popularidad del gobierno es dura como el titanio, indestructible como el diamante. Tras dejar que el tema se pudriera, tomó dos medidas: llegar a un pacto con los empresarios que NO convocaban la huelga y, sobre todo, poner en marcha a 20 mil policías. Ambas cosas, por raro que parezca, han servido para que los súper vuelvan a estar (casi) llenos y la gente calmada. Ante la opinión de marujas y manolos, el gobierno queda como garante del orden, que no se ha plegado a las peticiones de los malvados patronos.
Ahora vuelvo a apreciar todo: la maravilla de poder comprar galletas y ARROZ, el milagro de poder tenerlo en casa y su sabor maravilloso, algo olvidado tras tantos años de normalidad.
Apuntaba Juan Ignacio en "La huelga (I)" la posibilidad de que estos hechos costasen popularidad al gobierno de Zapatero. La popularidad del gobierno es dura como el titanio, indestructible como el diamante. Tras dejar que el tema se pudriera, tomó dos medidas: llegar a un pacto con los empresarios que NO convocaban la huelga y, sobre todo, poner en marcha a 20 mil policías. Ambas cosas, por raro que parezca, han servido para que los súper vuelvan a estar (casi) llenos y la gente calmada. Ante la opinión de marujas y manolos, el gobierno queda como garante del orden, que no se ha plegado a las peticiones de los malvados patronos.
Ahora vuelvo a apreciar todo: la maravilla de poder comprar galletas y ARROZ, el milagro de poder tenerlo en casa y su sabor maravilloso, algo olvidado tras tantos años de normalidad.
viernes, 13 de junio de 2008
San Antonio
Hoy es San Antonio de Padua, uno de los santos más populares en Madrid. En muchas iglesias, antiguas o nuevas, tiene su altar particular. Los madrileños ricos le querían, porque les daba ocasión de ejercer la caridad, y los pobres porque les mejoraba algo su triste vida (el “pan de San Antonio”). En mi parroquia, que es un edifico moderno, esto sigue siendo así: en su capilla es donde está instalada la hucha de Cáritas, en la que mucha gente echa una moneda los domingos, tras la Misa.
A finales del siglo XVIII se construyó la ermita de San Antonio de la Florida, en las afueras de Madrid. El edifico es neoclásico, no especialmente bonito, pero tiene gran importancia porque Goya pintó toda la cúpula, con estupendas escenas de la vida del santo: los personajes van vestidos como gente de la época. Con el paso del tiempo se levantó una ermita gemela, ya sin pinturas, que es la que se usa para el culto. El efecto de los dos edificios gemelos es curioso, parecido a la Plaza del Popolo de Roma.
En este día se celebra en Madrid una de las fiestas más simpáticas del año. Se la sigue llamando “de las modistillas”, aunque hace años que ya no va ninguna. En el jardín de la ermita nueva se pone una pila de agua, vacía. Las mozas o señoras que se quieren casar van, llevando un puñado de alfileres, y tras guardar cola lo tiran en la pila. Después meten la mano, y si alguno se le queda clavado en la palma, es señal de que el santo las va a buscar novio durante el año; si se les clavan varios, pues aún mejor. Siempre se forman colas enormes, así que supongo que la tradición se cumple. A las chicas y señoras de siempre se han unido las muchachas emigrantes, que además de un buen trabajo quieren un buen novio.
Todo esto tiene mucha risa, y mucho encanto, pero el puntito un poco triste lo dan algunas mozas ya treintañeras, que en la fila miran el suelo muy fijamente, como avergonzadas de tener que seguir yendo ahí para no quedarse solas. ¡A ver si este año tienen suerte!
A finales del siglo XVIII se construyó la ermita de San Antonio de la Florida, en las afueras de Madrid. El edifico es neoclásico, no especialmente bonito, pero tiene gran importancia porque Goya pintó toda la cúpula, con estupendas escenas de la vida del santo: los personajes van vestidos como gente de la época. Con el paso del tiempo se levantó una ermita gemela, ya sin pinturas, que es la que se usa para el culto. El efecto de los dos edificios gemelos es curioso, parecido a la Plaza del Popolo de Roma.
En este día se celebra en Madrid una de las fiestas más simpáticas del año. Se la sigue llamando “de las modistillas”, aunque hace años que ya no va ninguna. En el jardín de la ermita nueva se pone una pila de agua, vacía. Las mozas o señoras que se quieren casar van, llevando un puñado de alfileres, y tras guardar cola lo tiran en la pila. Después meten la mano, y si alguno se le queda clavado en la palma, es señal de que el santo las va a buscar novio durante el año; si se les clavan varios, pues aún mejor. Siempre se forman colas enormes, así que supongo que la tradición se cumple. A las chicas y señoras de siempre se han unido las muchachas emigrantes, que además de un buen trabajo quieren un buen novio.
Todo esto tiene mucha risa, y mucho encanto, pero el puntito un poco triste lo dan algunas mozas ya treintañeras, que en la fila miran el suelo muy fijamente, como avergonzadas de tener que seguir yendo ahí para no quedarse solas. ¡A ver si este año tienen suerte!
martes, 10 de junio de 2008
Miedo (o “La huelga (I)”)
O, en fin, bolivarización, la bolivarización de España, de Madrid, con enormes filas de coches intentando pillar las últimas gotas de gasolina, como veíamos que pasaba en algunos países pobres de América.
Pero, ante todo, miedo. En los cuatro primeros años de Zapatero, hemos pasado por muchos sentimientos: enfado, ira, pena, rabia, risa, vergüenza, esperanza (de que se fuera), desesperanza (por las encuestas), humillación, ... Pero, miedo, yo creo que no. Pues bien, ahora la gente, en España, en Madrid, tiene miedo, un miedo real a que se acabe la gasolina, a que se acabe la comida de los súper, a que los piquetes informativos le corten la carretera, a que deje de venir pescado. Nada de esto es superfluo, la gente tiene, tenemos miedo, a que en pocos días nos veamos sin estas cosas elementales. Yo mismo, el primero, me da vergüenza decirlo, ayer me hice un súper para comprar latas de conservas y bolsas de patatas. Porque no tengo coche, que si no me habría pillado un bidón de gasolina.
Para ser precisos, no son huelgas: son “cierres patronales”, de los empresarios del transporte o de la pesca, alegremente secundados por sus trabajadores, que les hacen el juego sucio de cortar carreteras, quemar neumáticos o tirar pescado en las plazas. Estos señores empresarios tienen toda la razón del mundo para estar enfadados, y su planteamiento es irrebatible: no vamos a seguir transportando o saliendo a pescar porque, por la subida del petróleo, nos sale más caro movernos que quedarnos quietos. Este razonamiento es impecable. La solución ya no lo es tanto: que el Estado cargue con el problema, que el Estado baje los impuestos que pagan, que subvencione el gasoil que usan, que les recorte las cotizaciones sociales. Así ocurrió en 2005, cuando llevábamos poco tiempo de gobierno Zapatero, y también subió el combustible. Pero claro, eso no deja de ser algo muy injusto: la gasolina ha subido para todo el mundo, ¿qué tiene que hacer el conductor normal para que también a él le ayude el Estado? ¿Cortar las grandes calles de Madrid o Barcelona, asaltar algún edificio público, quemar algún archivo? Además, que los años felices del superávit ya han pasado.
(Esta mañana he sentido en mis carnes los primeros efectos de la huelga, de la bolivarización, del miedo: he pedido en la cafetería un donuts, y el señor me ha dicho que no le habían llegado, por la huelga: me he tenido que conformar con un croissant).
Pero, ante todo, miedo. En los cuatro primeros años de Zapatero, hemos pasado por muchos sentimientos: enfado, ira, pena, rabia, risa, vergüenza, esperanza (de que se fuera), desesperanza (por las encuestas), humillación, ... Pero, miedo, yo creo que no. Pues bien, ahora la gente, en España, en Madrid, tiene miedo, un miedo real a que se acabe la gasolina, a que se acabe la comida de los súper, a que los piquetes informativos le corten la carretera, a que deje de venir pescado. Nada de esto es superfluo, la gente tiene, tenemos miedo, a que en pocos días nos veamos sin estas cosas elementales. Yo mismo, el primero, me da vergüenza decirlo, ayer me hice un súper para comprar latas de conservas y bolsas de patatas. Porque no tengo coche, que si no me habría pillado un bidón de gasolina.
Para ser precisos, no son huelgas: son “cierres patronales”, de los empresarios del transporte o de la pesca, alegremente secundados por sus trabajadores, que les hacen el juego sucio de cortar carreteras, quemar neumáticos o tirar pescado en las plazas. Estos señores empresarios tienen toda la razón del mundo para estar enfadados, y su planteamiento es irrebatible: no vamos a seguir transportando o saliendo a pescar porque, por la subida del petróleo, nos sale más caro movernos que quedarnos quietos. Este razonamiento es impecable. La solución ya no lo es tanto: que el Estado cargue con el problema, que el Estado baje los impuestos que pagan, que subvencione el gasoil que usan, que les recorte las cotizaciones sociales. Así ocurrió en 2005, cuando llevábamos poco tiempo de gobierno Zapatero, y también subió el combustible. Pero claro, eso no deja de ser algo muy injusto: la gasolina ha subido para todo el mundo, ¿qué tiene que hacer el conductor normal para que también a él le ayude el Estado? ¿Cortar las grandes calles de Madrid o Barcelona, asaltar algún edificio público, quemar algún archivo? Además, que los años felices del superávit ya han pasado.
(Esta mañana he sentido en mis carnes los primeros efectos de la huelga, de la bolivarización, del miedo: he pedido en la cafetería un donuts, y el señor me ha dicho que no le habían llegado, por la huelga: me he tenido que conformar con un croissant).
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