Queridos amigos:
Como no creo que sigamos siendo bloggers que escriben a otros bloggers, sino más bien amigos, quisiera haceros una consulta, a ver qué os parece.
En mi oficina van a ascender injustamente a una persona, con menor titulación y menos cursos que los míos, de tal forma que va a cobrar lo mismo que yo. Esto me indigna y me parece humillante, pero es un hecho inevitable. Me planteo hacer un escrito muy enfadado a mis jefes, protestando.
A favor de hacerlo está que hay un tema de dignidad (si lo tolero es como si no defendiera el valor de mis estudios y mis cursos) y que me desahogaría, lo cual siempre es bueno.
En contra de hacerlo está que algunos de sus amigos me podrían perjudicar (un poco) la vida (más control de horario, retraso en los suministros de material, ...) y que es una tontería hacer cosas que uno sabe que son totalmente inútiles.
¿Qué haríais vosotros, en mi caso?
miércoles, 28 de mayo de 2008
lunes, 26 de mayo de 2008
Corpus en Toledo
Voy al desfile del Corpus en Toledo, por la mañana.
Acompañan al Señor, en la espléndida custodia de Enrique de Arfe, el Gremio de los Hortelanos (con capa marrón), las Damas de la Inmaculada (con peineta negra), los Caballeros Mozárabes (con vestidura azul), la Soberana Orden de Malta (con vestidura negra), los Caballeros del Santo Sepulcro (con hábito blanco), los Infanzones de Illescas (con vestidura roja), los Caballeros del Corpus Christi (con túnica verde) y, en fin, el Cardenal Primado de las Españas con todo su Cabildo: en definitiva, la Iglesia española de ayer, que probablemente ya saldría en el desfile del Corpus de Toledo cuando nuestros antepasados viajaran a América a cristianizar todo el continente.
Bajo tanta mayúscula, se dio el hecho conmovedor de que llovía, mansamente, pero llovía. Era algo triste ver a todos los caballeros arrastrar sus capas por el suelo mojado, a todas las damas mojándose la mantilla, a todas las niñas de Primera Comunión con el traje de tul perdiendo su vuelo, a los militares empapándose la gorra. Todos inmutables. Como, además, el suelo es de piedra en muchas callejas y estaba húmedo, tenían que tener gran cuidado para no resbalar. Era también triste ver al Cardenal, un hombre ya mayor y bajito, empapándose por la lluvia.
Es cierto que andar hora y media bajo la lluvia, con riesgo de resbalar, subiendo y bajando cuestas, no es el acto más heroico que puede hacer un cristiano por Dios. Es verdad. Pero lo cierto es que el Cardenal (y con él todo su cortejo) podría haberse ahorrado el chaparrón: hubiera bastado con suspender la procesión, no salir, y ya está. Pero no: la Iglesia española de ayer decidió hacer lo que había que hacer, lo hizo y ya está.
...
Por la tarde estaba prevista la procesión del Corpus de Madrid, que tendría que haber ido por todo el Madrid antiguo durante dos horas. Aquí no salen ni Infanzones, ni Caballeros, ni Órdenes de Malta. Es la Iglesia española de hoy: los movimientos seglares, Cáritas, diversas iniciativas sociales, las nuevas parroquias, los laicos, ... El cielo estaba azul, con pequeñas nubes aisladas.
Al acabar la Misa en la Catedral, se sacó a la custodia por una puerta, se rodeó rápidamente el edificio, se hizo un pequeño acto litúrgico en la fachada principal, se guardó al Señor y ahí acabó todo, no fuera a llover.
Al rato de disolvernos, las pequeñas nube aisladas desaparecieron, y el cielo quedó totalmente azul.
¿Hubo prudencia o qué hubo? Que Dios ayude a la Iglesia española de hoy, para que se atreva a tirar hacia adelante, sin asustarse por las nubecillas del cielo.
Acompañan al Señor, en la espléndida custodia de Enrique de Arfe, el Gremio de los Hortelanos (con capa marrón), las Damas de la Inmaculada (con peineta negra), los Caballeros Mozárabes (con vestidura azul), la Soberana Orden de Malta (con vestidura negra), los Caballeros del Santo Sepulcro (con hábito blanco), los Infanzones de Illescas (con vestidura roja), los Caballeros del Corpus Christi (con túnica verde) y, en fin, el Cardenal Primado de las Españas con todo su Cabildo: en definitiva, la Iglesia española de ayer, que probablemente ya saldría en el desfile del Corpus de Toledo cuando nuestros antepasados viajaran a América a cristianizar todo el continente.
Bajo tanta mayúscula, se dio el hecho conmovedor de que llovía, mansamente, pero llovía. Era algo triste ver a todos los caballeros arrastrar sus capas por el suelo mojado, a todas las damas mojándose la mantilla, a todas las niñas de Primera Comunión con el traje de tul perdiendo su vuelo, a los militares empapándose la gorra. Todos inmutables. Como, además, el suelo es de piedra en muchas callejas y estaba húmedo, tenían que tener gran cuidado para no resbalar. Era también triste ver al Cardenal, un hombre ya mayor y bajito, empapándose por la lluvia.
Es cierto que andar hora y media bajo la lluvia, con riesgo de resbalar, subiendo y bajando cuestas, no es el acto más heroico que puede hacer un cristiano por Dios. Es verdad. Pero lo cierto es que el Cardenal (y con él todo su cortejo) podría haberse ahorrado el chaparrón: hubiera bastado con suspender la procesión, no salir, y ya está. Pero no: la Iglesia española de ayer decidió hacer lo que había que hacer, lo hizo y ya está.
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Por la tarde estaba prevista la procesión del Corpus de Madrid, que tendría que haber ido por todo el Madrid antiguo durante dos horas. Aquí no salen ni Infanzones, ni Caballeros, ni Órdenes de Malta. Es la Iglesia española de hoy: los movimientos seglares, Cáritas, diversas iniciativas sociales, las nuevas parroquias, los laicos, ... El cielo estaba azul, con pequeñas nubes aisladas.
Al acabar la Misa en la Catedral, se sacó a la custodia por una puerta, se rodeó rápidamente el edificio, se hizo un pequeño acto litúrgico en la fachada principal, se guardó al Señor y ahí acabó todo, no fuera a llover.
Al rato de disolvernos, las pequeñas nube aisladas desaparecieron, y el cielo quedó totalmente azul.
¿Hubo prudencia o qué hubo? Que Dios ayude a la Iglesia española de hoy, para que se atreva a tirar hacia adelante, sin asustarse por las nubecillas del cielo.
viernes, 23 de mayo de 2008
Adolescentes
Ya he contado en algún post que voy todos los días al trabajo en la misma línea de autobús, más o menos a la misma hora, por lo que algunos viajeros con los que suelo coincidir son para mí personajes familiares: por ejemplo, dos chicos que van a un colegio cercano a mi oficina, de uniforme.
Hace varios años, ellos eran niños: un niño normal, más bien bajo, y un niño normal, más bien alto. Los días que coincidíamos eran para mí días de alegría. Se sentaban y uno le decía al otro: “¡Ayer me llevaron mis padres al cine!”. “¡Ah, qué suerte!. ¿Y qué viste?”. Y el otro le contaba (nos contaba) la película: siempre era interesantísima, con grandes personajes, imitando los ruidos que salían. O bien decía el segundo al primero: “¡Ayer me llevaron mis padres al campo!” “¡Ah, qué bueno! ¿Y cómo era?”. Y el segundo le contaba (nos contaba) las cien cosas interesantes que un niño puede ver en un prado en el que su padre fríe chuletas: tal pájaro, tal río, tal montaña, tal excursionista, tal piedra. Creo que el día que mejor lo pasé fue cuando el segundo, el más bien alto, le contó al otro que su padre había comprado una revista de coches, que él se había estudiado: nos dio mil explicaciones amenísimas sobre carrocerías, diesel, airbags y pistones, temas que a mí me eran tan ajenos como el teatro japonés del siglo XVIII.
Para mí eran días de alegría, sí. Cuando uno ve tantos matrimonios aburridos, tantas familias que no saben de qué hablar, tanta gente colgada del aparato de música, era maravilloso ver como estos dos tíos podían fijarse y desarrollar mil detalles curiosos de algo sencillo (una peli, una charla de su madre con una vecina, ...), que hacían amenísimo el viaje y la vida. De alguna forma, tenían la capacidad de las mujeres, que saben sacar una historia interesante en donde el hombre ve un hecho breve, fácil de resumir.
Los años han pasado. Ya no son niños, sino adolescentes. El niño normal, más bien bajo, es ahora un adolescente alto. El niño normal, más bien alto, es ahora un adolescente gigantesco. El adolescente alto tiene problemas en casa, sus padres se han separado, y la relación con la madre no es buena. El adolescente gigantesco tiene problemas en clase, ningún profesor le comprende, ni sus padres comprenden que saque malas notas. Todo son quejas. Los otros dos únicos temas de conversación son las gamberradas de los compañeros de clase y el mundo tedioso de las playstation, los vídeojuegos y los dragonball. Ya no hay detalles, ya no hay sorpresa ni curiosidad, ya no hay alegría, sino rencor e ira.
Es un alivio cuando se bajan, varias paradas antes que yo.
Hace varios años, ellos eran niños: un niño normal, más bien bajo, y un niño normal, más bien alto. Los días que coincidíamos eran para mí días de alegría. Se sentaban y uno le decía al otro: “¡Ayer me llevaron mis padres al cine!”. “¡Ah, qué suerte!. ¿Y qué viste?”. Y el otro le contaba (nos contaba) la película: siempre era interesantísima, con grandes personajes, imitando los ruidos que salían. O bien decía el segundo al primero: “¡Ayer me llevaron mis padres al campo!” “¡Ah, qué bueno! ¿Y cómo era?”. Y el segundo le contaba (nos contaba) las cien cosas interesantes que un niño puede ver en un prado en el que su padre fríe chuletas: tal pájaro, tal río, tal montaña, tal excursionista, tal piedra. Creo que el día que mejor lo pasé fue cuando el segundo, el más bien alto, le contó al otro que su padre había comprado una revista de coches, que él se había estudiado: nos dio mil explicaciones amenísimas sobre carrocerías, diesel, airbags y pistones, temas que a mí me eran tan ajenos como el teatro japonés del siglo XVIII.
Para mí eran días de alegría, sí. Cuando uno ve tantos matrimonios aburridos, tantas familias que no saben de qué hablar, tanta gente colgada del aparato de música, era maravilloso ver como estos dos tíos podían fijarse y desarrollar mil detalles curiosos de algo sencillo (una peli, una charla de su madre con una vecina, ...), que hacían amenísimo el viaje y la vida. De alguna forma, tenían la capacidad de las mujeres, que saben sacar una historia interesante en donde el hombre ve un hecho breve, fácil de resumir.
Los años han pasado. Ya no son niños, sino adolescentes. El niño normal, más bien bajo, es ahora un adolescente alto. El niño normal, más bien alto, es ahora un adolescente gigantesco. El adolescente alto tiene problemas en casa, sus padres se han separado, y la relación con la madre no es buena. El adolescente gigantesco tiene problemas en clase, ningún profesor le comprende, ni sus padres comprenden que saque malas notas. Todo son quejas. Los otros dos únicos temas de conversación son las gamberradas de los compañeros de clase y el mundo tedioso de las playstation, los vídeojuegos y los dragonball. Ya no hay detalles, ya no hay sorpresa ni curiosidad, ya no hay alegría, sino rencor e ira.
Es un alivio cuando se bajan, varias paradas antes que yo.
martes, 20 de mayo de 2008
Vida cultural española
Queridos amigos de América:
Habéis de saber que el gran acontecimiento cultural de esta primavera española no es la nueva exposición en el Museo del Prado, ni la nueva ópera en el Teatro Real de Madrid, ni siquiera la inminente Exposición Internacional de Zaragoza. No. Lo realmente importante de nuestra vida cultural española es la canción Chiki chiki, que España manda al festival internacional de Eurovisión, este fin de semana.
Queridos amigos, si tenéis la santa paciencia de ver el vídeo, comprobareis que ni la canción es una canción, ni el cantante es un cantante, ni la letra es una letra, ni las bailarinas son bailarinas ni, en fin, la guitarra es una guitarra. Os diréis: ¿cómo es posible que la patria de tan grandes músicos, de Falla, de Turina, de Tomás Luis de Vitoria, de Julio Iglesias, mande semejante cosa a un festival internacional? ¿Es que el jurado se ha vuelto loco?
Si os hacéis estas sabias preguntas, os responderemos: la culpa la tiene la democracia. Ya dijo el sabio Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, que la democracia era un sistema (más o menos) bueno para gobernar un país, pero no para seleccionar quién debía ir a la ópera o cómo debía ser la moda; era un poco retrógrado, el pobre, pero tenía toda la razón del mundo. En el caso de Eurovisión, se permitió que fueran las marujas y los manolos de España quienes cogieran su móvil, mandaran un mensajito y escogieran entre varias opciones posibles: es decir, entre cantantes normales y esto. Por supuesto, escogieron esto, por tremenda mayoría. La explicación es bien lógica. Hubo un error en la pregunta que se respondía. El primer requisito para responder bien, es comprender bien lo que te preguntan. Si no eres capaz de entender la pregunta, es difícil que aciertes con la respuesta. Pues bien, nuestras marujas y nuestros manolos entendieron que la pregunta era “¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”, y, claro, arrasó el Chiquilicuatre. Esta pregunta, está claro, era errada. La pregunta correcta era “¿Cuál es estos cantantes tienen más opciones de ganar Eurovisión, que no es una charanga de pueblo, sino un concurso serio?”
Quiso la bendita casualidad que la votación para elegir la canción fuera la noche antes de las elecciones generales, en la jornada de reflexión. De esta forma, las marujas y los manolos pudieron decidir dos veces en 24 horas la suerte del país. En la segunda votación, como sabemos, salió elegido Zapatero. Esto dio lugar a muchos comentarios de risa en los blogs y en los periódicos reaccionarios: “La España de Chiquilicuatre, la España de ZP”. Pero seamos serios, por favor. Lo que realmente ocurrió fue que, otra vez, las marujas y los manolos no entendieron la pregunta. Y en vez de responder “¿Quién cree usted que puede afrontar mejor la que se nos viene encima?”, la gente volvió a responder a la pregunta errada: ”¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”.
A ver si ganamos el sábado.
Habéis de saber que el gran acontecimiento cultural de esta primavera española no es la nueva exposición en el Museo del Prado, ni la nueva ópera en el Teatro Real de Madrid, ni siquiera la inminente Exposición Internacional de Zaragoza. No. Lo realmente importante de nuestra vida cultural española es la canción Chiki chiki, que España manda al festival internacional de Eurovisión, este fin de semana.
Queridos amigos, si tenéis la santa paciencia de ver el vídeo, comprobareis que ni la canción es una canción, ni el cantante es un cantante, ni la letra es una letra, ni las bailarinas son bailarinas ni, en fin, la guitarra es una guitarra. Os diréis: ¿cómo es posible que la patria de tan grandes músicos, de Falla, de Turina, de Tomás Luis de Vitoria, de Julio Iglesias, mande semejante cosa a un festival internacional? ¿Es que el jurado se ha vuelto loco?
Si os hacéis estas sabias preguntas, os responderemos: la culpa la tiene la democracia. Ya dijo el sabio Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, que la democracia era un sistema (más o menos) bueno para gobernar un país, pero no para seleccionar quién debía ir a la ópera o cómo debía ser la moda; era un poco retrógrado, el pobre, pero tenía toda la razón del mundo. En el caso de Eurovisión, se permitió que fueran las marujas y los manolos de España quienes cogieran su móvil, mandaran un mensajito y escogieran entre varias opciones posibles: es decir, entre cantantes normales y esto. Por supuesto, escogieron esto, por tremenda mayoría. La explicación es bien lógica. Hubo un error en la pregunta que se respondía. El primer requisito para responder bien, es comprender bien lo que te preguntan. Si no eres capaz de entender la pregunta, es difícil que aciertes con la respuesta. Pues bien, nuestras marujas y nuestros manolos entendieron que la pregunta era “¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”, y, claro, arrasó el Chiquilicuatre. Esta pregunta, está claro, era errada. La pregunta correcta era “¿Cuál es estos cantantes tienen más opciones de ganar Eurovisión, que no es una charanga de pueblo, sino un concurso serio?”
Quiso la bendita casualidad que la votación para elegir la canción fuera la noche antes de las elecciones generales, en la jornada de reflexión. De esta forma, las marujas y los manolos pudieron decidir dos veces en 24 horas la suerte del país. En la segunda votación, como sabemos, salió elegido Zapatero. Esto dio lugar a muchos comentarios de risa en los blogs y en los periódicos reaccionarios: “La España de Chiquilicuatre, la España de ZP”. Pero seamos serios, por favor. Lo que realmente ocurrió fue que, otra vez, las marujas y los manolos no entendieron la pregunta. Y en vez de responder “¿Quién cree usted que puede afrontar mejor la que se nos viene encima?”, la gente volvió a responder a la pregunta errada: ”¿Cuál de estos cantantes le parece más divertido, con cuál se identifica Usted más?”.
A ver si ganamos el sábado.
domingo, 18 de mayo de 2008
Santísima Trinidad
Para celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad copio una frase que me ha impresionado mucho, del libro que estoy leyendo, "Testigos de esperanza", del Cardenal Van Thuan:
"Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad, Él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega -como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestros valores humanos" .
"Hogar de la Trinidad": qué profundo, ¿no?
(La naturaleza, en Madrid, celebra la fiesta a su modo: pese a que el cielo está cubierto, decenas de pájaros dan vueltas, piando muy fuerte).
"Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad, Él nos ha traído un amor grande, infinito, divino, un amor que llega -como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestros valores humanos" .
"Hogar de la Trinidad": qué profundo, ¿no?
(La naturaleza, en Madrid, celebra la fiesta a su modo: pese a que el cielo está cubierto, decenas de pájaros dan vueltas, piando muy fuerte).
viernes, 16 de mayo de 2008
San Isidro
Ayer, 25 de mayo, fue San Isidro Labrador, patrón de Madrid. Esto es un poco raro, porque hace muchísimo que en la capital nadie se dedica a la agricultura, pero es así. A cambio, San Isidro es un santo madrileño: yendo por la parte antigua, el Madrid de los Austrias, vamos viendo la iglesia en la que le bautizaron, la casa en la que vivió, la de su patrón Iván de Vargas o la iglesia en cuyo cementerio fue enterrado. Tiene la peculiaridad de que su esposa, María de la Cabeza, también es santa, cosa poco frecuente en el santoral. En fin, uno de sus mejores milagros es que se quedó dormido en el campo, porque había rezado mucho, y para que su patrón Iván de Vargas no le echara la bronca, un ángel bajo del cielo y guió a los bueyes para que araran: esto, en un país tan vago como España, necesariamente ha de ser un milagro simpático.
Cumplimos con todas las tradiciones. Fuimos, por la mañana, a la pradera. Esto ha quedado como una expresión hecha, “ir a la pradera”, pese a que hace décadas que la misma no existe. En la época de Goya había una ermita, la de San Isidro, lejos de la ciudad, al otro lado del río Manzanares. Tal día como ayer, la gente iba de romería, a la pradera que sí que existía. Cuando se prohibió enterrar a gente en los atrios de las iglesias empezaron a usar el campo alrededor de la ermita, que ahora es un cementerio gigantesco, el de San Isidro. La muerte de la pradera vino tras la guerra civil, con el desarrollo económico, cuando se hizo todo un barrio de emigrantes alrededor del cementerio. Por eso, la pradera es ya, sólo, un parque público grande, muy urbanizadito. Allá que fuimos. Era un gozo ver a la gente sentada sobre el césped, húmedo por las lluvias recientes, con la tortilla de patatas y el vino, como si hubiera ido a una pradera de verdad, al campo. Dimos vueltas por el paseo, donde había un maravilloso olor a aceite refrito cuatro veces, a paella recién hecha, a calamares rebozados, a manzanas dulzorras envueltas en caramelo. Junto a la vieja ermita (que ahora, realmente, es la capilla del cementerio), dos colas: una, enorme, para entrar; otra, mayor aún, para beber el agua milagrosa del santo. Desde ese punto se ve la parte antigua de Madrid: el Palacio Real, el Viaducto, las torres de las iglesias, ... La vista es bonita, pero lo es más aún si recordamos una coincidencia: desde aquí pintó Goya un cuadro de la romería de ayer, con la mismas vistas de Madrid: todo está igual, salvo que en medio se han metido mil casas y la nueva Catedral, que no es precisamente bonita.
Por la tarde fuimos a la procesión del santo: una hora y cuarto desde la salida, en la antigua catedral de Madrid, al regreso, lo que para un procesión española es muy poco tiempo. Eso se explica porque no lleva ni nazarenos ni penitentes ni gente con la cruz a cuestas ni nada de eso, sino sólo chulapos y chulapas, es decir, gente vestida con el traje típico de Madrid. Como casi nadie lo tiene, salen unos pocos, luego Santa María de la Cabeza, luego las cofradías amigas, luego San Isidro, luego el Cardenal Rouco, luego el concejal, luego la banda y luego los devotos. Lo dicho: hora y cuarto, cortísima. Lo mejor es el traje de chulapa, un traje raro, como de baile de carnaval, de tela pegada al cuerpo, que se amplía en los tobillos. Esto es muy atractivo si lo lleva una muchacha joven, pero ahí las únicas que salían era señoronas de 60 o más años, bien entradas en carnes, muy valientes por ir mostrando su corpulencia en un traje que no permite ocultar nada.
No llegó a llover.
Al final tomamos rosquillas: tontas (sin adorno), listas (con azúcar) y de Santa Clara (con merengue).
Cumplimos con todas las tradiciones. Fuimos, por la mañana, a la pradera. Esto ha quedado como una expresión hecha, “ir a la pradera”, pese a que hace décadas que la misma no existe. En la época de Goya había una ermita, la de San Isidro, lejos de la ciudad, al otro lado del río Manzanares. Tal día como ayer, la gente iba de romería, a la pradera que sí que existía. Cuando se prohibió enterrar a gente en los atrios de las iglesias empezaron a usar el campo alrededor de la ermita, que ahora es un cementerio gigantesco, el de San Isidro. La muerte de la pradera vino tras la guerra civil, con el desarrollo económico, cuando se hizo todo un barrio de emigrantes alrededor del cementerio. Por eso, la pradera es ya, sólo, un parque público grande, muy urbanizadito. Allá que fuimos. Era un gozo ver a la gente sentada sobre el césped, húmedo por las lluvias recientes, con la tortilla de patatas y el vino, como si hubiera ido a una pradera de verdad, al campo. Dimos vueltas por el paseo, donde había un maravilloso olor a aceite refrito cuatro veces, a paella recién hecha, a calamares rebozados, a manzanas dulzorras envueltas en caramelo. Junto a la vieja ermita (que ahora, realmente, es la capilla del cementerio), dos colas: una, enorme, para entrar; otra, mayor aún, para beber el agua milagrosa del santo. Desde ese punto se ve la parte antigua de Madrid: el Palacio Real, el Viaducto, las torres de las iglesias, ... La vista es bonita, pero lo es más aún si recordamos una coincidencia: desde aquí pintó Goya un cuadro de la romería de ayer, con la mismas vistas de Madrid: todo está igual, salvo que en medio se han metido mil casas y la nueva Catedral, que no es precisamente bonita.
Por la tarde fuimos a la procesión del santo: una hora y cuarto desde la salida, en la antigua catedral de Madrid, al regreso, lo que para un procesión española es muy poco tiempo. Eso se explica porque no lleva ni nazarenos ni penitentes ni gente con la cruz a cuestas ni nada de eso, sino sólo chulapos y chulapas, es decir, gente vestida con el traje típico de Madrid. Como casi nadie lo tiene, salen unos pocos, luego Santa María de la Cabeza, luego las cofradías amigas, luego San Isidro, luego el Cardenal Rouco, luego el concejal, luego la banda y luego los devotos. Lo dicho: hora y cuarto, cortísima. Lo mejor es el traje de chulapa, un traje raro, como de baile de carnaval, de tela pegada al cuerpo, que se amplía en los tobillos. Esto es muy atractivo si lo lleva una muchacha joven, pero ahí las únicas que salían era señoronas de 60 o más años, bien entradas en carnes, muy valientes por ir mostrando su corpulencia en un traje que no permite ocultar nada.
No llegó a llover.
Al final tomamos rosquillas: tontas (sin adorno), listas (con azúcar) y de Santa Clara (con merengue).
miércoles, 14 de mayo de 2008
Luto
Por el guardia civil Juan Manuel Piñuel Villalón, de 41 años, asesinado por ETA en Legutiano, Álava, con unos 200 kilos de explosivo.
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