El gobierno ha anunciado (sin dar mayores detalles) que va a reformar la venerable Ley Orgánica de Libertad Religiosa, intacta desde hace 28 años. Este anuncio tiene una doble finalidad.
1º, que no hablemos de Lo Importante, que nos volvamos a pelear entre nosotros. Hay que reconocer que en esto ha tenido un éxito rotundo, como se ve en radios, periódicos, teles y blogs de derechas (y este post no es más que la confirmación de esto, jajajaja). Con la tensión propia del hijo a cuya madre le manda Hacienda un aviso de inspección fiscal, todos hablamos y hablamos sobre lo que nos puede venir encima. De golpe, el paro, la inflación, la Justicia, la recesión, la inmigración, la delincuencia, la enseñanza, el Estatut, el trasvase a Barcelona, el aceite de girasol, los fondos europeos, la deuda exterior, ... todo lo que hace que España sea una nación en crisis, todo ha quedado olvidado. Entre este anuncio y la gravísima crisis del PP, todo ha quedado olvidado: hasta el Rey lo ha olvidado.
2º, que siga adelante la Agenda Radical de la pasada Legislatura, sea lo que sea que traiga esta reforma. Esto es grave, pero también algo absurdo. Pienso mucho y no sé qué privilegios retiene la Iglesia que haya que desmontar. El hecho cierto es que un español puede nacer, crecer, trabajar, vivir muchos años y morir muy viejo sin tener el más mínimo contacto con la Iglesia, sin tener ni idea de sus doctrinas. Esto era algo impensable cuando yo era niño, hace 35 años, pero ahora es así. ¿Qué excepciones tiene esto? Si te nombran ministro juras ante un crucifijo, tienes algún funeral de Estado o alguna Misa castrense (si eres el de Defensa), te puede tocar ir a alguna canonización en Roma o a la ofrenda del Apóstol Santiago el día 25 de julio. ¿Van a quitar todo esto? Muy bien, adiós para siempre. Si eres ciudadano normal, te pueden cortar la calle por una procesión, tienes que dejar de ir a trabajar el 25 de diciembre o el día del santo de tu pueblo, has de aguantar que los Obispos monten una manifestación una vez cada dos años o que critiquen una Ley del gobierno, te puede tocar vivir en la calle de Santa María de la Cabeza o tu primo te puede invitar a su boda por la Iglesia. ¿Van a quitar todo esto? No creo que se atrevan. Están luego los temas delicados de la asistencia religiosa en cárceles, cuarteles u hospitales, así como la cesión de terrenos en suelo público para hacer iglesias, pero teniendo en cuenta que esto se está extendiendo a otras confesiones cristianas o a musulmanes y judíos, quiero pensar que no van a entrar a removerlo.
En fin, los temas más graves (asignatura de Religión, profesores de Religión, Educación para la Ciudadanía, colegios concertados, impuestos de y para la Iglesia) ya quedaron regulados en la pasada Legislatura, más mal que bien; no creo que vuelvan a darlos vueltas.
Concluyo diciendo que creo que no hay que ponerse nerviosos, pero sí que rezar, y pedir a nuestros amigos extranjeros que recen por nuestra Iglesia de España.
martes, 13 de mayo de 2008
domingo, 11 de mayo de 2008
Pentecostés
Este post, breve y no muy elaborado, sólo quiere decir una cosa: ojalá no vivamos la fiesta de hoy como un domingo más, como una fiesta más, sino que seamos muy conscientes de lo mucho que el Espíritu Santo nos ha ayudado este año, impidiendo que metamos la pata, dándonos buenas ideas; ojalá le demos muchas gracias por ello.
No voy a traer aquí la escena de Pentecostés, que seguro que muchos otros blogs católicos comentan mucho mejor que yo, sino otra que me gusta mucho: cuando José y María llevan al Niño al templo para la Presentación, y se cruzan con el viejo Simeón. En dos frases se nos cita tres veces al Espíritu Santo: el Espíritu Santo moraba en el anciano; el Espíritu Santo le había dicho que no moriría sin ver al Salvador; el Espíritu Santo le hizo ir, justo ese día, al templo. Siempre he tenido mucha envidia de Simeón, porque habitualmente el Espíritu Santo ni nos revela cosas patentemente ni nos hace profecías particulares.
Esta regla general tiene excepciones, o al menos en mi caso hubo, una vez, una excepción. Yo sabía que tenía que volver a tomarme en serio a Dios, pero nunca veía el momento oportuno para esa conversión. En 10 días se produjeron en mi vida una serie de casualidades, de encuentros, de coincidencias, que me hicieron comprender que ya era el momento. Desde luego, nada de lo que ocurrió era imposible desde el punto de vista natural, científico, pero el porcentaje de posibiliades de que todo se juntara era tan bajo, que me fue imposible no atribuirlo al Espíritu Santo: era el momento de cambiar.
(Que nadie se asuste: fue una cosa excepcional, rara, que no ha vuelto a darse).
No voy a traer aquí la escena de Pentecostés, que seguro que muchos otros blogs católicos comentan mucho mejor que yo, sino otra que me gusta mucho: cuando José y María llevan al Niño al templo para la Presentación, y se cruzan con el viejo Simeón. En dos frases se nos cita tres veces al Espíritu Santo: el Espíritu Santo moraba en el anciano; el Espíritu Santo le había dicho que no moriría sin ver al Salvador; el Espíritu Santo le hizo ir, justo ese día, al templo. Siempre he tenido mucha envidia de Simeón, porque habitualmente el Espíritu Santo ni nos revela cosas patentemente ni nos hace profecías particulares.
Esta regla general tiene excepciones, o al menos en mi caso hubo, una vez, una excepción. Yo sabía que tenía que volver a tomarme en serio a Dios, pero nunca veía el momento oportuno para esa conversión. En 10 días se produjeron en mi vida una serie de casualidades, de encuentros, de coincidencias, que me hicieron comprender que ya era el momento. Desde luego, nada de lo que ocurrió era imposible desde el punto de vista natural, científico, pero el porcentaje de posibiliades de que todo se juntara era tan bajo, que me fue imposible no atribuirlo al Espíritu Santo: era el momento de cambiar.
(Que nadie se asuste: fue una cosa excepcional, rara, que no ha vuelto a darse).
viernes, 9 de mayo de 2008
Burgos (y III)
Burgos (capital) es una etapa del camino de Santiago que, ya desde la Edad Media, llevaba a los peregrinos de toda Europa hacia el sepulcro del Apóstol, en Santiago de Compostela. La tradición del camino fue cayendo en el olvido, hasta que a partir de los años 80 del siglo XX las nuevas autoridades autonómicas y eclesiásticas se tomaron en serio su rehabilitación. Hoy en día, los Años Santos (cuando la fiesta de Santiago, 25 de julio, cae en domingo:1999, 2004, 2010, ...) son un gran acontecimiento cultural y religioso, con miles de peregrinos yendo hacia Santiago.
Yo lo hice en 1999, en coche. Aunque nosotros íbamos de hotel en hotel, los peregrinos (en bici o a pie) iban de albergue en albergue, colocados en los pueblos y ciudades que ya desde la Edad Media formaban parte de la ruta jacobea. Estos albergues eran, unas veces, pequeños alojamientos con habitaciones comunes, y otras eran el polideportivo del pueblo o un campo de fútbol, debidamente habilitados. Además del encanto de la aventura, tenían la ventaja de que eran o gratuitos o muy baratos. Al principio, en la zona cercana a Francia, todo era delicioso, pues aún había relativamente poca gente: hay que tener mucho valor o mucha fe para hacer 700 km a píe. Según avanzábamos, se iba incorporando más y más gente, capaces de hacer la distancia (cada vez menor) que quedaba hasta Santiago. Esto dio lugar a un fenómeno impresionante, como era el del peregrino estresado, totalmente contradictorio con la idea de una peregrinación reflexiva, silenciosa, en paz. Los peregrinos se levantaban cada vez más pronto, se echaban antes a recorrer el camino (de madrugada), y según se acercaban al pueblo o ciudad siguientes se ponían a correr, pese al cansancio. No les movía el deseo de ver al Apóstol cuanto antes, sino que los albergues se llenaban cada día más pronto, y si se llegaba tarde había una gran probabilidad de tener que dormir o en la calle o en el campo.
...........................
Cuando este puente pasado he estado en Burgos, dedicamos un día a recorrer las múltiples iglesias de la ciudad. Cansados, a primera hora de la tarde nos sentamos en la terraza de un café. Quiso la casualidad que estuviera justo al lado del albergue de peregrinos, una pequeña casita regentada por unas religiosas. Aunque este año no sea Año Santo, hay (poca) gente lista que hace la ruta, evitando así las aglomeraciones. En la puerta se advertía de dos cosas: que sólo había 14 camas, y que ese día ya estaban completos. Fue por ello patético ver llegar a un grupo de 4 personas mayores, todo coloradas, andando torpemente, con sus enormes mochilas al hombro. Se quedaron consternados al ver el cartel de “Completo”. Llamaron y salió un curita muy amable, que empezó a señalar el otro extremo de la ciudad: es posible que allí hubiera plazas, en un albergue municipal o de otra institución religiosa. Agotado, el grupo emprendió la marcha hacia donde les indicaban.
Me ahorro la inevitable reflexión sobre la desazón cuando crees que has llegado a tu meta y aún te falta mucho. Sólo anoto que recordé a los peregrinos estresados de hace 10 años, y que sentí compasión por estos cuatro: sería horrible -me dije- que un viaje de reflexión y (muchas veces) de fe, por la naturaleza, acabara contagiado de la angustia y la competición de las que está llena nuestra vida cotidiana.
Yo lo hice en 1999, en coche. Aunque nosotros íbamos de hotel en hotel, los peregrinos (en bici o a pie) iban de albergue en albergue, colocados en los pueblos y ciudades que ya desde la Edad Media formaban parte de la ruta jacobea. Estos albergues eran, unas veces, pequeños alojamientos con habitaciones comunes, y otras eran el polideportivo del pueblo o un campo de fútbol, debidamente habilitados. Además del encanto de la aventura, tenían la ventaja de que eran o gratuitos o muy baratos. Al principio, en la zona cercana a Francia, todo era delicioso, pues aún había relativamente poca gente: hay que tener mucho valor o mucha fe para hacer 700 km a píe. Según avanzábamos, se iba incorporando más y más gente, capaces de hacer la distancia (cada vez menor) que quedaba hasta Santiago. Esto dio lugar a un fenómeno impresionante, como era el del peregrino estresado, totalmente contradictorio con la idea de una peregrinación reflexiva, silenciosa, en paz. Los peregrinos se levantaban cada vez más pronto, se echaban antes a recorrer el camino (de madrugada), y según se acercaban al pueblo o ciudad siguientes se ponían a correr, pese al cansancio. No les movía el deseo de ver al Apóstol cuanto antes, sino que los albergues se llenaban cada día más pronto, y si se llegaba tarde había una gran probabilidad de tener que dormir o en la calle o en el campo.
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Cuando este puente pasado he estado en Burgos, dedicamos un día a recorrer las múltiples iglesias de la ciudad. Cansados, a primera hora de la tarde nos sentamos en la terraza de un café. Quiso la casualidad que estuviera justo al lado del albergue de peregrinos, una pequeña casita regentada por unas religiosas. Aunque este año no sea Año Santo, hay (poca) gente lista que hace la ruta, evitando así las aglomeraciones. En la puerta se advertía de dos cosas: que sólo había 14 camas, y que ese día ya estaban completos. Fue por ello patético ver llegar a un grupo de 4 personas mayores, todo coloradas, andando torpemente, con sus enormes mochilas al hombro. Se quedaron consternados al ver el cartel de “Completo”. Llamaron y salió un curita muy amable, que empezó a señalar el otro extremo de la ciudad: es posible que allí hubiera plazas, en un albergue municipal o de otra institución religiosa. Agotado, el grupo emprendió la marcha hacia donde les indicaban.
Me ahorro la inevitable reflexión sobre la desazón cuando crees que has llegado a tu meta y aún te falta mucho. Sólo anoto que recordé a los peregrinos estresados de hace 10 años, y que sentí compasión por estos cuatro: sería horrible -me dije- que un viaje de reflexión y (muchas veces) de fe, por la naturaleza, acabara contagiado de la angustia y la competición de las que está llena nuestra vida cotidiana.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Burgos (II)
Cruzamos toda la provincia, desde la capital (Burgos) hasta el norte, donde hace frontera con Cantabria. Se trataba de ver el puerto de La Lunada, que separa ambas provincias.
Aunque Burgos capital está en una zona casi plana, según se va yendo hacia el norte el paisaje se va haciendo más alpino (Cantabria es pura montaña). Fuimos por una carretera secundaria, llena de baches, sin asfaltar desde hacía años. Cuanto más subíamos, los pueblos eran más pequeños y separados, hasta casi desaparecer.
Campos verdes, fincas muy pequeñas divididas por paredes de piedras, piedras sin cemento, colocadas unas sobre otras desde hace décadas.
En los campitos había animales pastando: vacas blancas y negras, ovejas sucias, cabras enanas, caballos gordos. En algún corral también había pavos o perros. Se notaba que era una carretera de muy poca circulación, porque todas las bestias, cuando pasábamos, levantaban la cabeza, para ver qué ocurría. Me emocioné. Para alguien como yo, que fui niño de ciudad y ahora soy hombre de ciudad, todos estos animales siguen siendo irreales, míticos. Ver una vaca o una cabra es algo fantástico, como si viera un unicornio o un calamar gigante.
Según fuimos llegando a la parte alta, quedaban rastros de nieve. Era algo raro: el campo, en general, estaba verde, pero en algunas zonas aisladas había, de repente, un banco de nieve, como si lo hubiera llevado allí un camión. Fue algo emocionante, claro: en Madrid casi nunca nieva, y cuando lo hace no cuaja. Paramos el coche, bajamos, tocamos la nieve, hicimos bolas, las tiramos, todo lo que hace un tío paleto de ciudad seca cuando ve nieve.
Por fin, el puerto. Al dar el coche la vuelta a una curva, apareció. Frente a nosotros un gran valle, con casitas en la parte baja, con vaquitas diminutas, con caminos como hilillos. Al valle lo cerraban, al otro lado, varias montañas. Tras estas montañas, otras montañas, y tras ellas otras más, cada vez más borrosas, cada vez más azules, como en un cuadro de Picasso. Al final de todo, una cadena más alta que las demás, nevada en pleno mayo: la Cordillera Cantábrica.
El día era bueno, soleado.
Aunque Burgos capital está en una zona casi plana, según se va yendo hacia el norte el paisaje se va haciendo más alpino (Cantabria es pura montaña). Fuimos por una carretera secundaria, llena de baches, sin asfaltar desde hacía años. Cuanto más subíamos, los pueblos eran más pequeños y separados, hasta casi desaparecer.
Campos verdes, fincas muy pequeñas divididas por paredes de piedras, piedras sin cemento, colocadas unas sobre otras desde hace décadas.
En los campitos había animales pastando: vacas blancas y negras, ovejas sucias, cabras enanas, caballos gordos. En algún corral también había pavos o perros. Se notaba que era una carretera de muy poca circulación, porque todas las bestias, cuando pasábamos, levantaban la cabeza, para ver qué ocurría. Me emocioné. Para alguien como yo, que fui niño de ciudad y ahora soy hombre de ciudad, todos estos animales siguen siendo irreales, míticos. Ver una vaca o una cabra es algo fantástico, como si viera un unicornio o un calamar gigante.
Según fuimos llegando a la parte alta, quedaban rastros de nieve. Era algo raro: el campo, en general, estaba verde, pero en algunas zonas aisladas había, de repente, un banco de nieve, como si lo hubiera llevado allí un camión. Fue algo emocionante, claro: en Madrid casi nunca nieva, y cuando lo hace no cuaja. Paramos el coche, bajamos, tocamos la nieve, hicimos bolas, las tiramos, todo lo que hace un tío paleto de ciudad seca cuando ve nieve.
Por fin, el puerto. Al dar el coche la vuelta a una curva, apareció. Frente a nosotros un gran valle, con casitas en la parte baja, con vaquitas diminutas, con caminos como hilillos. Al valle lo cerraban, al otro lado, varias montañas. Tras estas montañas, otras montañas, y tras ellas otras más, cada vez más borrosas, cada vez más azules, como en un cuadro de Picasso. Al final de todo, una cadena más alta que las demás, nevada en pleno mayo: la Cordillera Cantábrica.
El día era bueno, soleado.
martes, 6 de mayo de 2008
Burgos (I)
Medina del Pomar es un pequeño pueblo, en el centro de la provincia de Burgos, no lejos de la capital. Como tantos otros pueblos de Castilla la Vieja, fue edificado en una pequeña montaña, rodeado de llanuras, lo que permitía vigilar las incursiones moras y evitar las inundaciones de los ríos. Por eso, si uno se asoma desde la parte alta, tiene estupendas vistas de la llanura, que en esta época del año es de color verde césped, por el trigo y la cebada aún jóvenes.
Medina del Pomar es todavía un pueblo amurallado. Su parte nueva ha crecido fuera de los muros, ha llegado a la llanura, mucho más cómoda para vivir. Dentro de la muralla está la parte más antigua del pueblo, con el ayuntamiento. En la parte más elevada hay dos monumentos notables: un castillo con dos torres altísimas, perfectas, gemelas, y la iglesia gótica. Entre ambos espacios han hecho una zona peatonal, protegida por unos pequeños postes que sólo se pueden bajar si la Policía Municipal acciona una llave.
Quiso la coincidencia que el viernes pasado, cuando visitamos el pueblo, en todos los bares y tiendas hubiera un cartelito de la funeraria local. Había muerto un vecino, de 50 años, barbudo y serio, que nos miraba desde la foto de todos los carteles. Se daba la triste coincidencia de que sus padres se quedaban solos, pues había muerto ya antes otro hijo, y no parecía haber nietos ni cuñadas viudas. El cartel anunciaba el funeral para poco después, en la iglesia del pueblo, a la que nosotros nos dirigíamos.
Al llegar a la zona de la iglesia se dio una situación negra. Había llegado el coche de la funeraria con el ataúd y las flores. Pero he aquí que la Policía no había bajado el poste que protege la zona peatonal. El coche estaba parado en la parte de fuera, a los pies de las dos torres del castillo. El conductor, empleado de la funeraria, fumaba apoyado en el motor, meditando sobre la vida y la muerte. Un poco más arriba, frente a la iglesia a la que se dirigía, estaba el anciano clérigo, revestido, y todo el pueblo alrededor suyo, esperando. Desde un balcón de las casas más cercanas al coche dos niños comentaban animadamente la escena: sin duda, no era la primera vez que esto ocurría.
La tarde era triste, cubierta de nubes.
Medina del Pomar es todavía un pueblo amurallado. Su parte nueva ha crecido fuera de los muros, ha llegado a la llanura, mucho más cómoda para vivir. Dentro de la muralla está la parte más antigua del pueblo, con el ayuntamiento. En la parte más elevada hay dos monumentos notables: un castillo con dos torres altísimas, perfectas, gemelas, y la iglesia gótica. Entre ambos espacios han hecho una zona peatonal, protegida por unos pequeños postes que sólo se pueden bajar si la Policía Municipal acciona una llave.
Quiso la coincidencia que el viernes pasado, cuando visitamos el pueblo, en todos los bares y tiendas hubiera un cartelito de la funeraria local. Había muerto un vecino, de 50 años, barbudo y serio, que nos miraba desde la foto de todos los carteles. Se daba la triste coincidencia de que sus padres se quedaban solos, pues había muerto ya antes otro hijo, y no parecía haber nietos ni cuñadas viudas. El cartel anunciaba el funeral para poco después, en la iglesia del pueblo, a la que nosotros nos dirigíamos.
Al llegar a la zona de la iglesia se dio una situación negra. Había llegado el coche de la funeraria con el ataúd y las flores. Pero he aquí que la Policía no había bajado el poste que protege la zona peatonal. El coche estaba parado en la parte de fuera, a los pies de las dos torres del castillo. El conductor, empleado de la funeraria, fumaba apoyado en el motor, meditando sobre la vida y la muerte. Un poco más arriba, frente a la iglesia a la que se dirigía, estaba el anciano clérigo, revestido, y todo el pueblo alrededor suyo, esperando. Desde un balcón de las casas más cercanas al coche dos niños comentaban animadamente la escena: sin duda, no era la primera vez que esto ocurría.
La tarde era triste, cubierta de nubes.
lunes, 5 de mayo de 2008
Mayo
Que el primer post de este mes de mayo sirva para saludar a Nuestra Madre y para agradecerle tantísimos favores, recibidos por su mediación (especialmente en mi caso).
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